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Alexander Scriabin (1872-1915)

16 agosto, 2015
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En la historia de los extravagantes del arte, Alexander Scriabin (1872-1915) ocupa un lugar de privilegio.

Vinculado a la teosofía y el ocultismo, imbuido de un misticismo panteísta que le hacía buscar permanentemente la unidad de lo diverso, afectado por (o dotado de) sinestesia, ese fenómeno neurológico que supone la percepción conjunta de sensaciones dirigidas a varios sentidos, en su caso, colores y sonidos, Scriabin dejó algunas de las obras más fascinantes e innovadoras de su tiempo. Su música ha sido calificada de misteriosa, esotérica, extática, enigmática, mórbida e incluso erótica.

Sin embargo, los inicios del compositor no hacían presagiar esta deriva hacia la trascendencia y el orientalismo. Las sesiones en la clase de Nikolai Zverev, donde Scriabin coincidió con Rachmaninov, sólo un año menor que él, eran de una fisicidad indiscutible, pues superaban con facilidad las catorce horas diarias. Estudió luego en el Conservatorio de Moscú con Taneiev y Arensky y al poco de licenciarse recorría ya Europa dando conciertos de piano con un estilo colorista y sensual que llamó mucho la atención de sus oyentes. Sus primeras obras para el instrumento lo mostraban como un aventajado alumno de Chopin y de Liszt, cuyo tratamiento avanzado de la armonía supo mezclar con ciertos elementos del nacionalismo ruso, como el empleo del ostinato.

Pero en 1898 se convirtió en profesor de piano del Conservatorio de Moscú y su música empezó a cambiar. Su Tercera sonata presentaba una apariencia casi puntillista en el desmenuzamiento de sus texturas y el desvanecimiento de sus perfiles; cierto halo de misterio recubría ya sus creaciones. Con el cambio de siglo, Scriabin empezó a interesarse por las grandes formas (en 1897 había dejado un Concierto para piano de aire aún reconociblemente romántico) y también por la lectura de Nietszche, de donde pasó a Madame Blavatsky, en cuyos escritos encontró un discurso y una jerga que se ajustaban bien a su búsqueda del Absoluto. “La sustancia del mundo es amor y deseo. El instante último será diferenciación absoluta y unidad absoluta: el éxtasis. El éxtasis es una cima; en tanto que pensar, el éxtasis es síntesis absoluta; en tanto que sentir, el éxtasis es placer infinito y bajo esta forma espacial el éxtasis es manifestación extrema y a la vez destrucción”, dejará escrito en sus cuadernos, que se van llenado de imágenes herméticas y megalomaníacas: “¡Yo soy Dios! Soy el florecimiento, la bienaventuranza. Soy la pasión que todo lo consume, que lo abarca todo. Soy el fuego que envuelve al universo reduciéndolo al caos”.

En 1903 deja el Conservatorio y escribe su Cuarta sonata para piano. Preparaba entonces también la que sería su Tercera sinfonía, que terminaría al año siguiente y titularía Poema divino. Abandona por entonces a su esposa Vera, pianista como él, y a sus cuatro hijos para unirse a Tatiana Schloezer, antigua alumna, en un acto que calificó de “sacrificio ofrendado al arte”. En 1906 viajó a Estados Unidos, y aunque sólo permaneció cuatro meses en el país, intuyó en él “un importante movimiento místico”. Fue en Estados Unidos donde en 1908 se estrenó con no demasiado éxito la que se considera cuarta sinfonía del compositor, el Poema del éxtasis, en el que a bordo de una orquesta imponente se funden misticismo y sensualidad, principio femenino y masculino, que acaban entrelazados en un luminoso estallido en do mayor. El Poema del éxtasis se abre con el acorde místico, un acorde de seis notas (do, fa sostenido, si bemol, mi, la, re) que empezará a partir de ese momento a inundar toda su música de relaciones de cuartas.

En 1907 había publicado su Sonata para piano número 5, la primera escrita en un único movimiento, reflejo de esa búsqueda incesante del Uno. Le faltaban aún por componer otras cinco sonatas para el instrumento, que nacerían en apenas tres años (1911-1913), todas en un único movimiento, todas como formando parte del mismo rito místico: Misa blanca llama a la Séptima, Misa negra o Poema satánico a la Novena. Para la Décima reservaba una descripción muy significativa: “Es una sonata de los insectos. Los insectos nacen del sol… Son los besos del sol. Cómo se unifica la visión del mundo cuando uno mira de este modo las cosas”.

El 2 de marzo de 1911 Serguéi Kusevitzki había dirigido el estreno mundial de Prometeo. El poema del fuego, una obra que exigía gran orquesta, coro, piano solista y órgano cromático, un artefacto que habría proyectado colores sobre una pantalla en función de las relaciones sinestésicas establecidas por el compositor (Do, rojo; Do#, violeta; Re, amarillo; Re#, resplandor del acero; Mi, blanco nacarado y resplandor de luz de luna, etcétera) de no haberse eliminado en último momento, aunque en muchas producciones actuales de la obra sí se utiliza. Prometeo respondía a un programa complejo que acababa con el nacimiento del mundo en medio de una gran danza cósmica de los átomos. Aquí se escucha ya al Scriabin del último momento, ese del que todo rastro de nacionalismo y de lirismo chopiniano ha desaparecido: en su lugar, las cuartas aumentadas se adueñan de una partitura que se llena de disonancias.

Prometeo había sido un intento de sintetizar música y color, pero eso era sólo el principio: Scriabin proyectaba una obra magna, definitiva, cataclísmica, que habría de significar la aniquilación de todo el universo y daría lugar a un resurgimiento de hombres y mujeres como puros espíritus astrales, despojados de todas las limitaciones del cuerpo. La obra, síntesis de todas las artes y destinada a ser apreciada por todos los sentidos, se representaría en la India, al pie del Himalaya y se titularía Mysterium. “Yo no moriré”, dijo Scriabin, “me ahogaré de éxtasis después del Mysterium”.

Alexander Scriabin murió el 27 de abril de 1915 a causa de una septicemia provocada por la picadura mal curada de un insecto en el labio. Mysterium quedó apenas esbozada. El compositor ruso Alexander Nemtin (1936-1999) empleó casi treinta años de su vida en completar los esbozos hasta conseguir una pieza de cerca de tres horas de duración que se ha grabado y a la que el curioso puede acercarse a través de YouTube. Pero el espíritu de Scriabin no habita en ese misterio. Fuente Pablo J. Vayón www.diariodesevilla.es

musica  Alexander Scriabin (1872 1915)
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