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Danza Ballet

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Tricentenario de la escuela francesa


20 abril, 2013
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Isis Wirth

Nacionalidad: Cubana
Ocupación:
Crítica de ballet.

Nacida en La Habana, en 1964, donde estudió Historia del Arte en la Universidad de La Habana. Crítica de danza, durante diez años trabajó en el Ballet Nacional de Cuba, como escritora de danza.

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El 11 de enero de 1713, Louis XIV instituía por decreto la creación de un conservatorio de danza en la Academia Real de Música (hoy Ópera de París). Este conservatorio, con carácter gratuito, se destinaba a perfeccionar a los artistas en códigos que, sin embargo, no irían a ser creados a partir de esa instauración, sino que en realidad comenzaron a ser organizados, según orden de Louis XIV, con su manía codificatoria (no sólo con el ballet…), en la Academia Real de Danza, fundada en 1661, al frente de la cual Louis puso a su maestro Pierre Beauchamps.

Como nadie debe ignorar, éste había sido el primer acto de gobierno de Louis, cuando tomó efectivamente el poder tras el “golpe de estado” propinado a su reina madre, Ana de Austria, luego de la muerte del cardenal Mazarino. ¿Cuál era el apuro de Louis con el ballet? ¿Se debía a que era bailarín, y uno de los más grandes de su tiempo? Con probabilidad, pero lo cierto es que, pasión personal aparte –que satisfizo- , como tampoco nadie debe ignorar, con la construcción del ballet como género artístico, Louis efectuó un doble gesto político. Por una parte, hacía del ballet la piedra de toque de su sistema propagandístico de las artes, e inventaba sobremanera con él a la política como espectáculo. Por otra parte, le arrancaba a los nobles la danza, práctica aristocrática por excelencia, para “entregársela” a los plebeyos, con el objetivo de profesionalizarla, que fue lo que condujo especialmente en 1713 con la creación del conservatorio de danza en la Academia Real de Música.

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Célébration, coreografía de Pierre Lacotte, estrenada en la gala del 15 de abril, por el Ballet de la Ópera de París © Francette Levieux/OnP

La gratuidad de los cursos ahí ofrecidos significaba dos cosas: los “plebeyos” no tenían los medios financieros de los aristócratas, y, además, ello los hacía obligatorios. La preocupación puramente estética de Louis era indisociable de su proyecto ideológico con el ballet.

La creación de la Academia Real de Danza en 1661 tuvo como fin determinar reglas y “fijar un esplendor”, impidiéndoles a los 400 maîtres à danser con que contaba solamente París que maltratasen el arte de la danza. El “Rey Bailarín” quiso que la técnica se fundara sobre la teoría, y que respondiera tanto a un principio normativo como a la eminencia.

Todo ese análisis técnico, se implementó a partir de 1661, pero fue en 1713 cuando el Rey formalizó la existencia de la escuela francesa como tal, de la cual surgirían, en el decurso de la historia, las restantes escuelas, como la danesa y la rusa.

Con la celebración del tricentenario de la escuela francesa, conmemorado por el Ballet de la Ópera de París y su Escuela de Danza, no solamente se festeja a la escuela francesa en sí, sino al arte del ballet, y a todas sus actuales escuelas que provienen del acto fundacional de Louis XIV, el Padre y el Espíritu Santo de nuestro arte, como lo denominé en mi ensayo “Una metáfora del totalitarismo” (revista Encuentro de la cultura cubana, Madrid, 37/38, 2005), que aparece recogido en mi libro “Después de Giselle” (Aduana Vieja Editorial, Valencia, 2007).

Ignoro si en 1961 el ballet francés celebró el tricentenario de la creación de la Academia Real de Danza, hecho que se acostumbra a señalar como el del nacimiento del ballet. Lo cierto es que el tricentenario que nos ocupa remite al suceso que oficializó definitivamente, desde el punto de vista profesional, al ballet. (En el transcurso del propio año de 1713, asimismo Louis ordenó que el cuerpo de baile de la Ópera debía estar compuesto por 12 bailarines y 10 bailarinas: ¡qué celo por la paridad artística!)

Acaso no es casual que el Rey Sol decretara que se erigiese un conservatorio de danza en la Academia Real de Música (establecida en 1669) en 1713, dos años antes de su muerte. ¿Sentía que sus días arribaban a su fin, y quiso coronar, en lo que respecta al ballet, la obra de toda una vida?

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Pose final del desfile de la Escuela y el Ballet en la gala del 15 de abril © Francette Levieux/OnP

En el programa de mano de las celebraciones, Sylvie Jacq-Mioche, quien enseña la historia de la danza en la Escuela, precisa que en 1713 Louis XIV estaba harto con los desórdenes de diverso tipo que se producían en su Academia Real de Música. Y entonces promulgó la creación del conservatorio, reservado a la compañía, para que el nivel se desarrollara con tal de ser digno de la realeza. Si bien los niños provenientes de familias de bailarines participaban en los cursos del conservatorio, no fue sino hasta 1780, con Louis XVI, que una escuela se les dedicó especialmente.

Sylvie Jacq-Mioche nos regala con varios artículos de ese primer reglamento de la escuela destinada para los niños, en 1780:

“Artículo 1: La escuela de danza será inspeccionada por los maîtres de ballet, los alumnos no podrán ser aceptados si no han sido examinados por los maîtres de ballet.

“Artículo 2: Cada alumno tendrá un compromiso con la Academia Real de Música, estará obligado en tomar las lecciones y serle útil a la Ópera en todas las ocasiones en que se le exigirá su servicio, sin pretender por ello a retribución alguna, a no ser la de 40 sueldos acordados a las señoritas solamente debido a sus gastos de peinado.

“Artículo 3: Los padres y las madres, parientes u otros responsabilizados con los niños, firmarán los compromisos contraídos junto con los alumnos. (…)

“Artículo 4: Los alumnos que hubiesen sido admitidos en la Escuela y que pudiesen presentarse en los ballets de la Ópera, tendrán asignaciones según su capacidad, y tendrán que servir durante 6 años. Si se retiran antes de este tiempo, tendrán que pagarle a la Academia una indemnización de 500 libras por cada uno de los años de estudio.

“Artículo 5: La Escuela estará abierta y las lecciones tendrán lugar todos los días (…) desde las nueve horas hasta el mediodía.

“Artículo 6: El Maître de la escuela de danza y su prefecto velarán porque la decencia y el orden prevalezcan durante las lecciones”.

Pero volvamos a Louis XIV, porque esta profundización del reglamento llevada a cabo por Louis XVI no es sino la evolución (como todo en el ballet, o más allá, si se desea) a partir del acontecimiento visionario de su ancestro, el Rey-Bailarín. (Como luego Napoléon, quien no tuvo nada que ver con la monarquía sino todo lo contrario, perfeccionará aun más el reglamento, con cláusulas vigentes hoy por hoy; sin contar que fue tan eficaz su modelo de escuela de ballet que lo instaló imperialmente en Nápoles y sobre todo en Milán, donde un cierto Carlo Blasis se serviría, con los resultados que sabemos…)

Louis XIV, bailarín, y virtuoso, ese que se proponía un “perfeccionismo idiota en todo lo que hacía”, genio artístico, y no solamente en el ballet, que era de lo que “más sabía”, según su madre y un tal Voltaire. También, el manipulador político: quien primero en la modernidad utilizó a las artes como propaganda fue él, en Francia y fuera de ésta como instrumento de irradiación que trascendería a su persona: prueba de lo cual es que el lenguaje en el que el ballet se expresa sea hoy por hoy el francés.

El monarca decidió, de pronto, primero en 1661 y subsiguientemente hasta ese año de 1713, que lo que más amaba desde el punto de vista de su yo artístico tenía que convertirse en un género, al que le insufló toda su potencia creativa…y “ejecutiva”. Con una voluntad estilística que se preserva hasta el día de hoy, en la escuela francesa.

Bien lo recuerda Sylvie Jacq-Mioche: “Desde el origen de la Escuela, cada profesor busca el conservar y transmitir el estilo francés que remite a Louis XIV”.

Desde luego, este estilo no significa que hoy el “código académico” sea como el de la denominada (en la actualidad) “danza barroca” de los tiempos de Louis, pero sin esa “danza barroca” (la “belle danse”, en realidad) fundacional no se puede entender a lo que hoy llamamos “ballet clásico”…

El “espíritu de Versalles” se conserva, enhiesto, no solamente en su epítome por excelencia que es la escuela francesa. Pero, recordemos de ésta lo que estipuló Louis XIV y que se mantiene, sobremanera en la Escuela que creó y en el Ballet de la Ópera de París: “la preminencia de la armonía, la coordinación de los movimientos, la precisión de la colocación y el rechazo a la proeza”.

Y la precisión del trabajo de la parte inferior de la pierna, que caracteriza a la escuela francesa, proviene de la “belle danse”, si bien un virtuosismo de otro tipo se instaló desde principios del siglo XIX con Auguste Vestris.

Dios salve a Louis XIV, dondequiera que se encuentre: sus restos fueron esparcidos por los revolucionarios, y su corazón, conservado en una iglesia de París, sirvió para que un pintor, olvidado, obtuviera un tinte rojo: paradójico y cruel destino, en definitiva artístico el suyo.

Es el legado inmaterial del estilo francés en el ballet el que permanece como su herencia artística, entre otras, pero la más preponderante por su universalidad es la de la danza clásica.

El pasado 15 de abril tuvo lugar una gala a cargo de la Escuela y el Ballet de la Ópera. Le han sucedido dos funciones, el 17 y el 18, por los alumnos de la Escuela. El 20 tendrá lugar, también en la Ópera Garnier, una gala final, con la Escuela anfitriona, y escuelas invitadas provenientes de Europa y América.

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Las estrellas, primeros bailarines y cuerpo de baile del Ballet de la Ópera de París, y los alumnos de la Escuela de Danza, en la gran escalera de la Ópera Garnier ©Agathe Poupeney/OnP. Ballet de l’Opéra et de l’Ecole de danse (saison 2012-2013)

 

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Louis XIV portant le costume d’Apollon dans le “Ballet Royal de la Nuit” ©Tome Hennin

 ©2013 Danza Ballet®

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