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Ópera La voz humana de Francis Poulenc

IT DANSA - JOVE COMPANYA DE L'INSTITUT DEL TEATRE
Clásicos AIEnRUTa
21 mayo, 2007
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“La Voix Humaine” ópera en un acto para soprano y orquesta que su compositor, Francis Poulenc, subtituló «tragedia lírica», sigue literalmente el texto teatral homónimo de Jean Cocteau que en 1930 había apasionado al público parisiense de la Comédie Française.

La relación de Poulenc con Cocteau, diez años mayor que él, venía de lejos.

Grand Teatre del Liceu – BCN

La voix humaine, ópera en un acto para soprano y orquesta que su compositor, Francis Poulenc, subtituló «tragedia lírica», sigue literalmente el texto teatral homónimo de Jean Cocteau que en 1930 había apasionado al público parisiense de la Comédie Française. La ópera fue estrenada casi treinta años después, en 1959, en la Opéra Comique –la famosa Salle Favart– de París, cantada por Denise Duval, para quien había sido escrita. Esta famosa soprano ya había protagonizado las dos óperas anteriores de Poulenc, Les mamelles de Tirésias (1947, sobre un texto de Apollinaire de 1918) y Dialogues des Carmélites (1957, sobre el texto coetáneo de Bernanos). La Duval tenía que protagonizar el estreno de La voix humaine en nuestro Liceu en el año 1965, pero la enfermedad que había de truncar su brillante carrera lo impidió y tuvo que ser substituida por Gisela Knabbe.

La relación de Poulenc con Cocteau, diez años mayor que él, venía de lejos. Cuando el joven músico se integró en el llamado Grupo de los Seis –con Georges Auric, Louis Durey, Arthur Honegger, Darius Milhaud y Germaine Tailleferre–, tutelado musicalmente por Erik Satie, el portavoz y autor de la antología de aforismos considerada el manifiesto del Grupo, Le Coq et l’Arlequin (1918), que atacaba por igual a Wagner, D’Indy y Debussy, había sido Cocteau.

El argumento se limita a la conversación telefónica, de unos tres cuartos de hora de duración, de una mujer –«Elle»– que habla por última vez con su amante –que hace pocos días la ha abandonado por otra mujer después de cinco años de relación–, del cual solamente podemos intuir lo que dice por las respuestas. Las frases quedan a menudo inacabadas e interrumpidas por llantos y sollozos, que traicionan un estado emocional y afectivo de gran desesperación, que las servidumbres del lenguaje telefónico acentúan. La escena se sitúa en sus estancias, con la cama deshecha y un cierto desorden. Viste camisa de dormir y batín y desde que coge el teléfono se va desplazando angustiada por la habitación arrastrando el hilo a lo largo de toda la obra.

En esta atmósfera tensa, de gran intensidad y lirismo, vemos como se suceden una continuación de secuencias o fases de su inestable estado de ánimo, que el compositor subraya en paralelas secuencias musicales con personalidad propia. Contribuye a esta fragmentación la comunicación telefónica de la época, servida por una centralita, con interferencias, cortes e interrupciones. Después de unas tentativas fallidas, cuando consigue hablar con su amante, la primera secuencia está dominada por parte de ella por una actitud de naturalidad y de voluntad de superación claramente simulada ante la actitud preocupada que adivinamos en él, que se siente culpable y querría que todo sucediera con elegancia y suavidad. Es evidente que miente cuando le explica que, después de dormir con «una sola pastilla», se ha vestido con elegancia y ha salido con una buena amiga, Marthe… Le dice que puede mandar a alguien a recoger las cartas amorosas, que es natural que las quiera…

Asegura después que no hace comedia, que es fuerte de veras, que ha decidido reaccionar con coraje, que en el fondo la culpa de todo es suya, que ha querido tener una felicidad imposible, recuerda el día de la ruptura en Versalles…

Recibe un golpe inesperado al saber que el casamiento de su antiguo amante se celebrará mañana mismo y le dice que dejará las cartas al portero para que las recoja Joseph, el mayordomo de él. Le dice que probablemente se irá unos días al campo, a casa de Marthe. Unas dificultades del sonido telefónico hacen que intuya que él no está en casa como le ha asegurado. Con tono alegre y falso intenta adivinar cómo va vestido y cómo está haciendo dibujitos con la estilográfica mientras habla…  Cambia de inmediato de tono cuando habla de ella y se retrata envejecida, con la cara demacrada, empieza con los reproches…

La conversación telefónica se interrumpe y ella consigue conectar con la casa de él, donde el mayordomo le confirma que el señor no está ni piensa volver. Cuando es él quien consigue recuperar la llamada, le agradece que haya insistido, pero repentinamente se echa a llorar con desconsuelo. Con un nuevo y ahora radical cambio de tono, confiesa que hasta ahora ha estado mintiendo, pero que ello no soluciona nada y quiere decirle finalmente la verdad: no se ha vestido, no ha salido con Marthe, ha estado a punto de hacerse llevar por un taxi ante la casa de él y esperarlo en la calle… No ha comido nada, anoche no tomó una pastilla sino doce para acabar de una vez con su vida, se ha despertado por la mañana y al ver que la muerte no llegaba, ha llamado a Marthe para no morir sola, su amiga ha traído consigo a un médico que la ha hecho recuperarse… Pero finalmente ha convencido al médico y a Marthe de que se fueran porque esperaba su llamada y tenía miedo de que no la dejasen hablar…

Las palabras de él le dan ahora una inesperada sensación de afecto y le responde que se siente mejor, que vuelve a sentir la felicidad de cuando estaban juntos en la cama y ella apoyaba su cabeza en su pecho… Le promete que el médico ha de volver, le dice que no se inquiete, que la llame mañana otra vez… e insiste en que si no fuera por su llamada estaría ya muerta.

De repente, vuelve a cambiar completamente su estado de ánimo y sigue ahora una agresiva vindicación de su sufrimiento, de su pasión absoluta hacia él, la seguridad de que solamente puede vivir si él le habla. Asegura que cada día que ha pasado desde la ruptura ha sido mucho peor que el anterior, que su vida no tiene ni tendrá a partir de ahora sentido alguno… Ha roto todas sus fotos de una sola vez, con una fuerza inesperada…

Después de una interferencia en que una abonada al teléfono que ha escuchado parte de la conversación los pone en ridículo, intenta calmar la irritación del amante y con palabras halagadoras le dice que las personas ordinarias no pueden entender a un hombre superior como él, que no le dé importancia y se ría como hace ella… La desesperación la domina de nuevo y rompe a llorar cuando comprende que solamente un encuentro cara a cara podría ayudarla a recuperar su amor, pero que con el teléfono, un aparato inútil y sin corazón, lo que se ha acabado, se ha acabado… Lo intenta tranquilizar de nuevo con cierto tono de sarcasmo: uno no se suicida dos veces y no sabría la manera de comprar un revólver…

Insinúa, de manera capciosa, saber que él no le dice la verdad, que no está en su casa, pero que sabe asimismo que si la engaña es por bondad de su alma y para que no sufra, que eso le inspira todavía más ternura hacia él… Cuelga el teléfono mientras pide con insistencia a Dios que él la vuelva a llamar… Cuando lo hace, le dice que se ha cortado espontáneamente y repite la idea de que él miente por bondad y ella aún lo quiere más.

Se da cuenta de que la conversación no puede seguir indefinidamente y a la vez no se siente con fuerzas para terminarla. Le dice que ha colocado el cable del teléfono alrededor de su cuello para sentir más cerca su voz. Le pide que sea él quien asuma la decisión cruel de colgar el aparato. Le pide aun que cuando esté en Marsella con su nuevo amor no vaya al mismo hotel donde ellos habían sido tan felices… Que no se enfade, que si no imagina dónde están no sufrirá tanto… Le da las gracias, le dice que es bueno y que lo ama…

Tras la evidencia de que no queda nada más que decir, se va hacia la cama con el aparato en la mano e insiste todavía en que sea él quien corte la comunicación, que ella es fuerte. El teléfono cae al suelo mientras ella va repitiendo desesperada «Te quiero» antes de echarse de bruces sobre la cama.

Gran Teatre del Liceu – Barcelona
Selección Fotográfica Danza Ballet

 

musica  Ópera La voz humana de Francis Poulenc
Joan Rodgers as The Woman in Poulenc’s ‘La voix humaine’ at Opera North. Photo © 2006 Clive Barda

 

musica  Ópera La voz humana de Francis Poulenc
Catherine Malfitano in La voix humaine at the Cincinnati OperaPhoto: Philip Groshong

 

musica  Ópera La voz humana de Francis Poulenc
Jessye Norman – La Voix Humaine – Crédit photo : Carol Friedman

© 2008 Danza Ballet

 


Ballet Barcelona - Carolina de Pedro Pascual

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