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Sobre el ballet “Giselle” y la literatura, siguiendo a Andrew O’ Hagan

10 mayo, 2013
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“El poeta se salva por la sucesión de imágenes; el pintor, por su simultaneidad.”

Delacroix.

En su literaria y ensayística sección “Sábados en PD”, de Penúltimos días, su editor Ernesto Hernández Busto publicó, en traducción de Juan Carlos Castillón, “Escritores enamorados de otras formas de arte”, de Andrew O’Hagan, que remite en su origen al Financial Times. Ya lo he traído a mi blog, pero ahora regreso a él con más tiempo.

Con mucha más frecuencia, el camino de la relación entre el ballet y la literatura es el inverso, esto es, lo que la literatura y/o la poesía le han aportado al ballet, no en el sentido textual per se (el de un tema, un asunto, una “adaptación” de una obra o de un poema) sino en cierta concomitancia filogenética más profunda. Así, los versos del padre Menestrier en tiempos de Louis XIV teorizaban sobre el ballet (divinos tiempos aquellos, fundadores, en que otros en la corte de Louis decían en verso sus nuevas recetas de cocina), y quienes mejor han apresado a la danza han sido los poetas, o los filósofos en un logos metafórico, desde Nietzsche y más recientemente, Georges Didi-Huberman, e incluso, Alain Badiou.

Pero lo esencial no radica, sin embargo, ahí: como decía Eupalinos, en “El alma y la danza”, de Paul Valéry, es invisible a los ojos. La “invisibilidad” que hace discurso la poesía, en la danza es la materia que la hace trascender, aun en su carácter efímero y evanescente.

Andrew O’Hagan, expresa un camino contrario: del ballet a la literatura.

“Yo era un aficionado al ballet cuando era niño y a veces mis extremidades recuerdan la vieja técnica, la musicalidad, la ligereza y la fuerza, cuando me inclinó sobre un párrafo. No era ni tan siquiera un adolescente cuando fui a ver una producción de Giselle del Scottish Ballet en el Gaiety Theatre de Ayr. Era extrañamente definitorio: el teatro era oscuro y el escenario muy cercano, podía oler la resina en las zapatillas de los bailarines, una audiencia de niñas de con sus ojos maravillados, y yo, inaceptable, viendo un romance gótico a menos de diez millas de la dura escuela a la que asistía. Albrecht, el joven duque, es seducido por esas mujeres fantasmagóricas para bailar hasta morir. Después me enteré de que el novelista Victor Hugo había facilitado la inspiración para el guión original pero, incluso entonces, me vi a mí mismo como el joven aficionado a las bibliotecas que quería escribir hasta morir. Lo que el baile me dio no era una idea, en realidad, sino una atmósfera: me mostró cómo crear dentro de una economía de gestos claros. Giselle no trataba sobre un amorío condenado sino sobre la insaciable vida de la imaginación. El baile clásico, en aquellas circunstancias, ofrecía un agradable camino a la mentalidad de los artistas y creadores, y durante un tiempo me abandoné de forma completamente voluntaria al ballet escocés. Pero al mismo tiempo iba aprendiendo. Era mi arte fantasma y me ofrecía —como el teatro sigue ofreciéndome— una enseñanza ridícula de lo imposible.”

Sí, cometió un desliz puntual: el libretista de “Giselle” no es Victor Hugo, sino Théophile Gautier, inspirado a su vez en su amigo Heinrich Heine, a quien, de cierto modo, quiso “hacerle servicio”. La confusión entre Hugo y Gautier pudo acaso provenir de que el último fue uno de los comprometidos en “la batalla de Hernani”.

Pero tal precisión es realmente lo menos importante, habida cuenta del entramado de relaciones que establece.

La primera, a mi juicio, es la de “cómo crear dentro de una economía de gestos claros”. Los bailarines y los coreógrafos utilizan la expresión de “limpiar” un ballet que se está creando o ensayando, un concepto de “limpieza” que no es exactamente el del respeto a las posiciones de partida para todos los pasos en la técnica académica. Digamos, que éste es el aspecto “técnico” que comparten un texto que se escribe y uno que se baila: hay que “limpiar”, despojar.

La segunda, es la de que el ballet le ofrecía “la enseñanza ridícula de lo imposible”. “Ridícula”, porque el arte es tal pretensión a lo perfecto. Pero más allá de estas elucubraciones estéticas, apunta lo que constituye el ideal del ballet: lo imposible. Sea el ser, en tanto instrumento, un bailarín clásico (una construcción artificial: como decía Margot Fonteyn, no hay arte más artificial que el ballet); sea el encarnar en la representación escénica un mundo también ideal, conformado por abstracciones geométricas.

La tercera es la más amplia, ya que las anteriores pueden considerarse como más “técnicas”. Dice Andrew O’Hagan que él quiso escribir hasta morir, como Albrecht que hubiese tenido que bailar hasta morir, compelido por las vengativas Willis.

Escribir hasta morir, como bailar hasta morir.

Para los que no conozcan la historia de “Giselle”, lo explico. La antigua leyenda germánica recogida por Heinrich Heine (que, como ya anotado, su amigo Gautier transformó en ballet) contaba que las doncellas muertas antes de casarse, se transformaban en espíritus implacables, llamados “Willis”, que obligaban a los hombres que se acercaban durante la noche a sus tumbas en el bosque a bailar hasta morir.

La pervivencia de “Giselle” como símbolo del ballet es porque su tema, como avizoró Arnold Haskell, es la danza misma.

No es casual (aunque no provenga estrictamente de “Giselle”) que los bailarines identifiquen la vida con el hecho de bailar.

Lo que inspiró a O’Hagan para intentar “escribir hasta morir” es ese núcleo poético que representa “Giselle”: el arte en la vida, y más allá de la muerte. Albrecht se salva porque, aun si desfalleciente y agotado, continúa bailando, acicateado por la Willi de Giselle, quien lo ha perdonado. Lo conmina a danzar hasta que suenen las campanas del amanecer, momento en que las otras Willis -que quieren su piel- desaparecerán.

El “amor profundo y generoso” de Giselle le habrá salvado la vida a Albrecht, pero fue por medio del baile, que al mismo tiempo era la forma de morir.

colaboradores  Sobre el ballet “Giselle” y la literatura, siguiendo a Andrew O’ Hagan
Cojocaru and David Hallberg in Giselle, Act II © Rosalie O’Connor

 

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