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El Greco en Toledo: tan cerca del cielo

24 abril, 2014
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Juan Carlos Tellechea

Periodista y crítico.
Nacionalidad: Uruguayo.
Lugar de residencia: Berlín.

El señor Tellechea se formó en la Universidad de la República Oriental del Uruguay y en la Escuela Latinoamericana de Periodismo. Reside en Alemania desde 1980 (primero en Bonn, y desde 1999 en Berlín) donde colabora con numerosos medios de comunicación de Europa, Estados Unidos e Iberoamérica.

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Desde las estrechas callejuelas del casco antiguo de Toledo, El Greco, en su ensoñación, logró ir al encuentro de la luz celestial que inunda sus cuadros y extasiarnos hasta hoy con los fulgurantes colores de sus imágenes. La histórica ciudad Imperial, la de las tres culturas realiza ¡por fin!!! la mayor exposición de que se tenga memoria sobre su célebre hijo adoptivo.

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“El Griego de Toledo – pintor de lo visible e invisible”, se titula la impresionante exhibición que reúne 76 obras en el Museo de Santa Cruz (su sede principal), la sacristía de la Catedral, la Iglesia de Santo Tomé, la Capilla de San José, el Convento de Santo Domingo el Antiguo y el Hospital Tavera, así como en el Hospital- Santuario de Nuestra Señora de la Caridad, en Illescas (provincia de Toledo).

Cierto es que la obra de Doménikos Theotokópoulos (Candía, actual Heraclión, Creta, 1541 – Toledo, 1614) está muy presente en estas tierras. Pero El Greco, uno de los artistas más grandes de la civilización occidental, merecía desde hace mucho tiempo el tributo de una muestra extraordinaria como la presente, con enorme repercusión internacional.

“No es de extrañar que el Greco fascinara con sus cuadros y sus juicios al propio (Diego Rodríguez de Silva y) Velázquez” (1599 – 1660)”, afirma el comisario de la muestra, Fernando Marías, de la Universidad Autónoma de Madrid y de la Real Academia de la Historia, en el catálogo oficial de la exposición.

Profeta

Hace casi dos años, en julio de 2012, visitábamos en Düsseldorf, al igual que otras más de 100.000 personas, una exposición única de este “profeta del modernismo” (ver nota), junto con obras de Pablo Picasso, Paul Cézanne, Vincent van Gogh y Robert Delaunay, entre otros artistas también deslumbrados por los trabajos de El Griego.

Pero la amplia exhibición de Toledo supera todo lo apreciado e imaginado hasta ahora. El Greco nos asombra todavía por su capacidad de hacer creíble lo increíble.

El cretense se formó primero en su tierra natal, como pintor de íconos posbizantinos, luego en Venecia (1567), donde trabajaban Tiziano, Tintoretto, Paolo Veronese y Jacopo Bassano, y más tarde en Roma (1570), donde la influencia de Michelangelo y de Raffael seguía siendo enorme, pese a haber fallecido años antes. El legado de estos grandes maestros dominaba allí el escenario artístico.

Roma

Los pintores romanos de la década de 1550 habían establecido un estilo denominado manierismo pleno o maniera, basado en las obras de Raffael (da Urbino) y de Michelangelo (Buonarroti), que exageraba y complicaba las figuras hasta convertirlas en artificiales, en su búsqueda de un virtuosismo preciosista. Por otra parte, las reformas de la doctrina y de las prácticas católicas emprendidas en el Concilio de Trento comenzaban a condicionar el arte religioso.

El Griego no ocultaba su adhesión a las teorías manieristas de la época, y sus escritos, aunque fragmentarios, nos permiten comprender que su pintura no fue fruto de visiones espirituales o de reacciones emocionales, sino que trataba de crear un arte artificial y antinaturalista.

“La pintura […]”, afirmaba El Greco, “es moderadora de todo lo que se ve, y si yo pudiera expresar con palabras lo que es el ver del pintor, la vista parecería como una cosa extraña por lo mucho que concierne a muchas facultades. Pero la pintura, por ser tan universal, se hace especulativa”.

Michelangelo

La estética de El Greco estaba profundamente influida por el pensamiento artístico de Michelangelo, dominado por un aspecto capital: la primacía de la imaginación sobre la imitación en la creación artística. Pero también defendía la escuela veneciana de Tiziano que propugnaba la superioridad del color.

Su arte fue una síntesis entre Venecia y Roma, entre el color y el dibujo, entre el naturalismo y la abstracción. Consiguió un estilo propio que implantaba las técnicas venecianas en el estilo y el pensamiento manierista.

Así es como logra hacer virtualmente visible lo que ya no está delante de nuestros ojos, como si todavía estuviera allí, y sin que olvidemos que todo ello emanó de su mente y de su diestra mano; sus cuadros, sus tipos, sus gestos, sus firmas y sus pinceladas son producto de un pintor singular.

Toledo

El período italiano de Doménikos Theotokópoulos es considerado como un tiempo de estudio y preparación, pues su genialidad no surgió hasta sus primeras obras de Toledo en 1577, con 36 años. En 1576 había llegado a Madrid. Era la época en que se estaba concluyendo el Monasterio de El Escorial y Felipe II había invitado al mundo artístico de Italia para decorarlo.

A través del pintor miniaturista Giulio Clovio y de Fulvio Orsini, erudito y bibliotecario del cardenal Alessandro Farnese, en Roma, El Greco conoció a Benito Arias Montano, humanista español y delegado de Felipe II, al clérigo Pedro Chacón y a Luis de Castilla, hijo natural de Diego de Castilla, deán de la Catedral de Toledo.

La amistad del Greco con Castilla le aseguraría sus primeros encargos importantes en esa ciudad: el retablo mayor y dos laterales para la Iglesia de Santo Domingo el Antiguo. A estos retablos pertenecen “La Asunción de la Virgen (perteneciente hoy al Art Institute de Chicago) y “La Trinidad” (Museo del Prado).

Expolio

También le encargaron en 1577 “El expolio”, una de sus obras maestras, para la sacristía de la Catedral toledana. Inspirado en un texto de San Buenaventura, ilustra el momento inicial de la Pasión en el que Jesús es despojado de sus ropas. En la parte inferior pintó a la Virgen, a María Magdalena y a María Cleofás, aunque no consta en los Evangelios que estuvieran allí.

En la parte superior, por encima de la cabeza de Cristo, situó a gran parte del grupo que lo escoltaba, inspirándose en iconografías antiguas bizantinas. Representaba a Cristo no como Dios, sino como hombre y víctima inocente de las pasiones humanas, en una unidad tan perfecta que todo el interés lo absorbe su figura.

Pero la composición no satisfizo al cabildo de la Catedral que consideró ambos aspectos como “impropiedades que oscurecían la historia y desvalorizaban a Cristo”. Este fue el motivo del primer pleito que el pintor tuvo en España. El Greco reclamaba 900 ducados (precio estipulado por sus tasadores), pero terminó recibiendo 350 ducados, aunque sin cambiar las figuras que habían generado el conflicto.

El Greco y su taller pintaron varias versiones, con variantes, sobre este mismo asunto. El destacado catedrático y especialista estadounidense Harold Edwin Wethey (1902-1984) catalogó quince cuadros con este tema y otras cuatro copias de medio cuerpo. Sólo en cinco de estas obras vió el experto la mano del artista; a las otras 10 las consideró producciones del taller o copias posteriores de pequeño tamaño y poca calidad.

La Asunción

Basada en “La Asunción” de Tiziano (Iglesia de Santa María dei Frari, Venecia), en “La Asunción de la Virgen”, aparece el estilo personal de El Greco, pero con un planteamiento netamente italiano. También el estilo escultural de Michelangelo se puede apreciar en “La Trinidad”, de tinte renacentista italiano y marcado estilo manierista.

Las figuras son alargadas y dinámicas, dispuesta en zigzag. Sorprende el tratamiento anatómico y humano a figuras de carácter divino, como Cristo o los ángeles. Los colores son ácidos, incandescentes y mórbidos. En contraste con el juego de luces, éstos dan a la obra un aire místico y dramático. Surge así el giro hacia un estilo personal en su trabajo, diferenciándose de sus maestros, en el que utiliza colores menos convencionales, agrupamientos más heterodoxos de personajes y proporciones anatómicas únicas.

Estas obras le dieron gran prestigio y reputación. Diego de Castilla confiaba en él desde un principio. Lo mismo ocurría con los clérigos e intelectuales de la ciudad que reconocían su valía. Sin embargo, sus relaciones comerciales con sus clientes fueron desde un comienzo complicadas y continuaron siéndolo durante toda su vida.

Sin apoyo real

En realidad El Greco no planeaba establecerse en Toledo, quería obtener el favor del rey y hacer carrera en la corte. Consiguió dos importantes encargos de Felipe II: “Alegoría de la Liga Santa” (obra también conocida como la “Adoración del nombre de Jesús” o “Sueño de Felipe II”) y “El Martirio de San Mauricio y la legión tebana” (1578-1582), ambos cuadros se encuentran hoy todavía en el monasterio de El Escorial.

En “La Alegoría” combinó complejas iconografías políticas con motivos ortodoxos medievales. Pero ninguna de estas obras gustó al monarca y decidió permanecer en Toledo. Estableció allí un taller que producía retablos completos (pinturas, esculturas policromadas y arcos arquitectónicos de madera dorada). Está documentada además la presencia de su ayudante en el período romano, el pintor italiano Francisco Preboste, quien permaneció junto a él hasta su muerte.

En 1586 recibió el encargo de “El entierro del conde Orgaz”, su obra más conocida. El cuadro, realizado para la Iglesia de Santo Tomé, se encuentra todavía en ese lugar, y relata el sepelio del noble toledano en 1323 que según una leyenda local fue enterrado por San Esteban y San Agustín. En la parte inferior recreó el entierro con la pompa del siglo XVI; en la superior representó la gloria y la llegada del alma del conde al cielo, densamente poblado de ángeles y de santos.

El cuadro muestra ya su característica elongación longitudinal de las figuras, así como el miedo al vacío, aspectos que provenían del manierismo y se harían cada vez más acusados a medida que El Greco envejecía.

Pleito

También el pago de este cuadro ocasionó otro pleito, esta vez con el párroco de Santo Tomé. Al final El Griego recibió 1.200 ducados. Estos odiosos litigios fueron una constante en la vida profesional de Theotokópoulos, e incluso hasta más allá de su muerte.

“Los celos profesionales en la catedral no dejarían de producirse; los recelos ante su independencia respecto a los textos evangélicos —hoy cuestión tal vez baladí pero no entonces, en plena implantación de las doctrinas trentinas en la diócesis y la ciudad de Toledo—; sus exigencias de libertad artística y de compensaciones económicas desusadas por estos pagos propiciaron unas disensiones y unas pretensiones de correcciones, porparte de sus clientes, que, entremezcladas con un orgullo y un displicente secretismo, lo enfangaron en sus famosos pleitos; el primero el de la catedral, el último el de Illescas, alguno contra sus propios amigos como en el Hospital Tavera Pedro Salazar de Mendoza… hasta un total de nueve, y ningún otro artista de su época mantuvo carrera semejante”, apunta Fernando Marías.

Por otra parte, la fama del pintor atrajo a muchos clientes que solicitaban réplicas de sus obras más conocidas. Estas copias realizadas en grandes cantidades por su taller, hoy todavía crean confusión en su catálogo de obras auténticas.

Muerte

El 7 de abril de 1614 moría con 73 años El Greco en Toledo, y era inscrito como “Dominico Greco” en el libro de difuntos de la parroquia de Santo Tomé. Doménico Theotocópuli (su nombre castellanizado), recibió los sacramentos; no había hecho testamento, aunque había dado poder para hacerlo a su hijo Jorge Manuel el 31 de marzo; debía de llevar años enfermo.

Sólo dió velas para su entierro y fue sepultado, con su ataúd, en el convento de Santo Domingo el Antiguo, en una tumba cuyo uso le había facilitado su viejo amigo don Luis de Castilla y había contratado con las monjas cistercienses dos años antes. Dejó en la capilla hornacina por encima de la bóveda sepulcral un retablo, presidido por un gran lienzo dedicado entonces al “Nacimiento del Salvador” y ahora a “La adoración de los pastores” de Santo Domingo el Antiguo (Madrid, Museo del Prado), decorado con un marco que hoy todavía se conserva en la iglesia, señala Fernando Marías.

Disputa post mórtem

Unos días después, Jorge Manuel realizó un primer inventario de los pocos bienes de su padre, incluyendo las obras terminadas y en ejecución que se hallaban en el taller. Posteriormente, con motivo de su segundo matrimonio en 1621, el hijo de El Greco realizó un segundo inventario donde se incluyeron obras no registradas en el primero. El panteón debió ser trasladado antes de 1619 a San Torcuato, debido a una disputa con las monjas cistercienses de Santo Domingo, y fue destruido al demolerse la iglesia en el siglo XIX.

La vida de El Griego, llena de orgullo e independencia, siempre tendió al afianzamiento de su singular estilo, evitando las imitaciones. Poseía una maravillosa biblioteca en la que coleccionó volúmenes valiosos. Fue un “hombre de hábitos e ideas excéntricos, tremenda determinación, extraordinaria reticencia y extrema devoción”, según un contemporáneo suyo. Por ello y otros aspectos de su personalidad, fue una voz respetada y un hombre celebrado, convirtiéndose en un artista indiscutiblemente español y universal. Creta le dió la vida y los pinceles, pero Toledo fue una mejor patria, donde pasó la mayor parte de su existencia y logró eternidades con la muerte.

Página de Internet: http://www.elgreco2014.com

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