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Nijinski: Soy un Dios alojado en el cuerpo de un toro

29 abril, 2008
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Le bastaron 10 años para construir su leyenda, en gran parte cimentada en su asociación con el coreógrafo ruso Mijail Fokin, quien creo para él los papeles que mejor se avenían a su físico de bailarín anticlásico, dotado de una rara plasticidad y una capacidad de elevación en virtud de la cual cada uno de sus saltos se convertía en un viaje aparentemente sin retorno de la tierra al cielo.

Por Anubis Galardy

Era de baja estatura, tenía las piernas arqueadas, un rostro poco agraciado, un temperamento neurótico y una apariencia de jinete mongol que hizo exclamar al escritor francés Paul Claudel la primera vez que lo vio: parece un mono.

Ya sobre el escenario todos estos defectos desaparecían como por encanto y Vaslav Nijinsky se transformaba en un ser único: el poeta romántico seducido por la visión de criaturas fantásticas (Las Sílfides); el muñeco deforme y patético, espantado de su propia fealdad (Petrushka); el esclavo semifelino de las Danzas polovsianas, que saltaba sin ruido grandes distancias, y un momento después se tornaba una especie de semental con los ollares distendidos, rebosante de vitalidad, los pies golpeando el piso con impaciencia. Soy un Dios alojado en el cuerpo de un toro, gustaba exclamar para definirse a sí mismo, aludiendo quizás a esa mezcla de fuerza y espiritualidad instintiva a partir de la cual su aparición en El espectro de la rosa devenía la más etérea, ligera y poética de las danzas, en extremo difícil de ejecutar y que Nijinski interpretó como nadie.

Le bastaron 10 años para construir su leyenda, en gran parte cimentada en su asociación con el coreógrafo ruso Mijail Fokin, quien creo para él los papeles que mejor se avenían a su físico de bailarín anticlásico, dotado de una rara plasticidad y una capacidad de elevación en virtud de la cual cada uno de sus saltos se convertía en un viaje aparentemente sin retorno de la tierra al cielo.

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De origen polaco, Nijinski (1890-1950) -nacido en Kiev, la capital de Ucrania- protagonizó una carrera artística intensa y breve, impulsada por la aureola de los Ballets Rusos de Diaghilev que conmocionaron los escenarios parisienses de la segunda década del siglo XX.

Una carrera matizada a partes iguales por la fabulación y el escándalo, desde que salió a escena en el teatro Marinski, de San Petesburgo, vistiendo sólo una malla y una chaqueta para encarnar al Albrecht de Giselle y horrorizar a la púdica aristocracia zarista. Luego, ya en la compañía de Diaghilev, desbordada su fama de bailarín, vendría su debut como coreógrafo en 1912, en el teatro Chatelet, de París, con Preludio a la siesta de un fauno, un ballet montado con los bailarines siempre de perfil y poses tomadas de los bajorrelieves y pinturas de ánforas. En medio Nijinski, caracterizado como una deidad mitad humana, mitad animal, ataviado con una malla cubierta de parches, cuernos dorados y cola.

Se trataba de una pieza inusual matizada de un erotismo primitivo y suavemente salvaje, que hoy resulta cuando menos ingenuo: Nijinski en la cima de una pequeña colina, tendiéndose con lentitud sobre el chal que, al huir, deja caer una de las ninfas. El público del Chatelet, dividido en dos bandos enfrentados entre sí, prodigaba rechiflas o enfervecidos aplausos.

El año de su desgracia sería, sin embargo, 1913. El 15 de mayo estrena Juegos, una representación de un partido de tenis, asumido como un juego amoroso frio e intelectual, con movimientos complejos e intrincados y escasa repercusión en la crítica y la prensa. La hecatombe acontece 14 días después. El nuevo reto de Nijinski es una versión coreográfica de La consagración de la primavera -inspirada en la música ritual y agresiva de Stravinski. En ella se propone resumir todas sus experiencias. Busca la asesoría de Marie Rambert, discípula de Dalcroze, considerado el padre de la gimnasia rítmica.

Sobre la escena aparecen bailarines con los pies anticlásicamente vueltos hacia adentro y las rodillas unidas. Más de 100 saltos vertiginosos, cual descargas eléctricas, ejecutados con los pies planos sobre el tabloncillo. En la escena de El sacrificio una joven virgen baila hasta la muerte y permanece después inmóvil durante 10 minutos. El teatro de los Campos Elíseos, de París, se estremece como bajo los efectos de un sismo. Hay aullidos, bastonazos e insultos, los compositores Claude Debussy y Camille Saint-Saens abandonan la sala. Leon Paul Fargue grita: venganza, venganza, según reseñan las crónicas de la época.

Nijinski, pálido, se mantiene erguido sobre una silla, mientras Diaghilev suplica al público que le deje terminar el espectáculo. Stravinski comenta ácidamente: Nijinski es un pobre muchacho y su versión danzaria de La consagración… un penoso esfuerzo que no fructifica. Tendrían que pasar varios años para que el célebre compositor rectificara su juicio. Entonces dira: "de todas las interpretaciones de La consagración… que he visto, la de Nijinski es la mejor. Ese aserto obrara como un imprescindible y tardío epitafio. Para Nijinski la noche del 29 de mayo de 1913 se convertiría en el primer peldaño del descenso al infierno. Emprende una gira por Suramérica y se casa con una bailarina de origen húngaro, Romola Pulska. Diaghilev, como un amante despechado, lo despide y borra todas sus coreografías del repertorio de los Ballets Rusos.

Nadie habla ya más de La Consagración…, las notas sobre la partitura de Stravinski, los apuntes de Marie Rambert, los dibujos de Valentin Gross, los bocetos de vestuario y escenografía de Nicolas Roerich se extravían o dispersan por bibliotecas y museos. Había sido el pionero de una vanguardia por entonces inimaginada. Tendrían que transcurrir casi 50 años para que Maurice Bejart lo reivindicara al irrumpir en la escena de un modo igualmente audaz, provocador y contradictorio.

Luego sobrevendrían la locura, la desesperación y la muerte. Fallece el 8 de abril de 1950 en Londres, donde yacía desde 1918 en un manicomio, víctima de una melancolía pertinaz que lo lleva a romper su contacto con la realidad y con el mundo. Inmadurez afectiva, decretarían los psiquiatras, Freud entre ellos. A los 58 años de su muerte, vale recordar a Vaslav Nijinski como el genio intuitivo que fue, como el precursor de esa libertad sin restricciones que reclama la danza para no consumirse en sus propios esquemas. Bejart lo llamo "clown de Dios". Nijinski restableció el equilibrio entre lo divino y lo terreno.

Por Anubis Galardy
Prensa Latina

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