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Idilio de la danza y del impresionismo alemán


3 agosto, 2014
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Juan Carlos Tellechea

Periodista y crítico.
Nacionalidad: Uruguayo.
Lugar de residencia: Berlín.

El señor Tellechea se formó en la Universidad de la República Oriental del Uruguay y en la Escuela Latinoamericana de Periodismo. Reside en Alemania desde 1980 (primero en Bonn, y desde 1999 en Berlín) donde colabora con numerosos medios de comunicación de Europa, Estados Unidos e Iberoamérica.

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El pintor, dibujante y escenógrafo Max Slevogt (1868, Landshut/Baviera – 1932, Leinsweiler- Neukastel/Palatinado) es junto con Max Liebermann (1847-1935) y Lovis Corinth (1858 – 1925) uno  de los tres artistas más destacados del impresionismo alemán y, sin embargo, el menos conocido  del trío, internacionalmente hablando.

De Slevogt y su viaje a Egipto en 1914 vimos recientemente una exposición en la Galería de  Nuevos Maestros del Albertinum de Dresde. Con la venta de sus cuadros, pintados al aire libre y  bajo un calor abrasador en el país del Nilo y las pirámides faraónicas, Slevogt pudo comprarse  ese mismo año la preciosa finca de Neukastel, en el hoy Estado federado de Renania-Palatinado,  rodeada de viñedos, colinas y bosques que fue su lugar de veraneo hasta su fallecimiento en  1932.

El Landesmuseum de Maguncia realiza en estos meses (hasta el próximo 12 de octubre de 2014) una  amplia exposición, con 85 cuadros y 70 dibujos, titulada “Nuevas vías del impresionismo”, que  abarca casi toda la obra de Slevogt en sus diversas etapas. Slevogt pintó paisajes, retratos,  escenas de ópera y sus intérpretes…

Danza

Uno de los apartados más interesantes está dedicado a los trabajos que realizó Slevogt sobre la  danza en sus múltiples géneros, entre ellos un cuadro de Anna Pávlova (1881 – 1931), pintado en  1909. La bailarina rusa se presentó el 5 de mayo de ese año en una función de gala en el teatro  de la Ópera Kroll, co-organizada por el grupo de artistas plásticos de la Secesión de Berlín,  tras la cual tuvo lugar un banquete en el hotel Esplanade de la capital alemana. Por aquellos  años Pávlova integraba la célebre compañía de los “Ballets Russes” del genial empresario  Serguei Diaguilev que iba a debutar con enorme éxito dos semanas más tarde, el 19 de mayo de  1909, en el Théâtre du Châtelet, de París.

Para su lienzo, Slevogt eligió un pas seule de la “La Bayadère” en la que se ve a la Pávlova  encarnando a Nikiya, la bailarina del templo hindú, con el erótico atuendo que deja libre su  vientre. En la exhibición pueden verse asimismo los tres bocetos que realizó el pintor con  plumilla y tinta china sobre papel, en los que se aprecia asimismo a la bailarina en “Giselle”  y “La muerte del cisne”.

No fue facil pintarla; Slevogt tuvo que negociar con la bailarina hasta convencerla de posar  para él. Pero además tuvo que pedir a una encantadora amiga suya, Tilla Durieux, que la  entretuviera, dándole conversación, para soportar el “aburrimiento” de la prolongada sesión  como modelo. Como escenografía, Slevogt diseñó especialmente una de estilo rococó, con colores  claros que subrayaban la elegancia y la etérea figura de la Pávlova y sus gráciles movimientos.
 
Loïe Fuller

Entre las bailarinas de aquel entonces fue probablemente la estadounidense Loïe Fuller (1862 –  1928), quien inspiró a Slevogt a realizar una de sus primeras obras dedicadas a la danza:  “Tríptico de bailarinas” (“Bailarina en plata”, “Bailarina en oro”, “Bailarina en verde”,  1895). De esta última obra se desconoce desde hace largo tiempo su paradero. De “Bailarina en oro” solamente se conoce el estudio que se presenta en la exhibición.

Fuller creó cerca de 130 danzas y había adquirido gran fama entonces al concentrarse en los  efectos visuales sobre el escenario; utilizaba vaporosos atuendos con tejidos muy livianos que  flotaban en el aire y, por primera vez, deslumbrantes luces multicolores (con proyectores y reflectores eléctricos) para sus danzas.

“La Serpentine”, “La Violette”, “Le Papillon”, “Le Feu” fueron algunas de las creaciones  coreográficas más célebres de Fuller, quien primero trabajó en el “Wintergarten”, de Berlín,  antes de alcanzar fama internacional en el Folies Bergère, de París, y, ya en su consagración,  dedicarse a promover nuevas figuras de entonces, como Isadora Duncan, Maud Allan, Sada Yacco y  Hanako, organizando numerosas giras artísticas. Fuller sirvió también de inspiración a artistas  plásticos como Will Bradley, Jules Chéret, Maurice Denis, Thomas Theodor Heine, Auguste Rodin, Stéphane Mallarmé, James McNeill Whistler y Henri de Toulouse-Lautrec.

Sada Yacco

Precisamente de Sada Yacco puede verse en la muestra un cuadro pintado por Slevogt en 1901. A  finales de ese año el pintor se mudaba de Múnich a Berlín. El cambio representó también una  cesura en su obra. Dejó entonces los tonos oscuros y los temas favorecidos por sus colegas de la capital de Baviera, para dedicarse de lleno y consecuentemente a los medios pictóricos del impresionismo.

Pese al corte en su labor, Slevogt retomó la serie de cuadros consagrados a la danza y creó el lienzo dedicado a la bailarina japonesa Sada Yacco, quien de muy joven había tenido formación como geisha y era versada tanto en la música, como en el canto y en la danza. Con su marido, el actor y dramaturgo Otojiro Kawakami fundó en 1896 en Tokio un teatro que con sus
representaciones se convertiría con el tiempo en uno de los pioneros del nuevo arte dramático japonés. Tras una gira por Estados Unidos (1899), Londres (1900) y Alemania (1901/1902), Sada Yacco se transformó en una embajadora de Japón por excelencia, una figura viviente que despertaría enorme interés entre los impresionistas.

En 1901 Sada Yacco actuó con su teatro Kabuki en Berlín. Slevogt acudió a una de las funciones y realizó varios bocetos durante la representación. De esos bocetos resultaron tres cuadros de los cuales, el primero probablemente (de la colección del Museo del Sarre) es exhibido en esta muestra.

Slevogt estaba fascinado por el colorido kimono de Sada Yacco, por su maquillaje y por sus movimientos al compás de la música oriental. Con rápidas pinceladas el pintor llevó al lienzo el retrato de la artista; su rostro, ligeramente girado hacia la izquierda, traslucía gracia y contención; y su figura en movimiento, era subrayada por un luminoso y elegante atuendo de seda japonesa.

La Argentina

Otra de sus modelos fue la bailaora Antonia Mercé Luque (1890 – 1936), “La Argentina”, quien posó para Slevogt en 1926. “La Argentina”, de padres españoles, bailarines profesionales, era oriunda de Buenos Aires. Con sus progenitores aprendió danza clásica, y a los nueve años de edad fue primaballerina de la Ópera de Madrid. Después abandonó este género para bailar flamenco. Así, tras desfilar por varios teatros de variedades, llegó al Moulin Rouge de París, y después trabajó para compositores como Isaac Albeniz, Enrique Granados, Manuel de Falla y Maurice Ravel.

Slevogt la pintó durante una estancia en Berlín en el marco de una de sus múltiples giras internacionales. La bailarina aparece en un primerísimo plano y ocupa verticalmente todo el lienzo de arriba a abajo, con su cuerpo girado hacia la izquierda; brazo derecho en alto, la mano escapa del cuadro, lo mismo su pie derecho llevado hacia adelante y girado también a la diestra; las castañuelas en su mano izquierda apoyadas detrás a la altura de su cintura; toda su figura en tensión: hombros, brazos, caderas…hasta el exquisito entallado y volantes de su vestido. Fue el último retrato de Slevogt dedicado a una bailarina, tal vez el más logrado, con todo el embrujo, el duende y la fuerza erótica de una intérprete magistral del flamenco.

La finca

Neukastel es un lugar paradisíaco; y el jardín, al frente de la residencia, un rincón encantado. La finca estuvo durante mucho tiempo deshabitada y abandonada. Pero la acaba de adquirir un arquitecto que se ha propuesto en cuatro años restaurarla y llevarla a su estado original para convertirla en un museo. Ya se organizan excursiones turísticas de fin de semana para ver algunas de las partes remozadas.

Slevogt soñaba desde muy joven con vivir allí y en 1914 aprovechó los apuros financieros del entonces propietario de la finca para adquirirla por un precio muy por debajo de su valor real. El paisaje que puede verse desde allí, pintado varias veces por el artista, alcanza hasta la Selva Negra, al sur, en el vecino Estado federado de Baden-Württemberg.

Al igual que lo hiciera su colega Max Liebermann, también de la Secesión de Berlín, con su villa a orillas del lago Wannsee, Slevogt creó su propio refugio en el Palatinado meridional para disfrutar del descanso, pero también para tener una fuente de motivos para sus cuadros. Pintaba veraneando, veraneaba pintando, junto con su familia, y en otoño enviaba a Berlín por tren sus cuadros, debidamente embalados en cajones, para venderlos allí como pan caliente.

Negociantes

En la capital alemana los galeristas Bruno y Paul Cassirer, grandes negociantes, se los quitaban de las manos. Con un contrato exclusivo muy lucrativo, los comerciantes habían convencido a Slevogt para que dejara Múnich y se trasladara a Berlín. Pero el corazón de Slevogt latía más fuertemente por el soleado Palatinado, donde gozaba hedonísticamente de la vida y del buen vino de la región.

Los muebles de la sala de estar de su residencia han quedado en el mismo lugar. El parral reverdece, no tan cuidado como antaño, pero igualmente puntual en las temporadas estivales. En la sala de música, el viejo piano de cola espera a un virtuoso ejecutando, rodeado de los retratos de héroes líricos a los que diera vida Slevogt inspirándose en sus óperas favoritas.

Allí canta un musculoso Papageno, Sigfrido atrae y vence al dragón, el Cazador furtivo de Weber tiene también su representación en uno de los bocetos. Entre los lienzos figura el retrato al óleo de Francisco d’Andrade, interpretando “Don Giovanni”, con el cual Slevogt debutó en Berlín. A través de la serie de bocetos puede apreciarse en la muestra cómo el artista desarrolló sus cuadros hasta adquirir ese aire espontáneo que aparentemente destilan sus imágenes.

Placer

Slevogt, un apasionado de la música lírica, creó los retratos para él mismo, por placer. En algunas noches los vecinos del pueblo lo oían interpretar arias a plena voz. Otras de sus fuentes de inspiración están en su biblioteca. Pintadas sobre el cielorraso ríen o se baten en lucha figuras literarias, desde Shakespeare hasta Sherezade, la narradora de los Cuentos de las mil y una noches.

Los Cassirer hicieron fortuna con los cuadros de Liebermann, Corinth y Slevogt. Los tres no eran, lo que se dice, amigos, sino más bien competidores en ganarse el favor de los ricos coleccionistas de arte de la época. Pero el olfato para los negocios de estos dos galeristas los unió en una sola marca: impresionistas alemanes.

Enfrente de la villa de Liebermann, a orillas del Wannsee, se encontraba la suntuosa residencia en Neukladow de Johannes Guthmann, mecenas de Slevogt. Slevogt pintó un fresco de estilo neoclásico en el pórtico junto al jardín de la villa. El edificio sigue en pie, pero el fresco resultó destruido durante la Segunda Guerra Mundial. Reproducciones de esas imágenes pueden verse hoy en el patio enjardinado del Landesmuseum de Maguncia y constituyen la invitación más idónea para entrar a la exposición y apreciar la obra de este excelente y hedonista pintor.

Páginas de

www.landesmuseum-mainz.de

www.landesmuseum-mainz.de

colaboradores  Idilio de la danza y del impresionismo alemán
Dance of Death. Artist: Max Slevogt Completion Date: 1896. Gallery: Museum Georg Schäfer, Schweinfurt, Bavaria, Germany

 

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Anna Pawlowa. Artist: Max Slevogt

 

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The dancer Marietta di Rigardo. Artist: Max Slevogt

 

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