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Las bailarinas no hablan, de Florencia Werchowsky



30 septiembre, 2017
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“El mundo del ballet es mucho más interesante que el retratado por las películas”

La ex bailarina y escritora Florencia Werchowsky estuvo en Rosario para el 2º Congreso de Danza.

Por Paulina Schmidt para La Capital

Siempre son bastantes parecidas las historias que se conocen sobre la vida de una bailarina o estudiante de danza, son relatos de autosuperación y éxito, pero pasan muchas más cosas en el mundo de la danza que son interesantes y no se cuentan”, reflexionó Florencia Werchowsky, ex bailarina clásica y autora del libro Las bailarinas no hablan. Durante el 2º Congreso de Danza, organizado por el Instituto Superior Provincial de Danzas “Isabel Taboga” de Rosario, y en el que participaron reconocidos profesionales del ámbito artístico y pedagógico, la escritora relata sus vivencias entre la danza y la literatura, dos pasiones que logró vincular en una novela que narra el ballet.

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“La danza en acción: sentidos, debates y transformaciones” fue el eje de este encuentro que finalizó el jueves y contó con el apoyo del Ministerio de Innovación y Cultura de la provincia de Santa Fe, la Secretaría de Cultura y Educación de la Municipalidad de Rosario y Plataforma Lavardén. Entre los panelistas invitados, las estudiantes de danza escucharon a Werchowsky. La autora ofreció su mirada en una profesión que primero experimentó como bailarina y ahora vuelca en la escritura, profundizó en temas referidos a la danza y explicó cómo supo volcar algunas de sus vivencias y percepción en el mundo de la danza, un escenario poco explorado, auténtico y apasionante.

“Mi intención era mostrar que el mundo de la bailarina es mucho más interesante y enriquecedor que el retratado por películas como El cisne negro, destaca la autora en referencia a su libro Las bailarinas no hablan. Werchowsky se formó como bailarina clásica en el Instituto Superior de Arte del Teatro Colón, y compartió escenario con Julio Bocca, Maximiliano Guerra y Eleonora Cassano entre otros. “Comencé a tomar mis primeras clases de danza a los 8 años, y a los 11 ya nos habíamos mudado a Buenos Aires junto a mi madre”, dice la escritora que construye una historia de autoficción. La novela transcurre en los años 90 y trata de una niña que también se llama Florencia y logra ingresar como ella al elenco estable del ballet más prestigioso de la Argentina. Sin embargo, a diferencia de la protagonista de su novela que continúa bailando, Werchowsky decide alejarse del ballet a los 17 años y emprender otra carrera. Primero se forma y ejerce como periodista, y de su interés por la escritura nace su pasión por la literatura. Su primer libro El telo de papá es una novela que relata la historia de un motel en un pueblo de la Patagonia, cuyos dueños eran sus padres. “El punto de partida de ambas ficciones ha sido un hecho real, y autobiográfico”, detalla la autora de la ciudad de Allen, provincia de Río Negro.

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Florencia Werchowsky

—¿Cómo surge la idea de escribir “Las bailarinas no hablan?

— Siempre es bastante parecido y homogéneo lo que se relata y conoce sobre la vida de una bailarina o estudiante de danza, una vez por año se publica alguna nota sobre los estudiantes del Colón, cambian las caras pero se refleja lo mismo: las dificultades de quienes llegan a estudiar danza desde el interior a la Capital, con una perspectiva de superación. Esto está bien pero es injusto e insuficiente porque pasan muchas más cosas interesantes ahí adentro que en general casi ni se cuentan. Al principio no tuve la intención de hacer una autoficción, ya que el género era poco conocido para mí, pero fue la manera que encontré de escribir algunas vivencias personales, y el punto de partida de ambas historias ha sido un hecho real, y autobiográfico.

—El mundo de la danza es un ámbito poco explorado, ¿qué tan lejos está la realidad que vive la bailarina del imaginario colectivo?

—La historia de la bailarina que todos conocemos es aquella de autosuperación, siempre conocemos los casos exitosos, todos sabemos quién es Paloma Herrera pero nadie sabe cómo se llama la chica de la última fila del Lago de los Cines. Conocemos aquella bailarina que contra todo pronóstico logra llegar al lugar que se propuso, y esa es una pero hay miles de otras que hicieron el mismo recorrido pero no llegaron al mismo lugar, y también son bailarinas, con un mérito muy grande, ser bailarina de fila es más sacrificado que ser primera bailarina, y todo su esfuerzo no está reconocido socialmente. Por eso la narradora de “Las bailarinas no hablan” es una bailarina de fila mordaz y que sí tiene cosas para decir. Otra historia que reflejan las películas son las mentes perturbadas como El cisne negro. Dos formatos de historias alejados de la realidad e injustas por eso en el libro la propuesta fue contarlo todo, cuando empecé escribir quise contar también las historias que suceden alrededor de la protagonista o narradora. Entrevisté a mis amigas bailarinas, porque necesitaba actualizar el vocabulario, muchas cosas cambiaron, la tecnología, la forma de entrenamiento, las líneas físicas y estéticas, pero construí otra parte del relato a través de la ficción. El mundo del ballet es difícil de entender para quienes no bailan, tiene un lenguaje propio.

—¿La autosuperación y la exigencia de esta carrera a la que te referís es similar a la de cualquier otra disciplina?

—Todas tienen esa cuota de sacrificio, y que en el ballet además es físicamente muy sacrificado. Más allá del contexto de familias que se mudan a la Capital o del esfuerzo económico que significa, la parte física es las 24 horas, y requiere todo el tiempo correrse de los límites del cuerpo. La danza es una disciplina injusta con el cuerpo que está pensada en función de una línea y una estética, y para lograrla se quiebran muchas reglas.

—Es tan así como titulas tu libro, que las bailarinas no hablan, ¿es un reflejo de lo que sucede, una crítica o una condición inevitable?

—La bailarina clásica está formada para ser el instrumento expresivo de otra persona, se forma y aprende a callar, a ser sumisa y estar disponible para la interpretación de coreografías bajo la dirección de otros. En el escenario vemos su cuerpo pero la propuesta artística siempre es de otra persona, y en eso no tienen voz. Tampoco en el entrenamiento, en las clases no se habla, y aquella que lo hace es una bailarina rebelde, esa es la idea soviética que tenemos de la formación. Tampoco hablan porque no se las estimula, no son seres angelados como se piensa sino reales que le pasan cosas ordinarias, los bailarines del Colón que retrato son empleados públicos, que reclaman por sus derechos laborales, no seres etéreos que llegan, bailan, los aplauden y se van. Las bailarinas hablan en el contexto que pueden, y cuando las dejan pero deberían tener el micrófono abierto.

—Siempre citas a las bailarinas, ¿a los hombres que bailan les pasa lo mismo?

—Cuando me refiero a las bailarinas pienso en los varones también, no hay diferencia, es bastante homogéneo.

—¿Qué cosas te cautivaron más de la danza mientras bailabas?

—Es un mundo fantástico, me gustaba mucho la música y tenía una conexión muy poderosa que me conmovía cada vez que la escuchaba y sentía un impulso irrefrenable en los movimientos que a veces pensaba que no podía expresar porque en el ballet hay reglas que seguir. De chica no paraba de moverme, siempre estaba en casa bailando, haciendo coreografías, y así fue que comencé a estudiar danza y funcionó, porque conecté toda esa energía que tenía disponible en una actividad, que me permitió también crecer y conocer gente, en esos tiempos era todo nuevo y emocionante.

—¿Cómo nace tu interés por la literatura, y tu decisión de dejar la danza?

—Siempre me gustó mucho leer pero estaba mal visto hacerlo en los momentos libres que tenía entre ensayos y clases, porque tenía que estar descansando o ejercitando los empeines, entonces leía con culpa. Tenía la sensación de que me estaba perdiendo algo, que mientras más tiempo pasara más difícil iba a ser para mí retomar eso que estaba dejando. Sentí que tenía que animarme, porque dejar de ser bailarina implicaba un cambio de paradigma muy fuerte.

—Desde tu percepción como escritora y en tu experiencia personal, existen otras formas de enseñar y sostener a una bailarina en el escenario.

—Está cambiando mucho la forma de vivirlo individualmente, cambia la forma en que los chicos aprenden y cambia la forma en que se trabaja profesionalmente la danza. Las nuevas tecnologías que convierten al aprendizaje en un proceso completamente diferente, no es tan vertical, entonces los profesores ya no son esa autoridad absoluta, y eso hace que la experiencia se viva diferente.

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Una niña deja su pueblo natal para ingresar a la escuela de ballet del Teatro Colón de Buenos Aires. Florencia Werchowsky narra con maestría la exigencia y el sacrificio que viven las bailarinas niñas.

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