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Danza Ballet

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Ballet “Joyas” de Balanchine



26 Marzo, 2007
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Las mujeres aman las joyas, y George Balanchine, el coreógrafo que amaba a las mujeres, ha realizado un ballet que les rinde homenaje.

La idea para este ballet surge tras una visita de Balanchine a la casa del joyero Claude Arpels, en Nueva York, en la que tiene la oportunidad de ver las magníficas piezas de la colección.

Por Teatro Real de Madrid.

A partir de ahí desarrolla tres coreografías sin un argumento concreto, pero unidas por un mismo tema, las piedras preciosas, en las que refleja el estilo de los tres países en los que desarrolló su carrera: Francia, Estados Unidos y Rusia

Jewels está dividido en tres partes: “Emeralds”, con música de Gabriel Fauré, es una evocación de la Francia romántica, con movimientos propios de los ballets del siglo XIX, como Giselle, que componen figuras simétricas, ritmos regulares y elegantes, y brazos etéreos que quieren ser “el arte del movimiento inmóvil”. “Rubies” representa América a través de los ojos de Balanchine influenciado por los musicales de los años 30 y el jazz.

Frente a la poesía de “Emeralds” nos ofrece el deseo, la sensualidad y la provocación, con las posiciones clásicas llevadas al extremo a partir del Capriccio de Stravinski. “Diamants” está construida sobre los cuatro últimos movimientos de la Sinfonía nº 3 de Tchaikovsky y es una síntesis del arte de Marius Petipa y Lev Ivanov, y en su composición percibimos la grandeza de los ballets imperiales rusos.

Las mujeres aman las joyas, y George Balanchine, el coreógrafo que amaba a las mujeres, ha realizado un ballet que les rinde homenaje. Jewels es un tríptico, y cada una de sus ventanas brilla con el fulgor de una piedra preciosa.

Perfección física y colores se mezclan con las esencias musicales de Gabriel Fauré, Igor Stravinsky y Piotr Ilich Tchaikovsky.

Las tres ventanas Esmeraldas / Emeralds, Rubíes / Rubíes y Diamantes / Diamonds transponen los estilos coreográficos de los tres países donde ha trabajado Balanchine: La primera parte, Esmeraldas, evoca a Francia, cuna de la danza romántica; la segunda, Rubíes – que representa a América – lanza un guiño a las girls de las comedias musicales; la tercera, Diamantes, sugiere los fastos del Ballet Imperial de San Petersburgo y el legado clásico que dejó Marius Petipa.

George Balanchine es uno de los artistas capitales para entender la historia de la danza desde el siglo XX, tanto en términos de calidad como de cantidad: no sólo elevó a un escalafón mayor en complejidad técnica, formas expresivas y virtuosismo el ballet académico, sino que ha sido uno de los coreógrafos más prolíficos de la historia.

Educado en la tradición de los teatros imperiales rusos en San Petersburgo, su carrera comenzó cuando se unió a Serge Diaghilev y a sus Ballets Rusos en 1924, convirtiéndose en el nuevo creador impulsado por el visionario productor y por las composiciones del vanguardista Igor Stravinsky.

Trabajó con la compañía rusa hasta su desaparición por la muerte de Diaghilev en 1929 y, para entonces, ya había creado dos obras que se han mantenido como su sello de identidad, Apolo (1928) y El hijo pródigo (1929).

En 1934 voló a Estados Unidos bajo el mecenazgo de Lincoln Kirstein y fundó la Escuela del American Ballet (en la Calle 59 con Madison Avenue), pilar donde se crearon las grandes compañías americanas, como el New York City Ballet, que dirigió desde 1948 hasta su muerte.

Balanchine colaboró estrechamente con el Ballet de la Ópera de París: desde 1929, cuando le invitaron a crear una obra para ellos –y que no pudo realizar al enfermar, pasándole el testigo a Serge Lifar, después director de la Ópera–, hasta los años 70 montó una quincena de sus ballets (Los cuatro temperamentos y Agon, entre ellos).

Con Jewels, se inspiró en la belleza de las piedras preciosas de los exquisitos joyeros Van Cleef & Arpels y en las partituras de los tres compositores que protagonizan cada parte: Esmeraldas está realizada sobre estractos de Peleas y Mélisande y Shylock, de Gabriel Fauré, y su estilo rememora el romanticismo que Francia presenció en sus escenarios decimonónicos; Rubíes es la energía del Capriccio de Igor Stravinsky, donde muchos ven influencias de la América de los años 30, pero que Balanchine niega, explicando que a él lo que le inspiró fue la música de Stravinsky, y el gran final es Diamantes, en el que el estilo imperial ruso queda de manifiesto con la maravillosa partitura de Tchaikovsky y ese gran paso a dos que recuerda al famoso de Cascanueces.

El vestuario que diseñó Karinska ha sido reelaborado por Christian Lacroix.

selecciones argumentos de ballet  Ballet Joyas de Balanchine
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