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La danza y el ballet

Ballet de la Ópera de París con Svetlana Zakharova

5 abril, 2012
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colaboradores  Ballet de la Ópera de París con Svetlana Zakharova

« La Bayadera » con la invitada Svetlana Zakharova y Stéphane Bullion.

Los pasados 2 (función que presencié) y 4 de abril, Svetlana Zakharova, estrella invitada del Bolshoi, se presentó junto a Stéphane Bullion como Solor en la actual temporada de “La Bayadera” de Rudolf Nureyev, la cual se extenderá hasta el próximo 15 de abril.

En mi reseña de la première de la temporada, había apuntado que en otra ocasión de la misma me iba a referir a la deuda de “La Bayadera” de Marius Petipa con “Giselle”. Comienzo pues por aquí antes de pasar a la Zakharova como Nikiya y su partenaire Bullion, quien logró con la rusa una pareja notable.

Cualquier espectador que conozca “Giselle”, debe identificar sin tardar la semejanza del libreto de “La Bayadera” con el de esa obra, aun si se trate, en principio, de dos mundos distantes: el “occidental” de una leyenda germánica como el de las Willis de Heinrich Heine, y el “oriental” de una India de devadasis, las bailarinas sagradas de los templos. Nikiya, la bayadera pero en definitiva de “inferior posición social” según la fraseología marxista de la que se adueñarían para “mejor explicar” al ballet “Giselle” tanto soviéticos como cubanos, tiene una rival en su amor por alguien que no le es permitido. Parecidamente a “Giselle”, su rival Gamzatti ha sido comprometida, en tanto hija del rajá, con el guerrero Solor. Bathilde, es hija del duque de Silesia. El Hilarión de “La Bayadera” es el bramán, quien ama a Nikiya pero no es correspondido y precipita, lo mismo que el guardabosques, el fin trágico de “Nikiya-Giselle”. La diferencia es que se trata de un bramán y no de un simple igual a Giselle en su “clase social” como Hilarión. Son las reglas de rango, sean sociales o religiosas, las que hacen imposibles a los amores de Giselle y Nikiya, e inducen a la traición de sus amantes.

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Ludmila Pagliero (Gamzatti) y Stéphane Bullion (Solor) ©Agathe Poupeney/ Opéra national de Paris

 

Como en “Giselle”, las devadasis muertas son espíritus; las Sombras corresponden a las Willis. En esta otra dimensión, los amantes se vuelven a reunir, y Nikiya perdona a Solor, como Giselle a Albrecht. (En la versión en tres actos de “La Bayadera”, aclaro.) La escena en el segundo acto en que muere Nikiya, cayendo al suelo como Giselle, precedida por la consternación de Solor (pero quien, como Albrecht, no renuncia a su prometida) y el gesto del rajá para apartarlo de la devadasi, es como un remake del fin del primer acto del ballet de Adam y Gautier.

En realidad, es Théophile Gautier la clave de esta similitud, ya que los dos ballets que más influyeron a Marius Petipa en el libreto de “La Bayadera” (que escribió con la ayuda de S.N. Khudekov) fueron “Giselle” y “Sacountala” (1858), ambos escritos por Gautier. Más aún, como revela Tiziana Leucci en “Génesis de La Bayadera” en el programa de mano, los rasgos de la devadasi Amany (que se había presentado en París en 1838 junto con cuatro otras bailarinas sagradas de un templo de Pondichery) están presentes en la Willi Zylma de “Giselle”, y desde luego, en las devadasis de “Sacountala”.

Leucci escribe que no se sabe si Petipa vio a las devadasis en París en 1838, pero que sí vio “Giselle” donde bailaba su hermano Lucien el rol de Albrecht. Anotó los detalles de la coreografía y luego asistió a Jules Perrot en Rusia para el montaje de la obra. Y en 1858 se trasladó a París para asistir al estreno de “Sacountala”, que había coreografiado Lucien Petipa.

Zakharova/Bullion: una pareja lograda

Zakharova es una Nikiya espléndida, lírica, con port de bras y trabajo de la parte superior de la espalda que hacen soñar. En fin, es la escuela rusa pero aún así los brazos de Zakharova merecen destacarse por su ligereza y flexibilidad; podían ser tan ondulantes como el chal del tercer acto. Técnicamente segura, y más aún, virtuosa, su plástica y su pantomima (clara, refinada en detalles que revelan el destello de la estrella que es) contribuyen no menos al aura indiscutible con que domina la escena. La luz que brilla es la de ella. Sin embargo, tanto el Solor del danseur étoile Stéphane Bullion como la Gamzatti de la danseuse étoile Ludmila Pagliero (recuerdo que fue nombrada étoile debido a este mismo rol el pasado 22 de marzo) no sólo estuvieron con ella en buena lid sino que no se opacaron en un ápice. En el caso de Bullion, porque logró una pareja fusional con ella. En el de Pagliero, porque en la pelea entre ambas en el primer acto, no se dejó “amendrentar” por la estatura (no la física) de Zakharova. Fue un duelo formidable. Zakharova lució más frágil que su rival. La rusa es deliciosa, puede poner al espectador en estado de gracia y asemeja a un animal mítico y lejano que haya condescendido a ser visto. Su fraseo, su musicalidad, la manera en que “despeja” un developpé, pueden ser angélicos.

Regresando a Pagliero, dominó el grand pas del segundo acto, y fue una Gamzatti matizada en su proyección: en la escena del duelo, alternaba entre decisión feroz (luego presente en el grand pas) y terror.

Además de su fusión con Zakharova, Bullion tuvo un notable desempeño técnico (de nuevo, esos endiablados tours de doublés assemblés en el tercer acto…) y le otorga a Solor un carisma a lo Albrecht, lo cual, como hemos ya referido, está “dentro del estilo”.

Hubo tensión (la dramática) en él, cuando bailaba con Pagliero el grand pas, y perturbación porque sabe que ha traicionado a Nikiya. Estas emociones que afloraron en él, le dieron más textura a su personaje. También, se sentía una corriente tensa entre él y Zakharova en este mismo acto, que culmina, como es sabido, con la muerte de la bayadera. Por cierto, preferí las muertes de Nikiya de las bailarinas francesas, como Aurélie Dupont y Agnès Letestu, a la de Zakharova, algo abrupta y quizás demasiado neta. Cuestión de estilos.

Yann Saïz (el bramán), Stéphane Phavorin (el rajá), Allister Madin (el fakir), o Emmanuel Thibault (el más dorado de todos los ídolos), me gustaron incluso más que cuando los ví en la noche de la première.

A señalar a Grégory Dominiak, que baila el pas de deux (con determinados portés…) del Esclavo con Nikiya.

Las tres Sombras fueron impecables, en general. La primera fue Héloïse Bourdon; la segunda, Charline Giezendanner; la tercera, Laurence Laffon. Si tuviera que señalar a una en particular, no sabría escoger entre Bourdon y Giezendanner, quien además interpretó la danza “manú” del segundo acto.

El corps de ballet en el acto de las Sombras superó incluso su nivel de homogeneidad y de precisión que detienen la respiración, respecto de lo que ya había visto en la première, el pasado 7 de marzo. Lo cual es lógico, ya que han estado bailando más. Pero hay que destacar el grado de hipnotismo que logran las 32 sombras del Ballet de la Ópera de París. (Un detalle a apreciar el que sus nombres aparecen en el programa, y no se limitan a “corps de ballet”.)

Cuando esta escena es ejecutada con tanta perfección como en la “Maison” y particularmente esa noche, uno se dice que esta creación de Petipa tiene que estar en el panteón artístico al mismo nivel que lo están los cuadros de, por ejemplo, Leonardo; o las partituras ciertas de Bach o Mozart. La escena de las Sombras es una de las más grandes creaciones artísticas de todos los tiempos.

Por cierto, Petipa obtuvo su inspiración en la procesión de ángeles en “El Paraíso” de la Divina Comedia de Dante, liustrada por Gustave Doré en 1868.

Decía Marie Rambert, citada en el programa de mano: “La escena de las Sombras es la más impactante de la obra, debido a su absoluta simplicidad y su audacia. Las sombras salen, una detrás de otra, en un arabesque clásico, sin adorno, compás tras compás, y uno desea que ellas continúen así, una y otra vez. Un poco como las cariátides del Partenón, donde la repetición de la misma figura, lejos de fatigarlo, provoca el deseo de volverlas a ver todo sin cesar”.

Este sentido de ritmo visual fue lo que aprehendió Petipa.

Si no, nuevamente Fayçal Karoui al frente de la Orquesta de la Ópera nacional de París, volvió a extraerle las más bienvenidas sonoridades (a señalar al violín, Frédéric Laroque) a la partitura de Ludwig Minkus.

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Svetlana Zakharova ©Agathe Poupeney/ Opéra national de Paris.
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Emmanuel Thibault ©Agathe Poupeney/ Opéra national de Paris

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