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Danza Ballet

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¿Por qué bailar?


27 diciembre, 2006
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Wuppertal Tanztheater es una Compañía Alemana asentada en la ciudad del mismo nombre.

Y tú… ¿por qué bailas?

Por Germán García G.

y cuyo trabajo ha recorrido los más variados escenarios del mundo. incluyendo México durante 30 años.

El trabajo de estas décadas ha inscrito a la agrupación en la corriente de la danza-teatro, cuya orientación guía el flujo dramático en escena y desemboca en trabajos altamente emotivos, pasionales, exploradores de las condiciones humanas que nacen paradójicamente de lo que probablemente sea considerado lo más inhumano: la guerra, los conflictos, el estado extremo de la situación mundial.

Heredera y al mismo tiempo forjadora del nuevo expresionismo alemán de la posguerra, a Pina Bausch, directora del Grupo, le ha interesado siempre hablar de los temas que cualquiera preferiría omitir luego de un conflicto como la Segunda Guerra Mundial. Más aún, quizá sólo el arte podría hacer hablar a una Alemania atormentada por lo ocurrido. Es por tanto, una especie de voz que observa las heridas, y las cura a través del lenguaje que le es propio: la danza.

La Compañía se entrena fundamentalmente en ballet y danza contemporánea y aparentemente puede ser como cualquier otra Compañía con la rutina propia que un bailarín debe cubrir: clase diaria, montaje creativo, presentaciones. Sin embargo, para Pina los bailarines son personas antes que cuerpos. Son seres sensibles con anhelos de expresarse y no necesaria y exclusivamente atletas de Dios, entrenados principalmente para la contemplación. Son seres que piensan y que a través de su entrenamiento pueden conseguir lo deseado.

Por eso su método se centra en personas, en lo que pueden decir, en lo que quieren expresar y a partir de allí continua el camino del entrenamiento y la técnica como vía de expresión. Basado en esto, sus trabajos dependen fundamentalmente de cada uno de los integrantes, de quienes extrae los mensajes en forma unívoca e irrepetible.

En 1982 nace de esta Compañía la pieza Nelken (Claveles), trabajo creado por y para los bailarines integrantes del taller en ese momento. A lo largo del tiempo este trabajo se ha presentado (y se presenta) siempre con los mismos bailarines, sin importar que algunos de ellos estén en otras Compañías; cada uno regresa a conformar el elenco para cada función.


Esa es la concepción del trabajo de Pina Bausch. Como cada persona tiene algo suyo que decir, es insustituible. Durante el proceso de montaje, la coreógrafa tuvo en mente poner en escena pasajes de la vida de los bailarines, o sucesos que les fueran importantes y que los hubieran marcado de cierta manera. Compartir esas experiencias con el público participante, bailando sobre 10,000 claveles, se convirtió en el objetivo. Durante el proceso de montaje surgieron partes muy emotivas. Un bailarín comentó que estuvo en una residencia en Nueva York, y de su experiencia recuperaba más que entrenar ballet de alto nivel, el hecho de haber aprendido el lenguaje de señas que utilizaba con su vecino. Un día se enteró de que se podía cantar (y desde luego, bailar) con este lenguaje y le pidió a su amigo sordomudo que le enseñara algo. Lo primeo que aprendió fue The Man I Love . Así, su pasaje pasó a escena en un cuadro donde el intérprete solo, parado en medio del escenario, hace bailar sus manos con la música de Gershwin y la voz de Ella Fitzgerald, ante un público sorprendido por el espectáculo.

La bailarina que a la postre se convertiría en la imagen de Nelken, quiso compartir la herencia de su padre: haber aprendido de él a tocar el acordeón. Alguien más recordó que lo que aprecia de la gente era la cercanía. Entonces en cierta parte de la función, un personaje vestido de smoking pide a la audiencia ponerse de pie, y seguir unas sencillas instrucciones: ubicar a una persona a su lado, ponerse enfrente uno del otro, levantar el brazo derecho, dejar el izquierdo abajo, luego dar un paso al frente y después cerrar los ojos y juntar las manos en la espalda de la otra persona. ¿El resultado? Un abrazo colectivo en medio de una función de danza que nos hace recordar quienes somos y porqué estamos allí. Más de uno llora en esa parte.

Este Grupo es más que danza. Lo comprueban las escenas alejadas de la sensiblería y más bien apegadas a los sentimientos que con frecuencia no dejamos fluir. Luego de una hora de espectáculo, un bailarín se detiene en un extremo del escenario e increpa al público en un español con fuerte acento francés. Les recuerda que probablemente estén hasta ese punto de la función decepcionados por ver a una Compañía de danza que poco ha bailado y en una especie de monólogo explica que él es bailarín y que si lo quieren ver bailar lo puede hacer. Enseguida ejecuta con impecable técnica, sobre el tapete de claveles, un manège de pirouettes, grandes saltos y jetès para terminar en una serie de pirouette, fouettés… pirouette, fouetté; no cabe duda, los bailarines bailan.

Durante el proceso de montaje, casi todos dieron algo de su propia experiencia, pero todos se cuestionaron la razón por la que bailaban. Un día la coreógrafa les preguntó por qué lo hacían y si acaso se hubieran detenido a pensar la razón. La respuesta se encuentra en la escena final de Nelken.

Los bailarines, adoptando una foto de los grandes ballets, sudados con el sudor de más de dos horas, con el vestuario semidestruido y pisando miles de claveles, esperan su turno frente a un micrófono colocado en el proscenio.

Lo que contestaron es real. Todos lo hacen en el idioma propio del público. Todos se esfuerzan en hacerlo así sin importar su idioma de origen.

Una bailarina japonesa dice que toda la vida creyó tener la vocación para ser maestra de kinder. Sus insolentes alumnos acabaron pronto con su paciencia y buscando calmar sus nervios entró a clases de ballet. Por eso es ahora bailarina.

Un bailarín dijo que sufría de insoportables dolores de espalda causados por el karate, mismo que intercambió por la danza en su vida; otro más dijo que recuerda que su primera función de ballet la vio a los 5 años y fue el Cascanueces. Luego, en su vida comenzó a atormentarle su identidad sexual y tratando de encontrarse a sí mismo entró a hacer ballet. Cuenta que ahora disfruta más que nada el Cascanueces y que resolvió su tortura.


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Pina Bausch Tanztheater Wuppertal – Foto: Ulli Weiss


También se encuentra el desempleado que tratando de ocupar el tiempo y alejarse de su situación comenzó a bailar, o la histérica que buscó paz en la danza como medio de evitar el suicido y a cambio encontró su vocación. Inevitablemente apareció también quien fue arrastrada por su madre a las clases de ballet como medio de expiar su propia frustración. Una vez entendido eso, hizo de la danza su forma de vida.

Parecieran razones alejadas de la misma danza. Razones sin embargo, humanas. Quizá las razones menos sospechadas para bailar frente a un publico que espera recibir algo que se quiera compartir. Las razones sin embargo coinciden en cierto punto: en la complicidad con los otros, en la locura por hacerlo, en la necesidad de hablar con los pies y con el cuerpo cuando no se puede de otra forma; coinciden en el punto de creer que la vida puede ser mejor y que el arte tiene ese poder de transformación.

Y tú… ¿por qué bailas?

Por Germán García G.
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