Rudolf Nureyev, el rey de la danza

Grand-jeté hacia el otro lado. Entretelones de la deserción de Nureyev en París en 1961.

A punto de ser enviado por la KGB a Moscú, y sin terminar la gira con el Kirov, el bailarín ruso pidió asilo político a las autoridades francesas.

Mucho se ha hablado y escrito sobre la “defección” –término que él mismo rehusaba– de Rudolf Nureyev en París, aprovechando una gira del entonces Ballet Kírov. Cierto es que, haya sido “defección” o “decisión personal” –hubiese dicho Nureyev–, este grand-jeté hacia el otro “lado”, en plena Guerra Fría, cambió la historia de la danza.

¿Por qué si Nureyev era el clásico “chico problema” para los “soviets”, fue incluido en la gira a París? Quizá justo porque era una trampa que le fue tendida, en la que Nureyev cayó. Acaso el compañero de cuarto que le asignaron durante toda la tournée, era alguien que compartía los gustos homosexuales de Nureyev pero, eso sí, previamente prevenido por la KGB, omnipresente, desde luego, en la compañía. Un compañero de cuarto al que “Rudik” podía hacerle avances, los cuales el “camarada” por supuesto informaría oportunamente.

Cuando Nureyev se percató cuál había sido la verdadera misión de su compañero de habitación, también comprendió que, según lo estipulado en el código penal soviético, el delito de homosexualidad era severamente castigado: el envío a los “gulags” siberianos sería automático. Y como esta perspectiva no le era agradable, Nureyev se enfrentó con la única salida posible: permanecer en Occidente.

Curiosamente, todo lo que Nureyev había hecho durante su estancia en París era justo lo que molestaba a los comunistas: una intensa y personalizada expresión, individualidad, en una palabra. Su apetito por devorar, deslumbrado, todo lo que París le ofrecía, hizo que después de las funciones fuera a recorrer la ciudad y hacer la típica vida parisiense, mientras todos los otros bailarines del Kírov se retiraban disciplinadamente al hotel, para no “contaminarse con el capitalismo”. Pero esta intrínseca personalidad suya de artista le permitió establecer relaciones de amistad con varias personas que se revelarían muy útiles cuando llegó la hora de desertar. Una de ellas, quizá la más importante, Clara Saint, una chilena que había estado comprometida con el hijo del ministro francés de Cultura, el escritor André Malraux.

Saint contó que en la supuesta “última noche de Nureyev en París”, antes de tomar el avión rumbo a Londres –que “Rudik” finalmente no abordó–, el tártaro no durmió. Salieron junto a Claire Motte, una étoile de la Ópera, y caminaron mucho sobre los puentes del Sena, hasta que al amanecer lo dejaron en la puerta del hotel. Nureyev quería despedirse de París.

A las 7 a.m. de ese viernes 16 de junio de 1961, Nureyev telefoneó a otro de sus amigos, el después célebre coreógrafo Pierre Lacotte, y le pidió que lo llevara en su coche al aeropuerto. Pero Lacotte le respondió que esto no sería la mejor táctica a emplear. Nureyev partió pues con la compañía. Pero Lacotte fue al aeropuerto, con Claire Motte, y tomaron un café con “Rudik”. Entonces, Konstantin Sergueyev, el director del Kírov, interrumpió para hablar a solas con Nureyev, quien regresó a la mesa lívido: Sergueyev le había dicho que no continuaba el viaje a Londres, sino que regresaba a Moscú en el próximo vuelo. Nureyev le dijo a Lacotte: “Ayúdenme, o me mato”, mostrándole unas tijeras que llevaba consigo.

Otro de los amigos, Jean-Pierre Bonnefous, étoile también, que había acudido al aeropuerto Le Bourget, telefoneó a Clara Saint, y le pidió que se presentara en el aeropuerto… Fue Lacotte quien aparentemente le pasó un papelito con el número de teléfono de Saint y la indicación de que viniera inmediatamente. Cuando la buena de Clara llegó, dos oficiales de la embajada rusa en París cercaban a Nureyev. Ya el Kírov había salido hacia Londres, y en una hora los gorilas de la embajada lo depositarían en el avión rumbo a Moscú. Clara se acercó a Nureyev, pero los guardias trataron de impedírselo. “¿Qué quiere usted?”. “Oh tan sólo decirle adiós”. Nureyev entonces le susurró: “Por favor, haz algo”.

Clara entonces vio un letrero que decía “Policía”. Clara entró tras el letrero que había en la puerta, y explicó a los dos hombres de uniforme la situación en que se encontraba Nureyev. Le dijeron que lo único que se podía hacer era que Nureyev viniera hacia ellos. Clara fue de nuevo a tratar de hablar con Nureyev, rogándoles a los inmensos rusos que le permitieran por última vez darle un beso a “Rudik”. Entonces, le dijo al oído lo que los policías franceses pensaban. Ya estos habían salido de su habitación, y convenientemente estaban en un bar cerca de donde Nureyev permanecía en custodia. En la primera ocasión en que los guardias soviéticos se relajaron, Nureyev corrió los ocho metros que lo separaban de los dos franceses. Hubo una pelea entre ambos lados, el francés y el ruso, pero los galos dijeron que se encontraban en territorio francés. Punto. Los comunistas desistieron, y Nureyev pudo irse con los dos franceses.

Todavía no eran las diez de la mañana. Nureyev tenía solamente diez dólares en el bolsillo.

Mucho fue el virtuosismo desplegado en la escena. Pero quizás el paso que le tomó más energía, y el mejor logrado, fue esa carrera de ocho metros aquella mañana en el aeropuerto de Le Bourget.

Rudolf Nureyev (Siberia, 1938 / París, 1993)