
por Carolina de Pedro
Editora — domingo 12 de abril de 2026
«La vida de Vaslav Nijinsky se puede resumir en una frase sencilla: diez años de crecimiento, diez años de aprendizaje, diez años de danza, treinta años de oscuridad», escribió el biógrafo Richard Buckle.
Quizá pocas frases logran condensar con tanta claridad el destino de un artista.
Nijinsky, de John Neumeier, es una obra maestra en dos actos, creada como homenaje a uno de los grandes fenómenos de la danza: Vaslav Nijinsky. Sin duda, una leyenda.
Estamos ante un ballet de gran formato, ambicioso en su concepción y desarrollo. Una obra potente que, por momentos, eleva al espectador hacia una belleza casi irreal, evocando la figura del Esclavo Dorado, a quien imagino junto a la bella Ida Rubinstein en Sherezade, con la música de Nikolai Rimsky-Korsakov. En escena, interpretado por el bailarín Artem Prokopchuk. ¡Magnífico!
Pero también aparecen la densidad, el dolor y la enfermedad, que se hacen presentes especialmente en la segunda parte, con la Sinfonía n.º 11 en sol menor, El año 1905, de Dmitri Shostakovich, que despliega un universo sonoro marcado por lo bélico, lo trágico y lo profundamente humano.
Nijinsky es una obra intensa, exigente… y no siempre fácil de atravesar y comprender.
El Ballet de Hamburgo estuvo excelente en todo momento —ya lo había visto en el Liceu en 2008 con Muerte en Venecia—, con un nivel interpretativo y dancístico de gran calidad. Este Nijinsky presenta tanto diferencias como similitudes con la otra obra de Neumeier. En ambas aparece un gran piano de cola negro: al inicio en Nijinsky y al final en Muerte en Venecia.
Todo en Nijinsky evoca su presencia: los decorados y el vestuario de Léon Bakst y Alexandre Benois, diseñadores de los Ballets Russes en París; el Esclavo Dorado en Schéhérazade, la Rosa en Le Spectre de la Rose, el Arlequín en Carnaval, el Fauno en L’Après-midi d’un faune y el Joven en Jeux.
Y Nijinsky, de pie sobre una silla, gritando —tal como cuentan sus biografías—, intentando llevar el ritmo a los bailarines en el estreno de La consagración de la primavera, con la música inmensa y percusiva de Igor Stravinsky.
Sin embargo, creo que es importante conocer el repertorio del genio, así como su vida, para comprender plenamente lo que sucede en escena. La obra, llena de detalles, ofrece una mirada aguda sobre la vida de Vaslav Nijinsky. Quienes lo conocemos a fondo disfrutaremos de un gran ballet; quien no esté familiarizado con su vida y obra quizá no logre comprender el drama ni lo que está sucediendo en el escenario.
A lo largo de la pieza se entrelazan múltiples estilos y escenas de los ballets que interpretó, configurando una especie de collage coreográfico que nos guía entre su obra y su vida.

En cuanto a la elegante escenografía, especialmente en el segundo acto, dos círculos móviles están inspirados en la importancia central del círculo para Nijinsky, quien concibió un escenario circular y en cuyos dibujos predomina esta forma. Evidentemente, el círculo es un símbolo de perfección.
Estos círculos del segundo acto me parecieron maravillosos: parecen aspirar a la concentricidad, pero siempre hay una superposición, un movimiento entre ellos sin perder jamás el contacto. Ambos siguen su propio camino y se encuentran una y otra vez.
Y es en este segundo acto donde la locura se despliega con total profundidad.
La creencia general es que la ruptura con Serguéi Diághilev provocó el colapso psicológico de Nijinsky o, por el contrario, que fue su matrimonio con Romola de Pulszky lo que lo llevó a la perdición (en el ballet, Romola hace evidente que estaba más enamorada de la imagen idealizada del artista que del hombre real). A esto se sumó su nueva tarea como administrador de su propia compañía y carrera, algo para lo cual no estaba preparado en absoluto, ya que lo suyo era bailar y crear.
John Neumeier sugiere, sin embargo, que la locura —que atraviesa toda esta segunda parte— tenía un componente hereditario en la familia de Nijinsky. Ni Diaghilev ni Romola fueron los responsables.
En síntesis, un drama terrible que sumió a un bello y famoso bailarín en un hospital durante casi treinta años, en completa soledad y oscuridad.
Una tristísima historia. Un drama absoluto.
Siempre que voy a París paso por su tumba y le dejo flores. Está vestido de Petrushka, gracias a Serge Lifar, quien lo llevó a descansar en París.
Ese Nijinsky como Petrushka, en el Cementerio de Montmartre, suspendido entre lo humano y lo trágico…
Palabras de Nijinsky que siguen resonando con fuerza:
«El aplauso no es una opinión. El aplauso es un sentimiento de amor por el artista.»
Así es.
El aplauso es el alimento del artista.
El aplauso más fuerte y sonoro para el Ballet de Hamburgo, por su rendimiento y altísima calidad en su trabajo, así como para la Orquesta Sinfónica del Gran Teatre del Liceu, dirigida por Jonathan Nott.
Una ovación para quien interpretó a un joven dios de la danza, bailando sin parar durante las casi dos horas de función: Alexander Trusch.
Y otra ovación, y de pie, para John Neumeier, quien ha creado una obra maestra, un verdadero monumento tanto a Nijinsky como a sí mismo, por haberlo rescatado del olvido.


Alexander Trusch como Nijinsky.
Anna Laudere como Romola Nijinsky, de John Neumeier.

Alexander Trusch como Nijinsky.
Nijinsky, de John Neumeier.















