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Danza Ballet

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Bailarines Made in Argentina

22 julio, 2018
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Danza de exportación: una generación con el mundo a sus pie.

Hay un planisferio con división política, una caja de chinches y una lista que se sabe, indefectiblemente, incompleta: Bailarines argentinos en el mundo, se titula. Empezando por los países vecinos, en plena tarea de graficar la tendencia, se pinchan ocho marcadores bien juntitos para que quepan en la forma breve de Uruguay, uno por cada artista que ha cruzado a la vecina orilla para sumarse al Ballet Nacional del Sodre, y otras tantas se despliegan sobre la silueta de Chile, representando la inmigración en el Ballet Municipal de Santiago.

Por: Constanza Bertolini para La Nación  (22 de julio de 2018).

En México, se clavan banderitas celestes y blancas en nombre de Agustina Galizzi y Gerardo Wyss, que acaban de terminar una temporada muy alta en la compañía nacional. Y cruzando la frontera hacia el norte, donde los elencos de danza son un sustantivo incontable, los créditos se esparcen por Boston (Erica Cornejo), Chicago (Lucas Segovia) y San Francisco (Ana Sophia Scheller) hasta seguir la luz del gran faro y recalar en Nueva York, donde Herman Cornejo es figura principal del renombrado American Ballet Theatre (ABT). La dinámica es divertida, tiene algo de un viejo juego de mesa: el Buen Viaje. Entonces, si se tirara un dado imaginario para cruzar el Atlántico, sobre Londres habría que poner un pin con forma de corona en honor a Marianela Núñez, que se luce en el Royal Ballet, y una estrella en la capital francesa, donde brilla la ètoile de la Ópera de París Ludmila Pagliero. El mapa va quedando muy colorido, pero nadie irá a ninguna parte con esta idea: si tirásemos un puñado de chinches sobre Europa, donde sea que caigan habrá por lo menos un nombre que apuntar. Carolina Mancuso en Holanda, Daniel Proietto en Oslo, Lucio Vidal en Berlín, Constanza Perotta y Exequiel Barreras en Suiza; son una troupe en el Ballet de Hamburgo. ¿Por qué hay tantos buenos bailarines argentinos en el mundo?

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Herman Cornejo. El puntano es la gran figura latina de Manhattan. Entusiasmado con estar más cerca de su país, quiere alternar su carrera en el American Ballet con temporadas en el Ballet del Teatro Colón Fuente: LA NACION – Crédito: María Nuñez

O sería justo hacerse esta pregunta sin reconocer que todos ellos -como antes lo hicieron Julio Bocca , Maximiliano Guerra , Paloma Herrera , Iñaki Urlezaga o Luis Ortigoza- salieron de un país que tuvo una importante tradición desde comienzos del siglo pasado, cuando tras la llegada de los Ballets Rusos de Diaghilev y con la recomendación del genial Valsalv Nijinsky se pensó en crear una compañía para el flamante Teatro Colón, que durante su primera década completa y luego con intermitencias estuvo dirigido por. rusos. El caso es que con aquellas visitas algunos soviéticos se quedaron en el país, tras ellos emigraron otros, para actuar y enseñar, fueron y volvieron de Europa, se nacionalizaron argentinos, formaron a maestros de maestros de maestros de los bailarines de hoy. Los mismos grandes intérpretes y coreógrafos que ellos admiraban entonces estaban acá. “Siendo un bailarín clásico que consagró toda su vida a este hermoso arte, me asombro por el elevado nivel profesional de los bailarines argentinos. El estilo de su danza, su expresividad emocional eran tan cercanos a mi propio sentir que me parecía que habíamos tenido una misma escuela”, escribió Vladimir Vasiliev en el prólogo a la Historia General de la Danza en la Argentina (2008). Otra peculiaridad sorprendía a Vasiliev: las melodías del tango argentino como las baladas rusas estaban llenas de nostalgia, combustible infalible -a su juicio- del parecido entre ambas culturas.

“Pero no somos rusos ni franceses, no tenemos una identidad propia ni una escuela que nos caracterice. Cada uno de nosotros se tuvo que ir haciendo lugar y eso es lo que nos volvió realmente importantes; cada argentino con su nombre y con su estilo. No podés comparar a Ludmila con Marianela ni a Julio con Maxi. Somos únicos y nos tuvimos que inventar. Es cierto, tenemos un poco de los rusos, mucho de los cubanos, la técnica por un lado y el refinamiento por el otro, pero naturalmente no somos refinados ni franceses. No somos nada y de todo, lo mejor. Por eso, un argentino en el mundo siempre llama la atención por lo que individualmente es. Una marca interesante, ¿no?”. Paloma Herrera hace su análisis mientras se reclina levemente sobre su escritorio en la oficina de dirección del Ballet Estable del Teatro Colón . Ocupa ese lado del mostrador ahora, a los 42 años, tras una trayectoria de dos décadas doradas en el ABT que la llevó a conquistar el mundo, de la Gran Manzana a Japón. Ella piensa que parte del trabajo que está haciendo podría repercutir en “que los bailarines ya no se quieran ir, si tienen todo lo necesario para quedarse”. Su gestión, que está mostrando buenos frutos, promete también en este sentido: desde que asumió hace un año y medio, les dio oportunidades y visibilidad a jóvenes de un cuerpo de baile que, en este sentido, pueden cambiar la historia.

¿Por qué hubo fuga de talentos? ¿Hay una causa común en esta legión que hoy tiene entre 30 y 40 años y representa lo más alto de la danza internacional? Si soñaban en los 90 con ser bailarines del Colón, la crisis entonces ¿fue generacional?

“Para mí hubo dos factores. Primero, siempre estuvo en el aire que en el teatro no había lugar para los jóvenes: entrar no era una opción. Y descartada esa posibilidad, era muy natural que pensáramos que para consagrarse había que irse a una compañía importante en el exterior porque conocíamos la historia de éxito de Julio, Maxi, Paloma. Sin embargo, tomando mi propia experiencia en el ABT, podría decir que en esto también hay mareas: antes de que yo llegara a Nueva York estaba la ola rusa, con Baryshnikov; en el 2000 era el momento de los hispanos: de 80 bailarines, sumábamos veinticinco [contando entre ellos a Bocca, Herrera, Ángel Corella, Carlos Acosta, José Carreño]; hoy soy el único latino”, grafica Herman Cornejo, con 37 años, primera figura del dream team neoyorquino donde hasta hace poco formaba parte también Luciana París. Es en el comienzo de su carrera, de trascendencia internacional, donde el puntano encuentra la punta del ovillo del éxito. “Mi generación tuvo maestros muy buenos, que viajaron por el mundo y estuvieron abiertos al cambio, a mejorar la técnica clásica. Debo mi base a Wasil Tupin, que me impulsó a ser un kamikaze; durante más tiempo a Katy Gallo y a Raúl Candal; y ya en el Ballet Argentino de Julio Bocca, a la dirección de Lidia Segni”. Herman también recuerda, cada vez que baila La Sylphide, al profesor Miranda, que con un palo entre los brazos y el abdomen, para sostener los codos, les enseñaba en las clases del Instituto Superior de Arte del Colón a mantener una posición erguida, muy Bournonville. Y al de Folclore, de quien aprendió la noción de ritmo.

Algunos de esos nombres se repiten. Un año menor que Cornejo, Marianela Núñez despierta admiración y emociones en Inglaterra, con un público sin banderas que la sigue con fervor. No hay que tomarse ningún avión para comprobarlo; a los ojos de todos, la veneran en las redes sociales. Ella adhiere a la moción: “Hay maestros increíbles en la Argentina. Sara Rzeszotko, Katy Gallo, Raúl Candal y Graciela Sultanik me dieron esa base impresionante que aún hoy me ayuda”. Los 20 años de gloria que cumplió en el Royal Ballet de Londres fueron todo lo que ella siempre deseó: “Una carrera construida con mucho cuidado artístico, aprendizaje diario en el estudio y en el escenario, respeto y gran cantidad de oportunidades”. Esa fórmula hace que una de las mejores bailarinas clásicas del mundo siga creciendo notablemente temporada tras temporada y mantenga en alza la tan cotizada inspiración.

“¿Sabés qué pienso, además? -retoma Herman-. Cuando sos el único que se destaca en la clase, o en tu ciudad, te podés conformar más fácil con lo que estás haciendo, pero el hecho de que hayamos sido un grupo de chicos talentosos hizo que nos empujáramos unos a otros, no en una competencia, sino como en un juego de niños”. Uno de esos “chicos talentosos” era Daniel Proietto.

El teléfono le suena en un pequeño restaurante de Wuppertal, Alemania, frente al plato del almuerzo, con la electricidad aún recorriéndole el cuerpo después del estreno del fin de semana en la compañía de la legendaria Pina Bausch. Allí revistan bailarines contemporáneos extremadamente singulares, de entre 20 y 65 años, que tras la muerte de una de las mujeres más influyentes en la danza del siglo XX, hace una década, volvieron a encender la máquina de la creación. “Los wuppers no son lineales; son absurdos, trabajan con imágenes, es de la gente más creativa que conocí en mi vida”, resume Proietto, que no solo se destaca como bailarín invitado en la ópera de Oslo, ciudad donde vive, sino que además es coreógrafo y hace tándem con Alan Lucien Oyen, con quien pronto concebirá un nuevo Hamlet. Pero antes bailará en el Festival de Tokio y viajará a Amberes, donde el belga Sidi Larbi Cherkaoui -figura clave de la danza contemporánea de este milenio- acaba de comisionarle su primer ballet completo para el Royal Ballet Flanders. También él recuerda a su camada del Instituto: “Éramos de todos los colores: anchos, gordos, flacos, petisos -se ríe, menudito, con una cabeza locamente genial desde el comienzo-. Me fui porque me eduqué en el Colón y yo era muy rebelde, no encontraba mi lugar allí. Necesitaba un ambiente creativo, que nuestra cultura no tenía. Me sentía desolado. Sabía que precisaba hacer otra cosa en la danza. Ahora pienso que tal vez llegue el momento de volver a vivir a mi país, por amor y para brindar lo que aprendí. Sería un sueño encontrar la manera, el momento justo, formar una escuela, enseñar. Tal vez podamos cambiar las cosas”.

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Marianela Núñez dejó la Argentina en 1997. “Ya de chica sabía que quería hacer una carrera internacional”. Primera bailarina en Londres, donde lleva 20 años, habla de la compañía como su “familia” y su “casa” es la Royal Opera House. Fuente: LA NACION – Crédito: Damien Frost

Fútbol, pasión y lágrimas

“Como en la cancha, nos unimos y no ganamos nada, pero cuando estamos separados y repartidos por el mundo todos somos números diez”. No importa exactamente cuál de los bailarines consultados para esta nota dijo exactamente la frase porque palabras más, palabras menos, la mayoría de ellos ensayó una comparación deportiva en días mundialistas. Julio Bocca más de una vez imaginó en voz alta lo que sería una compañía formada por todos estos argentinos que hoy están en el mundo. Mario Galizzi, maestro fundamental para esta generación, se anima a dudar del éxito de una hipotética reunión: “Sí, brillan solos, pero juntos. ¿qué pasaría? Son bailarines que están para los roles principales, a la cabeza de los teatros más importantes y desde allí hacen la diferencia, porque son muy personales. Lucen como europeos, pero con una raíz latina de la que no se pueden liberar”. Y con toda la autoridad que la da su experiencia también en la gestión, opina que ha sido una mala política no haber sostenido a esta lista de talentos como bailarines eméritos, al menos con una función al año para el Colón. “Incluso, se podría organizar una gira internacional con todos ellos”, suelta la idea. que ahora queda flotando en el aire, esperando quién la cabecee para anotarse un gol. Un dato muy oportuno al respecto: julio es el momento ideal para reunir a las “all stars”, porque durante las vacaciones en el hemisferio norte muchos de estos hijos pródigos de la danza regresan al país para reencontrarse con sus afectos.

“El Colón es uno de los teatros más hermosos que hay en el mundo y es una pena tener que irse. Mi familia está allá, fue muy difícil dejarlo todo. Me gustaría que mi hijo de 7 años estuviera con sus tíos, con sus abuelos, con sus primos”, reflexiona Florencia Chinellato, a 11.640 kilómetros en línea recta de su Paraná natal. Con 32 años, es solista del Ballet de Hamburgo que dirige John Neumeier, un enamorado de los argentinos que vino a cazar talentos en el cambio de milenio y se llevó una buena cosecha. De hecho, en todos los escalafones de su compañía, hasta en las oficinas, revistan cordobeses, santafesinos y porteños, de la primera bailarina Carolina Agüero a Matías Oberlin en las filas del cuerpo de baile. A propósito, los tres bailarán el próximo fin de semana en el espectáculo Evolution que reunirá varios créditos locales en el escenario del Teatro Coliseo. “Creo que las cosas están un poco mejor -sigue la entrerriana-, pero en el 2000, cuando yo me fui, si tenías una oportunidad afuera había que tomarla porque lamentablemente en el país no podías hacer una buena carrera en la danza. Ahora trato de estar actualizada, sigo lo que están haciendo por redes sociales y me pone contenta que salgan adelante”.

Dicen que en el escenario son más naturalmente expresivos, que a la efervescencia latina mezclada con la buena escuela no hay cómo frenarla. Puestos a definir el palo de la carta ganadora que lleva en la manga el bailarín argentino cuando sale al mundo, nadie ignora la tan reputada pasión local (“un fuego adentro”, “nos entregamos todo, sin guardarnos nada”). A los ojos clarísimos de Lucio Vidal la definición de esta característica adquiere un matiz más poético: “Es como trabajar con los sentimientos en lugar de hacerlo con el cuerpo; en el escenario, no me planteo lo que voy a ejecutar, sino qué es lo que me está pasando. Esa pregunta por el movimiento interno hace mi danza más personal y así puedo ponerles color a las cosas”, expresa una tarde de verano, en el camino del edificio de la ópera a su casa, en la capital alemana, celebrando que ya es tiempo de raves en las calles y vida al aire libre. Vidal creció en el Ballet del Teatro San Martín, y tras un paso por Brasil, llegó al Staatsballett de Berlín de la mano de su actual director, el genial coreógrafo español Nacho Duato. En ese ensamble todos aguardan pronto el desembarco de una nueva gestión encarnada en una personalidad fundamental de la cultura alemana y de este arte: Sasha Waltz. Un torbellino de expectativas y oportunidades rodea, por ende, a este bailarín sensible y contemporáneo, al que poco le atraen los príncipes del repertorio académico y, a cambio, es tierra fértil para los nuevos lenguajes.

En ese sentido, Lucas Segovia y Exequiel Barreras se le parecen bastante, aunque los tres se rían en distintos idiomas y sean, a la vez, más argentinos que Messi. El primero, radicado en Chicago hace ya una década, dejó la estabilidad del Joffrey Ballet para abrir su agenda de freelance a nuevos desafíos, metas que ya no aparecen para él en el repertorio clásico, sino más cerca de la teatralidad de la danza. “Hace poco en una gala me tocó hacer El lago de los cisnes y lo padecí enormemente; esos ballets son buenísimos, es con lo que uno crece, pero no son la razón por la que bailo”, confiesa Segovia. Ahora, por caso, se hace fuerte en el terreno del musical; después de la experiencia en West Side Story y Un americano en París, vive temporalmente en un hotel en las afueras de la ciudad y hace ocho funciones semanales de Oklahoma!

Barreras está “más cordo-suizo que nunca”. Bromea con tonada en la llamada por WhatsApp, que se extiende en su verborragia hasta que le avisan que es hora de cerrar el gimnasio. Cuenta, por ejemplo, que la noche anterior durmió en Zurich y que esta tarde ha ido a trabajar a Berna, como todos los días, por las ventajas que da estar a dos horas en tren de tantos sitios. “Vivo a 20 minutos de la ciudad, en una granja orgánica con 600 gallinas, burros, vacas. El rancho Barreras, le digo, y la gente se imagina una choza, pero es un lugar supermoderno, con paneles solares, sistema de agua propio e internet en todo el complejo”. Desde que recaló en Suiza, en 2010, experimenta cómo “la estabilidad da posibilidades de programar cosas y a la vez tomar riesgos”. Por eso, aunque su trabajo formal es el de asistente de dirección de la compañía de danza estatal, la Konzert Theater Bern, se enfoca especialmente en la Rotes Velo, su propia hazaña artística, que lleva siete años en la ruta con una propuesta cada vez más ligada a lo performático. En una obra de su troupe, por ejemplo, pueden confluir tres generaciones, profesionales y amateurs, y hablar distintos idiomas, todos en un mismo escenario. “El mapa de argentinos en el mundo es impresionante y en el ambiente de la danza contemporánea hay argentinos hasta en Vietnam -cuenta-. Irse, para mí, no es olvidarse ni despegarse; tampoco es no entender, como muchas veces nos dicen. Hay una palabra en alemán, heimat, que viene a ser como tu país del alma. Es tu lugar no-geográfico. El mío es Córdoba y Buenos Aires, es Hanoi y es Suiza. El regalo más grande que me dio esta profesión es perderme en otra cultura y volver, siempre volver, como dicen mis amigos, When winter comes. Así que ahora que es invierno, ¡espérenme con un asadito!”.

El clic generacional

“Herman, Ludmila, Marianela, ese magnetismo se perdió. En las nuevas generaciones hay mucho circo; les importa más tener una medalla en el cuello, porque a los estudiantes se les mete en la cabeza que es más técnica que arte, y entonces ves a mucha gente dando vueltitas”. La crítica la vierte Gerardo Wyss, de 32 años, que como buen profeta hizo fuera de su tierra una temporada estelar en México, ciudad que pronto dejará para regresar a su plaza estable en el Ballet del Teatro Colón. “Mi idea siempre fue irme para volver”.

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Daniel Proietto. A los 37 años, es artista invitado de la Ópera de Oslo, ciudad donde reside, y es coreógrafo. Acaba de estrenar una obra para la compañía de Pina Bausch, el mes que viene bailará en Tokio y luego pasará una temporada en Amberes. “Me siento más del mundo que argentino o noruego” Fuente: LA NACION – Crédito: Alan Lucien Øyen

¿Es casualidad que toda esta oleada de notables tenga la misma edad? Si los veinte son la década clave para la irrupción de un bailarín en la escena, ¿por qué no se divisa esa camada de argentinos en las principales compañías del mundo?

Solamente los maestros pueden replantearse si el clic está en la forma de enseñar, que con ese perfil ruso-francés ha sido una fortaleza y ahora parece debilitada. Hace unos meses, por ejemplo, una de las docentes más renombradas, que va camino a jubilarse, no podía resolver con facilidad la recomendación de una maestra para una niña que quiere ser bailarina. “Tenemos que desarrollar la propia idiosincrasia también en esto. No somos muy unidos para enseñar en la Argentina”, admite Galizzi, con un pie en la dirección del Ballet Nacional de México y otro ya de vuelta en el país.

“Dejame pensar -se detiene Pagliero, la estrella de París-. Si yo me fui a los quince cuando llegaba el año 2000, la generación que sigue es la que ha vivido una gran crisis y quizá sea influencia de eso. Con tantos problemas, imaginarse haciendo una carrera afuera no suena muy verosímil”, arriesga. Y enseguida agrega: “Pero conozco bailarines más jóvenes que yo que han decidido quedarse con la esperanza de que las cosas cambien, por el teatro, por lo lindo que es, por lo que significa estar en el Colón y me parece muy valioso porque esa es la decisión de quedarse para mejorar”. Esa lista de gente es larga y tiene también sus excepciones.

Hace dos meses, del otro lado de los Andes, promovieron a Emmanuel Vázquez, de 26 años, a primer bailarín en el Teatro Municipal de Santiago. “Tuve la mala suerte de que terminé la carrera en el Instituto Superior de Arte cuando el Colón estaba cerrado por obras. Era un momento muy malo, se bailaba poco y nada, los problemas sindicales eran muchos. No quería estancarme”. Aunque de chico su sueño era ser un “bailarín de la casa”, superó el shock de dejar su tierra con la adolescencia latiéndole en el cuerpo y la madurez pendiente.

“Son otros tiempos, la forma de convertirse en una estrella ya no es la misma: uno podría hacerlo solo. Antes había que ir a ver a esa bailarina imperdible que hoy está en mil videos, los estudios estaban llenísimos y había una concentración muy especial, pero ahora con los smartphones muchos se quedan sentados a un lado, pendientes de si su foto fue likeada, en vez de mirar lo que ocurre delante suyo. Creo que ya va a pasar, que como todo lo que trae la tecnología es muy nuevo y que volveremos a las cosas en vivo: tocar el libro, pasar las hojas”, reflexiona Cornejo, que lejos del estereotipo del bailarín analógico es muy techie. Tanto, que a su equipo incorporó un drone para grabarse mientras baila.

“Internet es parte de una época muy dura para el arte, una etapa de caos, donde el valor de la educación cambió. Cuando llegué a Noruega con 20 años, a comienzos del 2000, ya no se valoraba lo que traía de formación académica, y cada vez más es así. Soy un gran nostálgico, me encantaría vivir en los 50, con otros modales y menos culos por televisión -observa Proietto-. Pero estamos aquí, en la era de Donald Trump, la gente es agresiva y el mundo ha cambiado las reglas. Tenemos que lidiar con esto, con una gran garantía: el talento nunca va a dejar de existir.”

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Lucio Vidal hizo carrera, del Ballet Contemporáneo del Teatro San Martín al Staatsballett de Berlín. “Intento dar algo de mí a lo que estoy haciendo, ponerle color a las cosas” Fuente: LA NACION – Crédito: Steven Kohlstock
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Ludmila Pagliero es ètoile en la Opera de París, la legendaria compañía de ballet donde nunca antes una latinoamericana había alcanzado el escalafón de “bailarina estrella” Fuente: AFP
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Emmanuel Vázquez. Excepción a la regla, es uno de los pocos argentinos de veintipico con rango de primer bailarín en una compañía extranjera. Este año lo promovieron en el Ballet del Teatro Municipal de Santiago, en Chile Fuente: LA NACION – Crédito: Gentileza El Mercurio
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