Pasión, estrellato, traición, locura… La vida de Vaslav Nijinsky se lee como un drama extraordinario.
Bailarín y coreógrafo de talento excepcional, inició su ascenso a la fama a comienzos del siglo XX. Su legado continúa influyendo, hasta hoy, en múltiples formas de arte y en el lenguaje escénico contemporáneo. Es considerado uno de los representantes más notables de la danza del siglo XX y una figura clave en la transición entre el ballet clásico y las nuevas expresiones modernas.
Nacido en Kiev en 1889, en el seno de una familia de bailarines polacos, Nijinsky fue el segundo de tres hermanos. Sus padres, artistas de una compañía itinerante, lo criaron en Rusia. Tanto él como su hermano mayor, Stanislav, comenzaron su formación bajo la guía de su padre, Tomasz Nijinsky, reconocido bailarín. Su madre, Eleonora, solista de la compañía, padecía depresión.
Estudios
Bajo el patrocinio de Enrico Cecchetti —maestro de ballet, bailarín y coreógrafo italiano—, Nijinsky ingresó en la Escuela Imperial de Ballet en 1900. Dos años más tarde lo haría su hermana Bronislava.
Pronto destacó como un alumno de talento excepcional. Aunque sus resultados académicos eran irregulares y su comportamiento a menudo rebelde, su extraordinaria capacidad para la danza le permitió continuar su formación. A los dieciocho años ya interpretaba papeles principales en el Teatro Mariinski.
Durante su etapa en la Escuela Imperial recibió numerosos elogios y oportunidades, atrayendo la atención de coreógrafos como Michel Fokine y Marius Petipa.
Sin embargo, también fue objeto de la envidia de sus compañeros. En un episodio especialmente grave, fue agredido y permaneció varios días en coma. Finalmente, se graduó segundo de su promoción, con las más altas calificaciones en danza y música.

El éxito de Vaslav Nijinsky
Nijinsky nunca ocultó su inclinación sexual. Poco después de finalizar sus estudios, conoció al empresario de los Ballets Rusos, Sergei Diaghilev, figura central de la élite artística de San Petersburgo y profundamente comprometido con la difusión del arte ruso en Occidente.
Ambos iniciaron una relación que sería decisiva en la vida y carrera del bailarín. Diaghilev se convirtió en su mentor, impulsando su proyección internacional y guiando su trayectoria artística.
En 1909, Nijinsky emprendió una gira en París con los Ballets Rusos que marcó un antes y un después en el panorama cultural europeo. Aquella compañía revolucionó la danza, la música, el arte y la moda, y dio a conocer a figuras como Nijinsky o Anna Pavlova.
Su carrera alcanzó uno de sus puntos más altos en 1913 con la coreografía de La consagración de la primavera, sobre la partitura de Igor Stravinsky, una obra que sacudió profundamente los códigos del ballet tradicional.
Nijinsky se distinguía por un virtuosismo excepcional, especialmente en el salto y el giro, hasta entonces desconocidos en escena. Como señaló el historiador del ballet Cyril Beaumont, no se limitaba a representar un personaje, sino que captaba su esencia.
Además de intérprete, desarrolló una breve pero decisiva carrera como coreógrafo, con obras como L’après-midi d’un faune (1912), Jeux (1913) y Le Sacre du Printemps (1913).
La ruptura y su nueva vida
Las tensiones no tardaron en aparecer. Las propuestas coreográficas de Nijinsky, complejas y arriesgadas, generaron dificultades tanto para Diaghilev como para los patrocinadores de la compañía. A medida que el bailarín asumía mayores responsabilidades, la relación entre ambos comenzó a deteriorarse.
En 1913, durante un viaje a América del Sur, conoció a la joven húngara Romola de Pulszky. Tras una intensa aproximación por parte de ella, ambos se casaron en Argentina poco después de desembarcar.
El matrimonio supuso una ruptura definitiva con Diaghilev, quien reaccionó con frialdad y lo expulsó de los Ballets Rusos mediante un telegrama.
A partir de entonces, la vida de Nijinsky entró en una etapa de inestabilidad. Intentó formar su propia compañía sin éxito y, aunque tuvo una hija con Romola, su situación profesional se volvió cada vez más precaria.
Con el estallido de la Primera Guerra Mundial, fue internado bajo arresto domiciliario por su condición de ciudadano ruso. Tiempo después, y tras complejas negociaciones, logró reincorporarse a la compañía y participar en una gira en Nueva York, donde fue nuevamente aclamado.
Su último baile
Admirado y celebrado en todo el mundo, Nijinsky comenzó a manifestar en 1916 comportamientos extraños que, poco después, fueron diagnosticados como esquizofrenia.
Se dice que una de sus últimas danzas tuvo lugar de forma improvisada, ante un grupo de soldados rusos. No fue ya una actuación, sino un gesto íntimo: un último vínculo con aquello que había definido toda su vida.
A partir de entonces, fue internado en distintos centros psiquiátricos hasta su muerte, en 1950.
Fuente: The New York Review of Books














