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Mikhail Baryshnikov y el New York Times


6 octubre, 2011
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colaboradores  Mikhail Baryshnikov y el New York Times

La vida artística de Baryshnikov en cajas

Así reza más o menos en traducción libre mía, el titular del artículo de Patricia Cohen, publicado en la sección de Arte del New York Times recientemente.

Según cuenta la señora Cohen, el gran Misha, ayudado por su esposa, Lisa Rinehart, ha enpaquetado su vida artística en 35 cajas, y las ha llevado personalmente a la Biblioteca Pública de Nueva York (presumo que al ala de la Biblioteca del Lincoln Center), para beneficio de los estudiantes de ballet, que aprovecharán esos tesoros de la vida de uno de los más grandes bailarines que ha producido la danza clásica; sin duda alguna, y aunque no me gusta ser “definitiva” en el uso de ese adjetivo, ha sido el mejor bailar’in del siglo XX.

Escribe 

La entrevistadora, que se reunió con el bailarín en su despacho del Baryshnikov Arts Center, de la calle 37 oeste de Manhattan, ha podido calibrar los tesoros que encierra esa colección de recuercdos de la carrera de Misha. Entre estos están sus ensayos con los “titanes” de la danza, George Balanchine, Jerome Robbins, Martha Graham y Merce Cunningham, y por sobre todo, su reverencia y adoración al maestro, Alexander Pushkin. De su relación con Pushkin, el bailarín explica cómo fue escogido como alumno entre otros, como si fuera un “cachorrito”.

Las palabras de Misha con que se cierra el artículo, no pueden ser más verídicas (y aquí vuelvo a traducir libremente): “En la primera parte de la vida de uno, se acumulan las cosas; en la segunda parte, uno sale de ellas”. Una verdad incontestable, me atrevo a afirmar.
 

colaboradores  Mikhail Baryshnikov y el New York Times

Mikhail Baryshnikov in Alexei Ratmansky's Valse-Fantasie
Photo: Julieta Cervantes

 

Me tocó el enorme honor de asistir al debut de Baryshnikov en la ciudad de Nueva York, después de su deserción de la Unión Soviética. Esta había tenido lugar en Toronto, Canadá, en junio de 1974, cuando desarrollaba una tournée artística con el Ballet Bolshoi de Moscú (unque él era miembro del Ballet Kirov de Leningrado, (hoy Ballet Mariinsky de San Petersburgo). Pronto se vio asediado por contratos de todas partes y por montones de compañías que solicitaban sus servicios. No obstante, el triunfador fue al American Ballet Theatre (ABT), y el inolvidable debut tuvo lugar en el entonces llamado State Theatre (hoy conocido como Koch Theatre) del Lincoln Center de la capital del mundo de la danza.

La obra presentada fue nada menos ni nada más que “Giselle”, en la que compartía la escena con otra exiliada rusa, la maravillosa Natalia Makarova, como el personaje titular, junto a la no menos exquisita bailarina, Martine Van Hamel, como Mirta, Reina de las Wilis.

Lo que presencié esa noche en el escenario nunca escapará de mi memoria. Al final de la función, el enloquecimiento del público llegó a tal, que conté más de 15 cortinas. Ya, al final, exhausto de tanto aplauso y ante la negativa del púbico de dejarlo ir, Baryshnikov colgó en el cuello de Makarova una corona de laurel que le había sido entregada a él, mientras ella depositaba a los pies de su compañero, el enorme ramo de flores que tenía en sus brazos.

Después de ese suceso difícil de repetir, seguí la carrera del bailarín ávidamente, sin perder las mejores de sus funciones, primero durante su corta estancia de dos años con el New York City Ballet (NYCB), donde le ví un “Hijo Pródigo” inolvidable, así como un “Tema y Variaciones” sin igual, ambas piezas originales del gran Mr. B., y luego su regreso al ABT, como director artístico y figura principal

En 1980, cómo director del ABT durante nueve años, colmé la copa de mis expectativas, presenciando sus mejores roles. Fueron demasiado para contarlos todos aquí, pero no puedo olvidar sus actuaciones con Gelsey Kirkland, una de sus mejores compañeras, igualmente que su coterránea, Natalia Makarova. Sus mejores obras, de las que solo mencionaré las que rápidamente vienen a mi mente, fueron: “Push comes to Shove” de Twyla Tharp, así como “Coppelia”, “La Fille Mal Gardée” y por último “Vestris”, una pieza de la era soviética, que le merecería la Medalla de Oro en la competencia de Varna, Bulgaria, de 1969.

Misha ha intentado obras dramáticas en Broadway, como lo hizo en “Metamorphosis” de Kafca, que me impresionó grandemente. De su incursión en el cine, están “The Turning Point” (El Paso Decisivo, para el cine hispano), donde lo acompañaron Shirley McLaine y Ann Brancroft, igual que “White Nights”, con Jerome Hines e Isabella Rosellini. Tampoco podemos dejar a un lado sus intentos en la televisión. Estos no fueron muchos, pero su aparición en los programas de la PBS titulados Dance in America, que formaban parte de la serie Great Performances, añadieron más triunfos a su esplendorosa carrera. Misha, no obstante, como un camaleón, cambia su arte y se enfunda en lo que le atraiga y le venga bien a la realidad de tener ya 63 años de edad, pero no abandona la escena. Por esto la prensa no lo olvida, y es nombrado en los diarios constantemente, hasta contar que está intentando la pintura.

En marzo de 2003, lo ví por última vez en la escena. Esto fue en el teatro Joyce, en una función del difunto Ballet Tech de Eliot Feld, en la que se intentaba levantar fondos para la pequeña compañía. Baryshnikov se presentó en la segunda parte del programa, en una pieza coreografíada totalmene por Feld, en donde Misha se burlaba en principios de sí mismo, apareciendo con espejuelos negros, un sombrero calado hasta las cejas, y caminando tentativamente con un bastón. Después de intentar infinidad de divertidas “astrakanadas” que el público gozó infinitamente, se sentó en una silla rodante, y atravesó el escenario de lado a lado, como si bailara, hasta que dos bailarines del conjunto de Feld, aparecieron en escena para entregarle un ramo de flores. Tomando una flor cada vez, las dejaba caer al suelo una a una, mientras retrocedía en la silla rodante, dejando una estela de flores en el suelo, como lo hizo años antes en aquella famosa primera “Giselle” del Lincoln Center, recién exiliado.

Tuve que reprimir una lágrima por los recuerdos que atropellaron mi mente. Después vinieron otros, cuando mi nieto mayor, que me acompañaba, en seis palabras me explicó lo que había sentido, viendo a aquel gran bailarín por primera vez: “Abuela, esto sí es un artista”.
 

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Mikhail Baryshnikov in Alexei Ratmansky's Valse-Fantasie
Photo: Julieta Cervantes

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