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Uliana Lopatkina en Versalles

26 junio, 2012
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colaboradores  Uliana Lopatkina en Versalles

 

colaboradores  Uliana Lopatkina en VersallesUna mística del ballet baila a la sombra de Louis XIV

Los pasados 21 (en una ocasión diferente), 22 y 23 de junio, el Teatro Montansier (inaugurado en 1777 por Louis XVI y Marie-Antoinette) de Versalles acogió por la segunda vez a Uliana Lopatkina, en un espectáculo titulado “Leyendas del ballet ruso. Homenaje a Anna Pávlova, Galina Ulánova y Maya Plisétskaya”. La primera vez tuvo lugar en junio de 2010. La única variación del programa de 2010 respecto del de ahora es que “Chopiniana” (en evocación de Ulánova) se sustituyó por  “La melodía” de Assaf Messerer, asimismo interpretado en su tiempo por Ulánova.

Este homenaje a las tres grandes bailarinas rusas del siglo XX, se ha presentado también en Rusia. En el origen de su presentación en Versalles se halla Helena Perroud, ex- directora del Instituto Francés de San Petersburgo, donde trabó relación con Lopatkina.

Si el espectáculo se llama “leyendas del ballet ruso”, en referencia a Pávlova, Ulánova y Plisétskaya, habría que incluir bajo la denominación de “leyenda” también a la intérprete que las honra –y que se reclama justamente de su tradición-, porque ya Lopatkina es ella misma una leyenda.

El teatro Montansier, uno de los teatros a la italiana más antiguos de Francia, fue creado por la Montansier, actriz y directora, y diseñado por Heurtier, quien también hizo la Salle Favart en la Opéra Comique en París. Se encuentra muy cerca del castillo real de Versalles. Es (bastante) pequeño, pero hermoso. En esta bombonera, en un espacio tan cercano, íntimo, y cerrado, ver bailar a Lopatkina, que ha sido llamada la “última divina”, es una suerte de comunión…y a la sombra de Louis XIV. ¿Se puede pedir más?

El espéctaculo ha sido ágilmente concebido, con fragmentos de filmes y fotos de Pávlova, Ulánova y Plisétskaya, a los que se superponen textos (escritos, en la versión francesa, por Helena Perroud), los que, si bien didácticos en tanto destinados a un “gran público” que no tiene por qué conocer necesariamente quiénes fueron Pávlova, Ulánova y Plisétskaya, revelan un conocimiento profundo y sensible del arte del ballet, asi como una adecuada dimensión histórica anticomunista y antitotalitaria. Fueron leídos por el actor Jean-Daniel Laval.

En la parte destinada a la Pávlova, los fragmentos de filmes no eran del todo conocidos. En general, buena parte de las fotos de las tres figuras tutelares de la Lopatkina no eran tampoco de las más reproducidas habitualmente.

Ateniéndose asimismo a un orden cronológico, las partes danzadas comienzan con “Anna Pávlova y Cecchetti”, de John Neumeier, sobre música (extraida de “La bella durmiente”) de Chaikovsky. Neumeier se inspiró en la célebre fotografía que muestra a Pávlova trabajando con el maestro Enrico Cecchetti. Es una miniatura plena de encanto, no sin gracia a lo Edgar Degas, en la que el maestro con bastón, a la antigua, fue interpretado por Marat Shemiunov, bailarín del Teatro Mijailovsky de San Petersburgo, quien acompañó a la Lopatkina a lo largo de toda la noche. Alto, bello, elegante, fue un estupendo partenaire. Todos los “lifts” –o “portés”- parecían provenir de la estratosfera, especialmente en “La melodía”. Lopatkina en los aires, en brazos de Shemiunov, se funde en esa evanescencia de sus largos brazos, los más dulces que uno pueda ver en el ballet actual. Es ingrávida y alígera.

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Uliana Lopatkina y Marat Shemiunov en “Anna Pávlova y Cecchetti”, coreografía de John Neumeier ©Francette Levieux

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Uliana Lopatkina y Marat Shemiunov en “La Rose malade”, coreografía de Roland Petit ©Francette Levieux

“Anna Pávlova y Cecchetti” se estructura como una clase: barra, centro, luego baile de ambos (con piruetas de “Cecchetti”), para finalizar en adagio.

También en evocación de Pávlova, lo fue “Danza rusa” de Mijail Fokine sobre la homónima (en el tercer acto) de “El lago de los cisnes” de Chaikovsky. Era una de las piezas preferidas de Pávlova. Esta otra vertiente –tanto de la creadora de “La muerte del cisne” como de Lopatkina, quien es, además, una artista muy versátil-, contrastó con lo elegíaco del resto del programa. La vivacidad de Lopatkina, quien nunca deja de ser majestuosa, como proveniente de un otro mundo del cual sólo ella tiene las llaves, fue remarcable.

Para recordar a Ulánova, “La melodía” de Assaf Messerer, con música de Christoph Willibald Gluck, sorprendió a quienes no conocíamos esta acendrada coreografía del tío de Maya Plisétskaya. Junto a Marat Shemiunov, la Lopatkina aquí se transfiguró. Sí, el transparente velo blanco que siempre hace volar en esos brazos de ensueño contribuye a la atmósfera irreal. Pero sin la espiritualidad de Lopatkina, única hoy por hoy, sin el hipnotismo de sus gestos –o cómo parece detener el tiempo con apenas un épaulement o un acento de los pies o la flexión de la pierna-, sin el misterio de su aura, este pas de deux, lo mismo que ya lo fue con Ulánova, sería aun si bien construido un “algo más”. Los destellos mágicos son ínfimos en tanto inenarrables (¿por qué provoca esa emoción un lirismo tan refinado?), pero son constantes, de principio a fin.

En lo que refiere a Maya Plisétskaya, “La Rose malade” (creada para ella junto a Rudi Bryans en 1973 por Roland Petit, sobre el poema “The Sick Rose” de William Blake y el adagietto de la Quinta sinfonía de Gustav Mahler), fue acaso el instante culminante, en una noche en que todo fue un regalo de los dioses, guardianes del arte de la Lopatkina, y al amparo, como ya sugerí, de la sombra fundadora de Louis XIV, quien bailó –y propició- otro estilo, pero tal intrínseca realeza del arte del ballet, en su diálogo con la divinidad, se encuentra en la Lopatkina. Es una mística del ballet. Categoría a la que han pertenecido muy pocas.

Sin apartarse de lo esencial que remite a la Plisétskaya, la Lopatkina es más hierática y metafísica; también, más trágica, en el momento en que la rosa “muere”. Posee el temperamento de una gran trágica. La plástica de Plisétskaya, habida cuenta de sus características excepcionales (que no pueden compararse), se transmuta chez Lopatkina en algo que a ella, no sin cierta ósmosis (pese a esas diferencias inevitables) le pertenece.

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Uliana Lopatkina (c) Blog A petits Pas

Algo parecido sucedió en “La muerte del cisne”, referencia ineludible a las “tres”, es decir, Pávlova, Ulánova y Plisétskaya. ¡La Lopatkina nos otorgó dos!: tengo entendido que en la noche del 22 de junio no hizo “encore”, lo que sí efectuó el 23, el día en que asistí. La primera “Muerte…”, se situó más en la línea de Ulánova. La segunda, ostensiblemente diferente, “citó” más a Maya. Ambas sobrecogieron, pero preferiría la segunda: más mayestática y lejana, más vibrátil, con brazos aún más ondulantes, como desprovistos de huesos y sólo hechos de cartílagos, habitados éstos –como todo el cuerpo de la Lopatkina- por una gracia que habría descendido en directo desde el cielo.

Allá arriba, quizás a su vez habiten las grandes etéreas del pasado, comenzando por Taglioni…Desde ese coto del paraíso, que pudiera llamarse “ballet”, las inmortales todas (y no solamente Pávlova, Ulánova, sin contar a Plisétskaya, felizmente viva) habrán contemplado a la Lopatkina y mostraron aquiescencia con su baile. Porque es la última de ellas.
 

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Uliana Lopatkina (c) Blog A petits Pas

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Uliana Lopatkina en “Danza rusa”, coreografía de Michael Fokine ©Francette Levieux

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