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Ai Weiwei y sus taburetes


25 abril, 2014
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Juan Carlos Tellechea

Periodista y crítico.
Nacionalidad: Uruguayo.
Lugar de residencia: Berlín.

El señor Tellechea se formó en la Universidad de la República Oriental del Uruguay y en la Escuela Latinoamericana de Periodismo. Reside en Alemania desde 1980 (primero en Bonn, y desde 1999 en Berlín) donde colabora con numerosos medios de comunicación de Europa, Estados Unidos e Iberoamérica.

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La mayor exposición del artista chino Ai Weiwei (Pekín, 28 de agosto de 1957), tiene lugar (del 3 de abril al 7 de julio de 2014) en el centro de exposiciones Gropius Bau de Berlín y atrae a millares de visitantes todos los días. En 20 jornadas de exhibición más de 55.000 personas vieron la muestra, titulada “Evidence”, concebida especialmente para este recinto y que se extiende sobre una superficie de 3.000 metros cuadrados en 18 espacios.

“Es una de las exposiciones de mayor movimiento” en estos momentos, afirma satisfecho Gereon Sievernich, director de este centro de exhibiciones, dependiente de la organización estatal de los Festivales de Berlín. Nótese que el funcionario no se refiere a la calidad de los objetos artísticos expuestos, sino al éxito de público.

Una de las más interesantes muestras de Arte (con mayúscula) que en estos momentos se puede ver en la capital alemana (Alte Nationalgalerie, del 28 de marzo al 27 de julio de 2014) es la del escultor italiano Rembrandt Bugatti (Milán, 1884 – París, 1916), hermano menor del constructor de automóviles Ettore Bugatti, y uno de los más destacados artistas plásticos de comienzos del siglo XX. Pero, a esta exhibición nos referiremos en otra nota desde Berlín.

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Espera

Largas colas se forman desde temprano por la mañana ante el edificio del Gropius Bau para acceder al recinto, donde 6.000 vetustos taburetes de madera dispuestos abigarradamente en el atrio, aguardan, entre otras instalaciones y obras, la mirada atónita de los espectadores.

“Cada hora pueden entrar hasta 1.000 personas a la vez, según las órdenes que hemos recibido, pero muchas veces se supera largamente esta cifra”, afirma un guardia de seguridad muy malhumorado y con cara de pocos amigos que controla, contador en mano, el ingreso del público ante la puerta principal del Gropius Bau.

La gente aguarda pacientemente horas para ingresar, y más de uno bien quisiera apoyar sus asentaderas sobre alguno de los rústicos asientos de la exhibición, pero está prohibido tocarlos. Con estos simples taburetes redondos y de tres patas, Ai Weiwei, diseñador arquitectónico, comentarista y activista social, quiere simbolizar el trato despiadado que ejerce la actual China con su propio pasado.

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Emigración

Millones de ejemplares de estos viejos taburetes son abandonados anualmente por los campesinos que dejan sus aldeas para emigrar a las ciudades en busca de un mejor destino para sus familias. “En las urbes los campesinos se compran sillas de plástico”, afirma Ai Weiwei. “Los taburetes son objetos abandonados; muestran lo que tenemos y lo que hemos perdido”, explica en un mensaje por vídeo difundido a la prensa, ya que él mismo no pudo venir a Berlín.

Hacen su agosto

Las tiendas chinas venden trastos similares en Berlín a precios que oscilan entre 38 y 49 euros la unidad. Los comerciantes dicen que son genuinos y de hasta 80 años de antigüedad. ¡Cuentos chinos!!!, pensará más de alguno. De todas formas, pensándolo bien, puede resultar más barato contemplar 6.000 ejemplares juntos de estos artefactos al precio de 11 euros, lo que cuesta el ingreso a la exhibición de Ai, que comprarse uno de esos cachivaches por casi medio centenar de euros.

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Popularidad

Ningún artista chino es tan popular en occidente como Ai Weiwei. Durante días el artista afirmaba que estaba listo con su equipaje para volar a la capital alemana y que esperaba solamente que las autoridades chinas le entregaran su pasaporte. Al final no recibió el documento y solamente pudo hablar a la prensa a través de un mensaje vídeograbado.

Sin embargo, su ausencia es para él la pieza más interesante de la exhibición. “Es una obra de arte en si misma”, afirmaba Ai Weiwei en una entrevista previa a la apertura de la muestra. “Es reflejo de una condición humana”, acotaba, previendo ya que las autoridades de Pekín no lo dejarían salir del país.

Las piezas

La muestra del Gropius Bau se divide en tres grandes áreas. Por una parte, piezas que analizan la situación de China hoy. “Stools”, los taburetes apiñados en el atrio principal, forman parte de este grupo de obras. Los rústicos asientos datan de la época Imperial y de la República Popular. Fueron reunidos en aldeas del norte de China y sus medidas, colores, así como vetas de la madera son únicos. Todos juntos simbolizan la fuerza impulsora de la modernización de China. Un legado sin dueño en el camino de la urbanización y de la emigración del campo a la ciudad.

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El exterior

En segundo lugar, piezas que tratan de las relaciones de China con el exterior. En “Circle of Animals” se muestran reproducciones en bronce de bustos de animales del zodíaco chino. Jesuitas europeos crearon los originales para el palacio de verano de Pekín. En 1860 fueron saqueados por soldados franceses y británicos. Hasta hoy persiste la controversia sobre cuántas cabezas se conservan y a quién pertenecen. Las piezas plantean cuestionamientos sobre el concepto del expolio de obras de arte ante el trasfondo de los debates patrióticos.

En tercer y último término la exposición se ocupa del propio Ai Weiwei y de las represalias de que es objeto por parte de las autoridades chinas. Con mucho detalle muestra, por ejemplo, el material que le fuera confiscado en su oficina o el modelo en marmol de una cámara de vigilancia.

Ai Weiwei fue detenido el 3 de abril de 2011 y durante 81 días mantenido en cautiverio en lugar desconocido. Más tarde fue acusado de evasión de impuestos. Hasta hoy permanece detenido bajo arresto domiciliario y no puede exponer en China ni salir del país.

La exhibición de Berlín fue abierta exactamente el 3 de abril de 2014, tres años después de su detención y se trata de una recolección de pruebas del propio Ai Weiwei. Pieza a pieza expone su visión de las cosas. Su vida como una obra de arte. La genial idea puede interpretarse como una referencia de si mismo o como parte de la tradición del Pop Art.

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Repercusión mediática

La exposición es respaldada por una docena de medios de comunicación que parecen haberse olvidado de algo tan trivial como que Ai Weiwei no es el único artista de China y ni siquiera el más conocido en ese inmenso país. También hay críticos que sostienen que Ai Weiwei forma parte de las luchas de poder entre China y occidente.

En una entrevista con la revista alemana de arte “Monopol” el renombrado conservador y crítico chino Hou Hanru, quien reside en Estados Unidos y Francia, afirmaba ya en 2011 que Ai no es interesante para él como artista.

“Me parece cuestionable que él tome una cámara y fotografíe cómo es golpeado por la policía y que esa imagen sea la obra principal de una exposición en occidente”, sostiene. “No se trata solo de crear una imagen y satisfacer el voyeurismo político de occidente con un nuevo espectáculo”. Detrás debiera haber algo más consistente para que pudiera ser considerada como una obra de arte.

La polémica esta servida, pero al menos hay algo que no se le puede reprochar a Ai Weiwei: que no haga todo lo posible para provocar, escandalizar y polarizar a la opinión pública, utilizando hábilmente el mayor número de medios a su alcance.

Página de Internet: http://www.berlinerfestspiele.de

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