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Danza Ballet

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¿De que vive un bailarín?

4 agosto, 2006
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La pregunta, ¿de qué vive un bailarín?, me hace recordar cuanto se ha hablado del amor al arte.

La oigo exclamar en mis recuerdos: “Esta chica quiere vivir del aire”.   

Por Lichi Garland

Mis expectativas esta noche tienen menos que ver con lo que gana un bailarín, que con su quehacer diario. Siento que nos hemos reunido para decirles ¡cuéntennos! Cierto que me gustaría que estuvieran también presentes,  bailarines del folklore local, del tango,  del flamenco, o de los bailes populares como  la salsa o el hip hop. Ojala las organizaciones de los distintos estilos que se practican en el país  alguna vez converjan; el  caso es que estamos en el entorno de la danza académica que abarca tanto el ballet como la danza moderna y contemporánea. No quiero sembrar dudas de entrada, así que diré que algunos prefieren hablar de danza neoclásica.

La pregunta, ¿de qué vive un bailarín?, me hace recordar cuanto se ha hablado del amor al arte. La historia de la danza en el Perú ha estado recorrida por la vocación y el empeño del trabajo, sin que se haya logrado obtener la correspondiente compensación  económica. En lo personal el asunto me trae a la cabeza a mi abuela quejándose de que alguna de sus nietas no hubiera querido almorzar. La oigo exclamar en mis recuerdos: “Esta chica quiere vivir del aire”.   

Todo es para decir, que ni del aire ni del amor al arte puede vivirse; y menos en una sociedad globalizada como la actual en la que hay que luchar por situarse en un mercado. La industria cultural  confronta a quienes tienen un oficio artístico, con los gastos de producción, el precio de las entradas, las preferencias del público y muchas veces con la manipulación del gusto.  Las dificultades aumentan para quienes no se suman a lo ligero, a lo supuestamente palpitante y a lo ciertamente monocorde.

Eso si, el sistema recompensa a sus ídolos dando siempre preferencia al deporte. Una revista francesa calculó en el 2004 que Tigger Woods, el golfista norteamericano, había facturado ese año entre premios y publicidad 66 millones de euros. El futbolista Bechkam no la había pasado mal con 25 y si quieren saber de Ronaldo del Real Madrid, ligeramente menos solicitado por los avisos comerciales, había facturado 19.6 millones de euros. ¿Y en el arte qué?  Sothebys, la casa de subastas más famosa de Londres siempre situada por delante de su rival Christie´s de Nueva York,  tiene en su haber las ventas record de lienzos considerados obras maestras de la pintura en Occidente. En 1990 obtuvo por una obra de Van Gogh  82.5 millones de dólares y en el 2005, por un cuadro de Picasso, 104. millones de dólares.

En lo que a la danza se refiere, no hace muchos años pasó por  Lima la Ribot, bailarina de origen español que radica hoy en Londres. Su trabajo era una coreografía que articulaba danza, arte visual y performance. Recuerdo que la Ribot  nos sacó de cuadro con sus desnudos y haciéndonos saber que sus “Piezas Distinguidas”, como llamaba a sus creaciones, se vendían como obras pictóricas. La operación era simple. El propietario “distinguido” elegía una pieza por la que pagaba diez mil dólares y adquiría el derecho a ser mencionado cada vez que ésta se presentara en cualquier lugar del mundo. Hoy la Ribot tiene una agenda nutrida según he visto en su web. A lo largo del 2006, se va a presentar en Nottingham,  Bâle, Viena, Madrid y  Lisboa. No dice si sigue vendiendo sus piezas, pero  cuenta que ha hecho un Dvd. Al menos es una pista de qué vive la Ribot.


Cambiando de tema, aunque no tanto. ¿A quién se necesita convencer de que no vivimos en el mejor de los mundos posibles? O que si el mundo se ha vuelto loco, a la danza no le ha tocado estar en los mejores lugares. Sin negar que a nivel internacional se recuerde más a los grandes coreógrafos como Nacho Duato, Jiri Kyllian, Mats Ek, Maguy Marin o William Forsythe que a los bailarines que interpretan sus piezas.        


No quiero restar valor al romanticismo de otras épocas. Admito incluso  que hasta no hace mucho me sonaba políticamente correcto mencionar el amor el arte, pero creo que hay que diferenciar la mística de la mistificación inútil. Quienes se dedican a la danza tienen también una familia, tienen que pagar colegios, la luz, el agua, el teléfono, actividades para sus hijos y administrar una alimentación balanceada  en sus hogares.


No siendo ángeles, los bailarines necesitan ganarse la vida con la profesión que eligieron. En cuanto a los coreógrafos y directores, aspiran a presentar sus obras ante un público que responde y en teatros disponibles. ¿Quién quiere espectadores anestesiados, salas vacías o llenas pero sólo de amigos y familiares?

Pienso que las condiciones para un cambio se interconectan. Un espectáculo que atraiga exige buenos bailarines, un coreógrafo que capte la sensibilidad del espectador, entradas de precio accesible, y promoción o publicidad en el ambiente. El marco más propicio será siempre el de la política cultural y educativa del Estado; y ojo, que si se tiene paciencia para leer normas y reglamentos del sector educación, uno no puede criticar a raja tabla. Algo se está haciendo en la promoción cultural de los sectores populares y la iniciativa privada de algunas profesoras de danza en Lima también hacen lo suyo en los colegios particulares y universidades.

La historia no es pues la de un Estado malo, un espectador malo y unos artistas buenos. Confiar y desear que las cosas mejoren no es cerrar los ojos. Como decía hace un momento respecto a las mistificaciones, no habría que considerarlas una salida. 


En el boletín de una institución prestigiada, leí en estos días una nota que quiero compartir con uds. Decía el articulista que tras la venida de un maestro francés a quien voy a llamar solamente R.F. y gracias a la visión de las autoridades, la danza en el Perú era hoy día considerada como una profesión digna y seria. Seguramente tan digna y seria pensé, que el mensaje ganador del Concurso por el Dia Internacional de la danza premiado por el Consejo Nacional de Danza este año, festeja el triunfo de la obstinación. Dice Pepe Santana, el premiado, que  “se necesita ser obstinado para  entrenar más allá del cansancio, para superar la depresión de una lesión, para luego rehabilitarse y volver a entrenar, para bailar pese a la ausencia de espacios … público … dinero! se necesita ser obstinado para creer pese a nuestra realidad, para crear junta con ella.”


No quiero hacer más larga esta presentación, sino dejarlos con las tres  bailarinas muy conocidas nuestras, Patricia Awuapara, Giselle Muelle y Morella Petrozzi; también maestras y coreógrafas,  así como con Fernando Torres, promotor de la danza  en su labor de director cultural del  ICPNA.

Para dar forma a la pregunta ¿de que vive un bailarín?, cada quien tiene por supuesto la libertad de mostrarse más o menos guapachoso, mediático, irónico, malhumorado o seductor. Hablando de seducir, no voy a dejar pasar esta oportunidad para recordar la última en materia de atraer masas: el baile de propósito electoral.

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Algunos candidatos nuevos en estas lides, comprendieron sin demora que era el canal para sintonizar con sus potenciales votantes. Los ya experimentados, repitieron el mismo swing. Me sigo preguntando por qué  esta actitud genera una corriente de simpatía por quienes, con más desverguenza que oído y gracia lanzan sus cuerpos al vaiviene de los ritmos de moda.


Piense lo que piense cada uno de nosotros, lo importante es que lo hagamos. En esas podríamos desentrañar algún secreto de nuestro imaginario popular. La intención es dialogar, aún cuando en lo único que nos pongamos de acuerdo sea en que estamos en desacuerdo.


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