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Danza Ballet

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The Tokyo Ballet en el Palais Garnier


21 mayo, 2012
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Isis Wirth

Nacionalidad: Cubana
Ocupación:
Crítica de ballet.

Nacida en La Habana, en 1964, donde estudió Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Crítica de danza, durante diez años trabajó en el Ballet Nacional de Cuba, como escritora de danza.

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“Le Kabuki” de Maurice Béjart: Occidente encuentra al Oriente.

Desde el 18 de mayo y hasta el 22, el Ballet de la Ópera de París ha acogido como invitado a The Tokyo Ballet en el Palais Garnier, con “Le Kabuki” (1986), la primera de las tres creaciones de Maurice Béjart para la compañía de ballet japonesa. The Tokyo Ballet, fundado en 1964 por Tadatsugu Sasaki (todavía su director general), es una de las agrupaciones de danza clásica más conocidas y significativas del país del sol naciente.

No es la primera vez que se presenta en el Palais Garnier. Con el propio “Kabuki” ya lo habían hecho en el mismo año de su estreno en Tokyo, y en 1993, su última gira antes de ésta actual, bailaron “M” (sobre el escritor Yukio Mishima) de Béjart. Desde 1972, el Tokyo Ballet ha sido huésped en varias ocasiones del Ballet de la Ópera de París.

“Le Kabuki” (en nueve escenas, para dos horas de duración en total, a través de dos actos), remite a una de las leyendas –sobre una base histórica precisa- más queridas por los japoneses, como si vieran en ella el reflejo de los ideales de valor, fidelidad y devoción que les son más caros.

Hacia el final del año, todo el país aún la recuerda. El 14 de diciembre es celebrado como la fecha de aniversario de esta historia, el día en que los 47 “rônins” (samurais sin señor) atacaron la residencia del señor de Kira, allá hacia 1700, en el año 14 de la era Genroku. Desde entonces, los japoneses acuden ese día al cementerio y al templo de Sengaku-ji, en Tokyo, donde están enterrados los samurais y donde se conservan además sus ropas y armas.

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“Le Kabuki”. Foto: Kiyonori Hasegawa/The Tokyo Ballet 

En la primavera de ese año 14, el shogun Tokugawa Tsunayoshi, encarga a Asano Naganori, señor feudal de Ako, el acoger a los enviados de la corte de Kyoto en el castillo imperial de Edo (antiguo nombre de Tokyo). Le confía igualmente a Kira Yoshinaka, maestro de ceremonias, el instruir a Asano en el protocolo imperial. Pero, el día en que llegan los embajadores, Asano hiere a Kira para castigarlo por un insulto. Lo que fue un escándalo, ya que el uso del sable dentro del palacio imperial era un acto sin perdón. Se le ordenó a Asano que hiciera “seppuku”, el suicido ritual por medio de acuchillarse el vientre. Sus bienes fueron confiscados y su clan fue disuelto. En los dos años posteriores a la tragedia, sus vasallos se fundieron con la población, ejerciendo diferentes oficios. Pero se reagruparon en secreto bajo el liderazgo de Oishi Kuranosuke, para vengar a su señor. Penetraron en el recinto de Kira, y le cortaron la cabeza la cual depositaron sobre la tumba de Asano, en ese cementerio de Tokyo al que todavía acuden los piadosos japoneses. Luego, se entregaron a las autoridades del shogunato, y fueron a su vez condenados a morir juntos por medio del “seppuku”.

Enseguida la historia fue retomada en la escena por Chikamatsu Monzaemon, el “Shakespeare japonés”.

Como los habitantes de Japón sostenían la causa de los samurais, la historia se hizo muy popular. Varias otras piezas fueron escritas, que desembocaron finalmente en la aceptada como clásica de “Kanadehon Chushingura” (1748), “El libro de Kana del tesoro de los vasallos fieles”, firmada por tres escritores: Izumo Takeda, Shoraku Miyoshi y Senryu Namiki.

Es sobre este “Chushingura” que Béjart, tras la invitación al efecto de Tadatsugu Sasaki, se basó, y con Éric Vu An – entonces- en el rol principal.

Hay cambios de nombres respecto del relato histórico: Oishi Kuranosuke pasó a ser Oboshi Yuranosuke; Asano, Enya Hangan; y Kira, Kono Morono.

La dramaturgia en consonancia de “Le Kabuki” es, de un modo muy resumido, la siguiente:

Un joven del Tokyo actual encuentra un sable antiguo que lo traslada al pasado. Se encuentra con la dama Kaoyo Gozen, esposa de Enya Hangan. Kono Morono trata de seducir a Kaoyo, quien lo rechaza. Ofendido, Kono Morono insulta a Enya Hangan quien saca su espada y lo hiere, al no poder soportar la afrenta. El “joven” contempla todo. Luego, Hangan comete el “seppuku” que se le impuso, y tras la muerte su clan abandona el palacio. La dama Kaoyo está devastada. Oboshi Yuranosuke, el jefe de los “rônins” que continúan siendo fieles a Hangan, encabeza un juramento de venganza.

Pero como Koro Morono teme que los antiguos vasallos de Hangan lo quieran asesinar, envía a un espía, Sagisaka Bannai. (Ryuta Takahashi)

Para engañar al enemigo, Oboshi (que ya desde la escena cuarta es el “joven”, cuando éste entra no sólo de pleno en el mundo del “pasado” que hasta entonces contemplaba sino que también acepta el “bushido”, el código de honor de los samurais) aparenta llevar una vida disoluta en una casa de té. Esta escena de las geishas, la única que en todas las declinaciones dramatúrgicas que ha conocido la historia no puede ser eludida, es muy sensual, incluso en su depuración. Maurice Béjart, quien desde joven se sintió atraído por la cultura japonesa (su curiosidad y su ecumenismo cultural fueron paradigmáticos, como es conocido), le mostraba -durante los ensayos previos al estreno- a las bailarinas japonesas cómo tenían que caminar y moverse como geishas, que las artistas no sabían…

Mientras está con las geishas, llega el hijo de Oboshi con una carta secreta de la dama Kaoyo, la viuda de Enya Hangan, en la que le describe la situación del enemigo. Pero Bannai, el espía de Morono quien se encuentra ahí escondido, la lee también. Oboshi lo descubre y lo mata.

En la escena siguiente, Oboshi visita a la dama Kaoyo, pero no le revela su plan. Los gritos de las almas que no pueden descansar en paz se escuchan. El fantasma de Enya Hangan guiará a Oboshi a que lo vengue.

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“Le Kabuki”. Foto: Kiyonori Hasegawa/The Tokyo Ballet

Luego, en la escena final, se produce el ataque al recinto de Morono, quien es decapitado. Surge el fantasma de Hangan quien toma la cabeza ensangrentada que le presenta Oboshi, y así desaparece en paz. Los fieles “rônins”, tras haber vengado a su señor, hacen todos el “seppuku” y mueren juntos.

Estas dos escenas finales son de un acusado dramatismo, una fuerza impecablemente lograda, un hálito sobrecogedor, a la que contribuye la construcción en triángulo de los 47 “rônins”. La teatralidad típicamente bejartiana, y el manejo del drama, tampoco estuvieron ausentes a lo largo de la obra. Había que ser un maestro de la escena como Béjart para acometer casi sin falla (pero, por momentos, seguir el argumento deviene arduo, a no ser porque uno se complace más en la vertiente plástica en la que excelía Béjart o en la “fusión” de la gestualidad del Kabuki con lo “neoclásico”) esta historia de tantos meandros, aun si lo esencial sea la venganza y la tragedia.

Para el final, Béjart le pidió al compositor japonés Toshiro Mayuzumi que utilizara el último movimiento de su “Nirvana Symphony”, en un guiño al budismo en el que ya se encontraba el compositor, budismo al que también se alineó Béjart. Si no, la partitura de Mayuzumi es un diálogo entre la música occidental de “vanguardia” del siglo XX y la tradición japonesa. Lo que corresponde en definitiva a la propia concepción de Béjart: entre lo que toma del Kabuki y lo suyo propio que remite al “lenguaje clásico”.

Esta cierta “fusión“, ¿tiene razón de ser? La respuesta radica en el terso resultado: no se perciben como “añadidos” gratuitos los que provienen del Kabuki, como tampoco “desentonan” los recursos a las puntas, los développés, los arabesques, las attitudes, los giros, etcétera. En fin, un “puro Béjart”, en el sentido en que el coreógrafo sabía apropiarse de lo que podían proporcionarle otras culturas y hacer de ello un sello propio. Que a uno, en el sentido más personal, le guste o no, es otra cosa. Pero su función como vehículo comunicativo es innegable, aun si puede arribar el cansancio ante tanta prolijidad narrativa.

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“Le Kabuki”. Foto: Kiyonori Hasegawa/The Tokyo Ballet

En la partitura, las referencias sonoras al Kabuki funcionan asimismo.Una de las más características es la de los “ki”, las baquetas que acompañan desde el rompimiento del escenario la apertura o el cierre del telón; o, otro ejemplo, el ritmo trepidante del tambor “odaiko”. También, los paisajes de silencio en los que a veces se sumergen los bailarines, reminiscencia de un Kabuki antiguo.

Si no, ese telón (horizontal) rayado del Kabuki, que un “Koken” (asistente escénico vestido de negro) tira; o los telones que se desgarran para indicar que se instala el drama; los “kuroko” vestidos de negro (invisibles, pues) que pueden manipular; o la escritura del rostro por medio del maquillaje en consonancia.

Los diseños de escenografía y vestuario de Nuno Corte-Real acusan no menos un refinado equilibrio entre la tradición nipona y cierta eficacia teatral que puede entenderse como “occidental”.

La compañía es reciamente clásica, y la huella rusa (remitente a los lazos que la unieron en su origen especialmente con el Ballet Bolshoi) puede aún palparse.

Naoki Takagishi, como el “joven” y Oboshi (el rol creado por Eric Vu An), fue intenso y avasallador, digno de las complejidades que tuvieron que matizar al propio personaje histórico. En los momentos más pujantes, fue todo un bailarín bejartiano, como Mizuka Ueno, la delicada viuda de Enya Hangan. Poderoso, también, el virtuoso Kazuo Kimura como Kono Morono.

Occidente ha encontrado al Oriente, de la mano de ese goloso de tantas culturas que fue Maurice Béjart. Y valga con tal “gula” la metáfora culinaria utilizada por el propio Tadatsugu Sasaki en 1986, a propósito de la obra: “…El ballet occidental y el teatro Kabuki aparentan ser a primera vista como el aceite y el agua que nunca se mezclan. Pero hoy en día, vivimos en una época en la que la tradición de la cocina japonesa se ha integrado con la cocina francesa, y la manera en la que Maurice Béjart iba a cocinar este ballet con ingredientes del Kabuki era de un interés inagotable”.

El “plato” le salió bien, aun si han pasado 26 años desde entonces.

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“Le Kabuki”. Foto: Kiyonori Hasegawa/The Tokyo Ballet 

 © 2012 Danza Ballet

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