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Nietzsche y la danza. I parte



19 febrero, 2008
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Nietzsche y la expresión vital de la danza. Otra forma de lenguaje.

Por Luis Enrique de Santiago Guervós
Facultad de Filosofía. Universidad de Málaga

Parte I
Desde sus primeros escritos Nietzsche se sirvió de la manifestación artística de la danza como un recurso estético para describir, en un primer momento, el espíritu dionisíaco, y posteriormente las connotaciones del espíritu de la ligereza que se perfilaban de una manera paradigmática en la música del sur. En realidad, esa insistencia en utilizar el simbolismo de la danza en sus escritos, es otra manera de glorificar y reivindicar el valor del cuerpo. Además, resultaría difícil entender las figuras de Dioniso, el coro, el sátiro, el espíritu libre o Zaratustra sin hacer referencia a su modo de expresión más peculiar: la danza.  También podemos observar cómo en su última época Nietzsche ya no busca un arte que no sea expresión de la vida, ni palabras que no canten, ni música que no sirva para bailar, pues sólo el espíritu bailarín y ligero puede abrir el camino que conduce al superhombre. Por eso, sólo  “un arte bailarín”,  con su levedad y ligereza, puede elevar al hombre hacia lo más alto. Y Nietzsche cree que ese arte, del que lo espera todo, es necesario, fundamentalmente, para poder disfrutar de la “libertad sobre las cosas”, puesto que el arte que se propone como alternativa es un “arte ligero”, ascendente, que se ha liberado de las determinaciones asfixiantes del espíritu de la pesadez, que impide al hombre ser libre. Frente a la moral y sus rígidos preceptos, no sólo hay que estar por encima de ellos, sino danzar, “jugar y valorar” por encima de la propia moral.

No sería muy arriesgado afirmar que Nietzsche parece que  utiliza la danza como criterio estético para evaluar las formas culturales y artísticas auténticas. Wagner, por ejemplo, es un músico que no sabe danzar, solo sabe “nadar”; los alemanes, los moralistas tampoco danzan, porque han sido picados por la tarántula, han quedado paralizados al inocularles el veneno de la igualdad, de la venganza. Todos ellos están poseídos por el “espíritu de la pesadez” que les arrastra hasta lo profundo y les impide elevarse y trascender por encima de sí mismo, porque están sometidos al imperativo del “tu debes” y al abismo vertiginoso del nihilismo. “Mi Alfa y mi Omega es que todo lo que es pesado y grave llegue a ser ligero; todo lo que es cuerpo, bailarín; todo lo que es espíritu, pájaro”.  Lo grave y lo pesado ha de ser superado por la ligereza de la danza, por eso a la hora de establecer criterios de valor Nietzsche señala que “nuestra primera cuestión sobre el valor de un libro, de un ser humano o de una composición musical es: ¿pueden ellos andar? Incluso más ¿pueden ellos bailar?”.

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Y es que para Nietzsche el bailarín es el que sabe escuchar a su cuerpo, el que sabe ser a la vez de la tierra y del cielo, el que conoce la embriaguez y el éxtasis, el que sabe convertirse en un intempestivo, el que transfigura su fuerza y poder en gracia.  O si no, ¿quién es aquel que expresa mejor la alegría y la “gran salud”, quién es el que mejor sabe reír y el que festeja mejor la vida, sino el bailarín? Lejos de ser un arte poco riguroso y evanescente, la danza necesita de las leyes más elementales de la física, de la fisiología y de la anatomía del cuerpo humano. Como disciplina es de lo más exigente y rigurosa, puesto que se danza siempre “encadenado”, pero al mismo tiempo representa de un modo más excelente que otras artes el libre juego de sus elementos, acompasado con esfuerzos de los que no es posible evadirse. Esa serie de movimientos y gestos, cada uno de los cuales no puede ser aislado, forman juntos una expresión continua, mucho mayor que la suma de sus partes. En la danza los símbolos no solamente se representan, como sucede en el arte plástico, espacialmente, armónicamente, sino que lo espacial y lo temporal (ritmo) se integran.

Ahora bien, se pueden distinguir en Nietzsche una serie de niveles en torno a los cuales articula el sentido estético de la danza y su valor transformativo. En un primer nivel, y siguiendo las pautas de su primera estética, la danza forma, junto con la música y el poema, la tríada fundamental de expresión de la estética dionsíaca; en el fondo es el cuerpo el que se eleva con la danza a un lugar privilegiado. Un segundo nivel, tiene un perfil más alegórico y metafórico, al poner la danza en relación con el pensamiento y el lenguaje. Y por último podemos señalar un tercer nivel en el que la danza constituye el modo de expresión por excelencia de Zaratustra y esa forma artística remite a su doctrina fundamental.

1. Música y danza: expresión estética de la alegría dionisíaca.

En el marco de la estética de la música Nietzsche trató de establecer en todo momento un equilibrio entre el canto, el poema y la danza: la santa trinidad, el “simbolismo total”, algo que encontraba su ejemplaridad en la tragedia griega. En primer lugar la música, y luego las palabras, y expresándolo todo en la danza, en la danza de la vida, el gran sí: “Cantando y bailando manifiéstase el ser humano como miembro de una comunidad superior: ha desaprendido a andar y hablar y está en camino de echar a volar por los aires bailando. Por sus gestos habla la transformación mágica […] él se siente dios, él mismo camina ahora tan estático y erguido como en sueños veía caminar a los dioses. El ser humano no es ya un artista, se ha convertido en una obra de arte”. Así habían comprendido los griegos la transformación que imprimía el espíritu dionisíaco bajo las tres artes indisociables: la danza, la música y la poesía. Tanto en el poeta como en el bailarín, o en el comediante, la expresión artística conduce a menudo a una “alienación de su propia persona”. Liberado de las tensiones de lo real, el artista recrea la “bella imagen del hombre”, como otras veces los griegos recreaban las imágenes de los dioses. El bailarín, por la fuerza de sus gestos y sus movimientos, hace presente el mundo que está más allá de los fenómenos. La bella apariencia de sus gestos desvelan lo profundo. Y en lo profundo el dios Dioniso se mueve como un dios danzarín, un artista que manifiesta su fuerza y poder creativo, que es el de transgredir, transcender y transformar. Este dios de pies ligeros, de ojos risueños y bailarín, expresa su mensaje por la danza, pues no hay otro lenguaje que pueda expresar mejor la conciencia dionisíaca. La danza es su lenguaje y en ella se unen el tono, la música, el ritmo y la armonía. Y como dios de las transformaciones, cuya suprema metamorfosis es la muerte y la resurrección, fundamenta la estética dionisíaca. Nietzsche quiere ejemplificar de esta forma la transvaloración de los valores y la superación del hombre, que se trasciende a sí mismo mediante los impulsos vitales que lo elevan hacia alturas imprevisibles

Es un hecho, que el hombre a lo largo de su historia ha danzado siempre para celebrar sus cambios y transformaciones. La danza estuvo asociada primero a ritos sagrados; era un medio de comunicación entre el hombre y sus dioses, una forma de veneración destinada a invocar la manifestación de poderes sobrenaturales, pero también estuvo vinculada con los ritos de fertilidad en los que se exaltaba la exuberancia de la vida. Una vez desacralizada, se convirtió en medio de expresión del espíritu del pueblo.  Todavía los grandes acontecimientos de la vida diaria se celebran con el baile, como manifestación de la alegría y de la vida. Nietzsche fijó su mirada en la cultura griega y, sobre todo, en el origen de su obra de rte por antonomasia: la tragedia. En ella querían ver expresada la fuerza de la naturaleza, y la ven bajo la transformación del sátiro. El entusiasta dionisíaco se transforma en sátiro, y es como sátiro como ve a su dios, es decir, en su transformación se ve en una visión fuera de si. Para ello, el sátiro martillea la tierra con los pies, y así alcanza el cielo, es decir, celebrando su pertenencia a la naturaleza alcanza la esencia de la vida. Este era para Nietzsche el hombre dionisíaco, que transportado a otro mundo por su danza se transforma y transciende por encima de sí mismo. Pero estar fuera de sí no significa dejar este mundo, o perder el sentido de la tierra, sino al contrario, unirse a él en su esencia. El bailarín metamorfoseado adquiere todos los poderes. Al perder su identidad se une a la naturaleza, al Uno primordial y entra en otro mundo donde las contradicciones de la existencia se resuelven. Ahora sólo celebra la vida, danza en honor a Dioniso y es el  mediador de un dios. Ha transformado la pesadez en ligereza, la embriaguez en éxtasis, se ha convertido en la misma imagen de Dioniso. Recordemos aquel pasaje tétrico de La visión y el enigma, cuando el pastor mordió y escupió la cabeza de la serpiente que se había deslizado en  su garganta, y pudo por fin “reír” y hablar; se  puso de pie de un salto y “comenzó a danzar” como la máxima expresión de la afirmación de la vida.

Los griegos sabían que la música debe hablar al cuerpo, que le responde danzando, dando alas a los pensamientos y al espíritu, como da alas al bailarín y lo entrena en sus movimientos. Es a la vez, por lo tanto, estimulante y liberación, hace al filósofo fecundo, como convierte al bailarín en inspirado.  Nacida del pathos, debe abrazar las pasiones, viva o lenta. En una palabra,  la música, como la danza, debe ser la expresión de la vida, de la fidelidad a la tierra tan querida de Zaratustra, porque es el “retorno a la naturaleza, a la santidad, a la alegría, a lo juvenil, a la verdadera virtud”.  Así pues, la danza utiliza todo el cuerpo como vehículo de expresión y devuelve al concepto de música su dimensión corporal, su ámbito más originario. Esa especie lenguaje metasemántico comprende toda la “simbología del cuerpo”, la “mímica total de la danza que mueve rítmicamente todos los miembros”, hace que todas las fuerzas simbólicas se desencadenen”. “Ahora la esencia de la naturaleza debe expresarse simbólicamente; es necesario un nuevo mundo de símbolos, por lo pronto el simbolismo corporal entero, no sólo el simbolismo de la boca, del rostro, de la palabra, sino el gesto pleno del baile, que mueve rítmicamente todos los miembros”. Por eso, el  griego no ve en la danza un simple  gesto, sino la forma más expresiva de decir “sí” a la vida  ¿Acaso se puede comprender mejor la vida, sino danzando?

Esta vinculación de la danza y el baile con la vida está muy presente desde el principio en Nietzsche, ya que  no son  más que otra forma de decir la vida. Mediante la danza es la vida la que penetra en el cuerpo, provocando un estado de exaltación en el que el sujeto ya no es más artista, sino ”una obra de arte”; por eso la mejor manera de comprender y experimentar la vida es danzando, escuchando los modos de decir del cuerpo. En la tragedia ática, “el coro ditirámbico -dice Nietzsche- es un coro de transformados, en lo que han quedado olvidados del todo su pasado civil, su posición social[…] Lo que está ante nosotros es una comunidad de actores inconscientes, que se ven unos a otros como transformados”. Así pues, danzar y bailar lleva consigo un transfigurarse, entrar en otro cuerpo sin cambiar de piel, es descubrir en sí otro yo, un yo que no obedece ya a la razón sino a la vida solamente, un yo que se confunde con los árboles de la montaña o con las estrellas del cielo. Bailar es devenir movimiento y participar en el baile cósmico de los astros que se mueven en el universo, y por ello es acción, acto sagrado, por el que el hombre traspasa lo real. La danza a diferencia de la música, que puede arrebatar al que la escucha y transportarle a un mundo ideal, arrebata a aquel que la ejecuta, y es el éxtasis supremo, puesto que en ella participa todo el cuerpo y no solamente nuestros sentidos. Aquel que no danza, que no siente los ritmos acompasados de su cuerpo, no se siente vivo. Esto explica por qué para Nietzsche todo  arte debe nacer del amor a la vida, de la alegría, de la “sobreabundancia”, no debe nacer del “hambre”, ni del deseo de venganza. Todo lo que asciende hacia lo alto, como el bailarín, es para encontrar la alegría. Pero la alegría, fundamentalmente, es la alegría de vivir, y bailar es vivir su alegría. La canción del baile de Zaratustra es, por eso mismo, un nuevo himno a la vida, un canto contra el espíritu de la pesadez que es el “señor del mundo”. Como una serpiente, la vida corre entre los dedos y es preciso la agilidad de un bailarín para seguirla sobre sus caminos tortuosos.  El pie aprende antes que el espíritu. Así pues, la danza repite la óptica dionisíaca de la vida, que destruye sus creaciones en el juego incesante de las metamorfosis. Dioniso es el dios que sube y baja, el dios errante. “Ahora soy ligero,-dice Zaratustra-  ahora vuelo, ahora me veo a mí mismo por debajo de mí, ahora un dios baila por medio de mí”, pues en lo “dionisíaco” se expresa “una superación de la persona, de lo cotidiano, de la sociedad, de la realidad, como un abismo del olvido, algo que se infla dolorosamente, pasionalmente[…], un sí extasiado[…],una gran simpatía panteísta en la alegría y en el dolor”.

2. Cómo aprender a trascenderse danzando.

Se ha llegado a considerar el Así habló Zaratustra como “una revolución en el arte de la comunicación humana”. Y entre esos elementos nuevos de comunicación que introduce, la danza ocupa un lugar preferente. Podemos decir que el tema de la danza alcanza su punto más álgido, cuando Nietzsche trata de revelarnos el mensaje de Zaratustra.  Éste, ante todo, enseña la glorificación del cuerpo y de la apariencia, como síntoma de la preeminencia de una filosofía del arte sobre el pensador metafísico. Su lema es que todo cuerpo sea danzarín y que todo espíritu se convierta en “pájaro”.   El cuerpo tiene su lenguaje, nos habla, y en cuanto tal, el hombre debe estar “atento” a lo que le dice e insinúa. ¿Pero qué es lo que habla el cuerpo? Lo que habla el cuerpo es el “sentido de la tierra”. El bailarín no tiene el oído en las orejas. Sus músculos oyen el sentir del mundo mediante melodías que hacen contraer y distender sus articulaciones mediante gestos. Todo su cuerpo está atento al desplegarse del melos para articularlo en ritmos que hablan otro lenguaje. “Mis talones se irguieron, – dice Zaratustra – los dedos de mis pies escuchaban para comprenderte. Lleva, en efecto, quien baila sus oídos – ¡en los dedos de sus pies!”.

Mediante la danza la gran razón que es el cuerpo “hace” el yo, no es por lo tanto el yo el que constituye la realidad. Detrás del pensamiento, de las palabras y de los sentimientos está la sabiduría del cuerpo, el “sí-mismo” (Selbst), que es la fuerza incesante que obedece a una razón oculta. Pero lo que realmente quiere el cuerpo es “crear por encima de sí “ y lo hace danzando, y el que no es capaz de esto se enoja y se rebela contra la vida y el sentido de la tierra. El arte de la danza nos enseña también a suspender la “pequeña razón” del ego en orden a seguir los movimientos del cuerpo, la “gran razón” del yo que conduce, finalmente, a una relación intuitiva y mística con el mundo de la voluntad de poder. En otras palabras, moverse al ritmo de danza conduce a la más alta posibilidad de moverse en armonía con la voluntad de poder, que se comprende como la energía rítmica que subyace a todo movimiento y el eterno retorno es también figurado en la imagen de la danza. Zaratustra lo expresa claramente: “sólo en el baile sé yo decir el símbolo de las cosas supremas”, “sin la danza – añade -, no hay para mí ni alivio ni felicidad”.

Una de la connotaciones más sugerentes que encuentra Nietzsche en la simbología de la danza es la posibilidad del hombre de trascenderse o de superarse.  La profundidad de Zaratustra está en “arrojarse” a las alturas del cielo, porque el  bailarín quiere estar “sobre cada cosa como su cielo propio, como su techo redondo, su campana azul”, quiere estar allí donde bailan los “azares divinos”, en el “cielo Azar”, allí donde ya no hay ninguna servidumbre a la finalidad. Él enseña a ver la sabiduría que hay en las cosas, esa pequeña sabiduría y seguridad que no es otra que la de “bailar sobre los pies del azar”, subir por encima de las propias cabezas y por encima del corazón, porque es necesario apartar la mirada de sí a fin de ver otras cosas. Él mismo, en un acto de osadía supremo, quiso ver “el fondo y el trasfondo de todas las cosas”, y por ello tuvo que subir por encima de sí mismo:  “¡arriba, cada vez más alto, hasta que incluso tus estrellas las veas por debajo de ti!”. Y es que en lo alto, donde nada es ya pesado, donde los pensamientos son puros, allí todo devenir no es más que danza. Ese trascenderse o superarse a sí mismo que Nietzsche explica por esa metáfora de la danza tampoco olvida la realidad de lo profundo. Contemplar el horror de lo profundo, la dureza de la existencia, para luego tender sobre ella la ilusión que crea el arte, es como “bailar encadenado”, es decir “hacerse pesado y luego extender por encima la ilusión de la ligereza – esa es la obra de arte que nos quieren mostrar”.

La danza para Zaratustra, como expresión artística, simboliza también la mediación entre dos esferas que se contraponen. Después de haber dejado el país de los sabios, afirmaba: “no es más que danzando como yo se leer los símbolos de las cosas más altas”, pues la danza actúa como mediación entre lo visible y lo invisible, es la que reconcilia las fuerzas animales y las fuerzas espirituales. Lo propio de la danza es el equilibrio entre la tierra y el cielo, lo profundo y la altura, siempre amenazado y siempre reconquistado, y también lo propio de la vida. “Caminar sobre toda cuerda, bailar sobre toda posibilidad: tener su genio en los pies”. Así pues, la danza reconcilia el cielo y la tierra, reconcilia todos los mundos: el bailarín, ligero como el viento, es libre, está más allá del bien y del mal, más allá de la verdad y la mentira, revolotea por encima de todas las cosas.

Esa imagen del bailarín que se eleva sobre la tierra, también reconcilia al filosofo y al poeta, al sabio y al artista, simbolizando simplemente lo viviente, pues no hay que olvidar que para Nietzsche el que danza reconoce la realidad con la “punta de su pie”,  al mismo tiempo que dialoga con la tierra que le soporta y con el cielo que le atrae, expresando con su cuerpo y sus movimientos todo un homenaje a la vida. Y es que ¿acaso podría ser  Zaratustra otra cosa que un danzarín? Y eso es lo que quiere Zaratustra, enseñar a los “hombres superiores” a trascenderse, a que “se sirvan de sus piernas” para que puedan danzar, y que así la tierra les sea más ligera. Hasta que el hombre no sepa danzar y reír, no podrá superarse a sí mismo, ni podrá religarse con el cosmos, ni podrá volar, ni acontecerá el superhombre. Pero para volar, antes hay que aprender a bailar. Quien quiera aprender alguna vez a volar, tiene que aprender a “tenerse en pie y a caminar y a correr y a saltar y a trepar y a bailar por encima de todas las cosas”. Esta es la enseñanza de Zaratustra el bailarín, el ligero, el que ama los saltos y las piruetas, para todos aquellos hombres superiores que tienen todavía “pies y corazones pesados”.

Luis Enrique de Santiago Guervós
Facultad de Filosofía. Departamento de Filosofía. Campus de Teatinos
MÁLAGA, España.

“Nietzsche y la expresión vital de la danza. Otra forma de lenguaje” forma parte del libro Nietzsche y el arte (Luis Enrique de Santiago Guervós, “Arte y poder. Aproximación a la estética de Nietzsche”. Edt. Trotta, Madrid, 2004, 678 pp.)

Agradecemos especialmente al Sr. Luis Enrique de Santiago Guervós el envío del material.

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