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Danza Ballet

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Nijinski, un bailarín

14 abril, 2007
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La grandeza de un artista, el genio singular, no surge de un desierto: es fruto de un ambiente y recoge una herencia que en él madura.

Por Jorge Orellana Mora.

La tradición del ballet ruso tuvo su origen durante el reinado de Pedro el Grande.

La primera escuela fue creada en 1735 por Cristian Wellman, bajo el patrocinio de la zarina Ana Ivánovna. Posteriormente, Catalina, la Grande, dio a la Escuela mayor impulso y una organización militar, con lo que existió ya la base para que Didelot, maestro francés a quien el zar Pablo confirió la dirección suprema de la Escuela Imperial de Danza, suscitase la formación del desde entonces famoso ballet ruso.

Cuando Nijinski empezó su educación de bailarín, la Escuela de Danza, incorporada a la casa imperial y ligada a la corte, había producido ya cuerpos de baile reputados entre los mejores del mundo, en los que se destacaban grandes figuras. La madre de Nijinski, Eleanora Bereda, era alumna de la Escuela de Danza de Varsovia cuando conoció a Fomich Nijinski; se casaron y con su compañía de baile recorrieron todas las Rusias, desde el mar Báltico al mar Negro, de Polonia al Cáucaso, de Siberia al Turkestán.

El 28 de febrero de 1890, según el calendario ruso, en la ciudad de Kiev, nació Vatziav Nijinski, segundo hijo del andariego matrimonio.

Muy niño aún, Vatziav empezó a recibir lecciones de su padre, junto con sus hermanitos. Fomich compuso una danza de marineros para sus tres hijos, y por primera vez Vatziav Nijinski bailó ante un público.

A partir de entonces, los tres niños aparecieron en escena con frecuencia. Fomich se dio cuenta de que su hijo Vatziav era el que poseía más aptitudes y le enseñó los pasos más elementales y las clásicas “cinco posiciones”. A raíz de la trágica muerte de su hijo Stanislav, Fomich abandonó a la familia por lo que Eleanora dejó de bailar e instaló una modesta casa de huéspedes para criar a sus tres hijos.

Vatziav tenía siete años y Eleanora esperaba que llegase a ser un gran bailarín, pero la Escuela Imperial de Danza, no lo admitió por su corta edad; debió esperar dos años, penosos y agotadores para la madre.

Nicolai Legat, que fue su maestro, era la única persona que conseguía vencer la timidez del muchacho; Legat sabía que tenía en sus manos un bailarín excepcional. En 1902, Nijinski fue admitido definitivamente en la Escuela Imperial, donde en adelante vivió como interno y como otros alumnos tomaba parte en las comparsa o representando pequeños papeles.

Al poco tiempo, fue capaz de maquillarse solo y con tanta habilidad que asombró a sus profesores. Después de la danza, las lecciones que Nijinski prefería eran las de pantomima, impartidas por el renombrado maestro Pavel Guerdt, quien al observarlo, dijo: “El futuro gran actor de Rusia es el pequeño Nijinski”.

Nijinski hacía en la danza progresos asombrosos. En 1906, su profesor Oboukhov dijo que no tenía nada más que enseñarle, pues ya el alumno superaba a los maestros.

En 1907, el joven bailarín representó el papel del marqués en Pabellón de Armida. En el examen final de la Escuela de Danza, Nijinski bailó el Don Juan de Mozart, con el que obtuvo un éxito fulminante.

Entonces, Nijinski tuvo que abandonar la Escuela de Danza para pasar a ser miembro del Teatro Mariinski. Tenía diecisiete años. Dominaba la técnica del ballet, pero sentía que no bastaba emplearla para traducir la música en danza, sino que ésta debía ser el elemento dominante. Su desarrollo como bailarín coincidió con una época de evolución en el ballet.

En aquel momento Fokin imprimía al ballet una nueva fase, sirviéndose del perfeccionamiento anterior para llevarlo a las formas nuevas; desde un principio le asignó los papeles más importantes como partenaire de Matilda Kshessinskaia, que era entonces prima ballerina assoluta del Mariinski, quien lo distinguía y lo ayudaba, con la Karsavina y con Ana Pavlova.

Durante el invierno de 1908, Nijinski conoció al hombre que había de tener más influencia en su vida, Serguei Paviovich Diaghilev.

Este, diletante de todas las artes, pero un diletante activo, asumió la misión de hacer conocer el arte ruso al mundo. Acababa de llegar de París, donde había presentado Boris Godunov en la Opera. Estaba pensando en llevar también el ballet ruso a la capital de Francia, cuando el trató con Nijinski y el gran afecto personal que le inspiró el bailarín, estimuló ese deseo.

Diaghilev hizo sus planes, reunió su compañía, con los artistas jóvenes, Nijinski, Pavlova y Karsavina, como primeras figuras.

El estreno se presentó El pabellón de Armida con un gran triunfo para todos; pero la sensación mayor fue causada por Nijinski. El resto de la temporada, en que se representó El festín. El príncipe Igor, Las sílfides, Cleopatra y Las Orientales, fue igualmente triunfal.

De regreso en Rusia, los que habían participado en la temporada de París reanudaron su actuación en el Mariinski. Fueron asignados a Nijinski más papeles importantes.

Uno de sus mayores triunfos fue el ballet Giselle, que bailó con Ana Pavlova. Entre tanto, Diaghilev preparaba su segunda temporada en París; durante ella Nijinski obtuvo de nuevo grandes triunfos en Sheherezade, con música de Rimski-Korsakov, en Carnaval, compuesto por Fokin con música de Schumann, y en Giselle. No tomó parte en el otro ballet presentado, El pájaro de fuego, con el que Europa conoció al joven compositor Igor Stravinski.

En una representación de Giselle, en Moscú, Nijinski salió a escena con el traje que había llevado en París, dibujado por Benois, malla blanca y un chaleco de terciopelo negro, que fue considerado indecente; se le indicó que cambiase de traje, a lo cual se negó. Nijinski fue suspendido por insubordinación, a lo que él replicó dimitiendo. Así quedó libre para incorporarse a la compañía de Diaghilev.

No sospechaba Nijinski, cuando salió de Rusia en la primavera de 1911, que nunca más volvería a su patria.

En aquel mismo año en París, en Roma, en Londres, representaron por primera vez: Petrouchka, de Stravinski, del que Nijinski hacía su mejor creación, y El espectro de la rosa, el de su famoso salto en que atravesaba como en un vuelo todo el espacio desde los bastidores hasta el centro de la escena.

Sarah Bernhardt, presenciando la actuación de Nijinski en Petrouchka, exclamó: – ¡ Tengo miedo, porque veo al más grande actor del mundo!

En 1912, Nijinski surgió como coreógrafo, lo que le permitió aplicar sus ideas revolucionarias Su primer ballet, L´aprés-midi d’un faune, compuesto a base de la música de Debussy, causó conmoción en París y provocó un escándalo en el teatro la noche del estreno por lo evidente de la significación de sus pasos finales, cuando el fauno acaricia el velo de la ninfa y se echa sobre él como si fuese una mujer.

Suscitó apasionadas controversias en la prensa. Rodin salió en defensa de Nijinski y Diaghilev. Con todo, L´aprés-midi d’un faune resultó un éxito y es el único ballet de Nijinski que ha sobrevivido hasta hoy.

Después, Nijinski trabajó en la coreografía de La consagración de la primavera, de Stravinski, el más revolucionario de los ballets de Nijinski, fue en París un ruidoso fracaso.

Sin embargo, el ballet de Diaghilev era solicitado en todas partes, y tenía contratos para actuar en Berlín, Dresde, Leipzig, Praga, Viena, Budapest, Bronislava Nijinski se incorporó a la compañía y actuó en Budapest durante la primavera de 1912; entonces, una linda muchacha húngara llamada Rómola de Pulszky, hija de la primera actriz trágica de Hungría – Emilia Markus – , vio bailar a Nijinski y quedó fascinada.

Dejó de estudiar para el teatro y decidió hacerse bailarina.

Al volver el ballet de Diaghilev a Budapest, fue presentada a Nijinski; en varias ocasiones le fue presentada de nuevo, sin que él la reconociera. Luego la compañía se trasladó a Viena, Rómola la siguió y solicitó a Diaghilev que la admitiese en la compañía; obrando con astucia, logró hacerle creer que su único interés era la danza.

Rómola fue a reunirse con la compañía en Londres. Durante algún tiempo siguió con los bailarines de una ciudad a otra, siempre ignorada por Nijinski. Pero, por fin, llegó su hora. Diaghilev firmó contrato para una gira por Sudamérica. Faltaron danzarines, pues muchos se negaron a ir; hubo que contratar bailarines nuevos, y Rómola fue elegida.

Por primera vez Nijinski se vio separado de Diaghilev. Dos días después de llegar a Buenos Aires, Vatziav y Rómola se casaron. Diaghilev no perdonó nunca esta infidelidad de Njinski.

El bailarín formó una pequeña compañía con unas diez mujeres y sólo dos hombres, él y el marido de su hermana, Kotchetovski, y aceptó un contrato con el Palace Theatre de Londres, aunque a disgusto, pues era un teatro de variedades. Allí las contrariedades se sucedieron. Nijinski era presa de una gran tensión nerviosa y sufrió ataques de histeria.

Finalmente cayó gravemente enfermo y el contrato fue rescindido. La temporada había durado sólo dos semanas. Se retiraron a Semmering, cerca de Viena, para esperar el nacimiento de su hija, a la que llamaron Kyra. Cuando estalló la guerra de 1914, la familia Nijinski se hallaba en Budapest. El bailarín fue retenido como prisionero de guerra en la casa de su suegra, que le era hostil. Mientras, Diaghilev obtuvo un contrato para una gira por los Estados Unidos, pero a condición de que actuase Nijinski.

En la primavera de 1915, Vatziav, Rómola y Kyra llegaron a Nueva York, donde se bailó Petrouchka y El espectro de la rosa. Los bailarines de la compañía notaron a Nijinski extrañamente nervioso y suspicaz.

La gira por todas las principales ciudades de los Estados Unidos, que siguió a la temporada de Nueva York, fue un desastre. Nijinski se mostró completamente incapaz de reemplazar a Diaghilev en la administración en asuntos de la vida práctica. Nijinski mostraba manía persecutoria y los bailarines empezaron a temerle.

En 1917 la compañía regresó a Europa. Los esposos se establecieron en Saint Moritz, Suiza. Allí la mente del danzarín empezó a ofuscarse. Se apoderó de él un extraño fervor religioso y olvidaba gradualmente su arte de la danza. Hablaba de seguir las enseñanzas de Tolstói y de entregarse a una sencilla vida de campesino. En ciertos momentos volvía a ser el danzarín genial.

Una vez empezó a componer un ballet que debía representar un cuadro de la vida sexual. En otra ocasión ofreció dar un recital de danza para sus amistades en el salón de un hotel de Saint Moritz. Cuando llegó la hora del recital, se sentó en medio de la sala atestada de gente y se quedó mirando con fijeza al público durante largo rato.

Por fin se levantó, extendió en el suelo unas piezas de terciopelo blanco y negro, formando una cruz y, de pie, con los brazos abiertos, dijo: -“Ahora os bailaré la guerra: sus sufrimientos, sus destrucciones, sus muertes.”

Y bailó. Parecía anegar la sala con todo el horror de la humanidad doliente. Sus ademanes eran trágicos, de una grandiosidad épica. Y bailaba, bailaba, girando vertiginosamente en el espacio.

Era aterrador y fascinante el último baile del genio antes de perderse definitivamente en la locura. Nijinski había muerto.

Con su mismo cuerpo, un esquizofrénico silencioso vivió aún treinta y dos años, de 1918 a 1950-el de su muerte física -, parte en el Sanatorio de Kreuzíngen, Suiza, parte junto a su esposa.

Rómola, enteramente dedicada a él, cuidándolo, trabajando para él; durante aquellos años escribió la biografía más completa, más sincera y más amorosa del gran danzarín que fue Vatziav Nijinski.

Fuente Por Jorge Orellana Mora

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