Balkan Erotic Epic. El aquelarre sesgado de Marina Abramović en el Liceu: cuando el rito se convierte en espectáculo

No tenemos que normalizarlo todo solo porque esté dentro de un marco artístico.
No todo lo que se presenta bajo la etiqueta de arte contemporáneo merece ser celebrado como extraordinario.
A veces, quedarse hasta el final de una obra por prestigio, por el peso del nombre o por la obligación de “entender” es una forma silenciosa de violencia hacia uno mismo.

por Carolina de Pedro — Barcelona, 30 de enero de 2026

La obra se presenta con un argumento claro: la importancia del mito y del ritual en la cultura balcánica, y la celebración del cuerpo, la fertilidad y los ciclos eternos de la vida y la muerte.

Bien.
Pero entonces surge la pregunta.

¿Qué pasa cuando el rito se convierte en espectáculo? ¿Quién sostiene la energía que se invoca simbólicamente?
Desde luego, el público no.
El público lo recibe con los brazos abiertos y con la medalla de oro del Liceu como broche final.

En Balkan Erotic Epic, una obra construida a partir de rituales tradicionales de los Balcanes, nadie asume la responsabilidad energética de lo que se muestra, ni tampoco el límite entre arte y mal gusto.
Ni los intérpretes, que ejecutan.
Ni el público, que consume.
Ni la institución, que legitima.

Cuando un rito se convierte en espectáculo pierde su sentido más sátvico y se desplaza hacia una experiencia claramente rajásica: estímulo constante, impacto, exceso. La repetición ya no induce trance, sino cansancio, agobio, saturación. El símbolo deja de ser sagrado y se vuelve imagen. Imagen insistente, reiterativa, vacía.

La energía queda suspendida, neutralizada. No transforma, no inicia.
Se muestra, se exhibe, se absorbe entre carcajadas, risas nerviosas y ovaciones. Se consume.

Balkan Erotic Epic. El aquelarre sesgado de Marina Abramović en el Liceu: cuando el rito se convierte en espectáculo
Balkan Erotic Epic. El aquelarre sesgado de Marina Abramović en el Liceu: cuando el rito se convierte en espectáculo – © Marco Anelli

Todo el discurso sobre los rituales tradicionales de los Balcanes convive con un dispositivo escénico que convierte el rito en espectáculo y el mito en producto. El shock parece ser el recurso: ¿tiene que ser brutal para mantener la atención, para generar expectativa, para justificar su potencia? Lo que se anuncia como celebración acaba funcionando como un exceso de imágenes, gestos e impulsos sexuales, mostrados sin pudor.
¿Pudor? ¿Qué es eso?

Ya al entrar en la sala casi en penumbra, vemos a la cantante Svetlana Spajić sentada en un trono en medio del escenario oscuro, ataviada con un gran sombrero negro y un vestido–capa negro. Es inevitable advertir que es presentada como una figura de poder, mientras, al comenzar la función, entona un largo lamento fúnebre por Josip Broz Tito.

En ese sentido —simbólico, no doctrinal— el gesto en la obra es, una vez más, oscuro.

Fotografía: Marco Anelli / Cantante: Svetlana Spajić
Fotografía: Marco Anelli / Cantante: Svetlana Spajić

Muchas escenas son de duración: se repiten, se acumulan, insisten.
Otras alcanzan un clímax y se reinician como si nada hubiera pasado. Un ejemplo claro: las mujeres que, gritando con una furia sostenida, muestran sus vaginas y el ano una y otra vez. Y por si no lo has visto bien, no pasa nada: la imagen se amplifica en la pantalla gigante del fondo del escenario. Así que verlas, las verás. Sí o sí.

El mismo mecanismo se repite con figuras desnudas bailando con esqueletos de grandes lenguas rojas en un duelo por sus esposos muertos; con una boda negra donde un joven soltero fallecido se une simbólicamente a una joven; con bailarines vestidos de negro que se lanzan unos contra otros y contra el suelo; con hombres desnudos masturbándose boca abajo; con mujeres que, con pañuelos en la cabeza, faldas negras y camisas blancas, se desnudan los pechos mientras permanecen en círculo, sujetándolos.

Amasadores de pecho. Orgías de esqueletos. Penes de cinco metros.
En ese mismo registro se habla también de los testículos del hombre, de la necesidad de tocarlos como gesto ritual, e incluso de tocar los genitales a un animal —un toro—, llamados en la obra “huevos”, como práctica destinada a invocar fertilidad, fuerza o protección.

Todo se dice, se muestra y se subraya, pero el sentido último del gesto se diluye entre la acumulación y el exceso.
Gritos, gemidos y cánticos rítmicos que resuenan en el escenario.

En Balkan Erotic Epic, Abramović invierte a Eros, lo priva de potencia y de sentido; el deseo queda muerto, sin alma.

Me niego a llamar a todo esto erotismo.
No lo es.

Aquí no hay erotismo. Hay exhibición, insistencia, agotamiento.
Hay cuerpos expuestos. Hay sexualidad mostrada.
Llamar a esto erotismo es vaciar la palabra de sentido.

Si esto es erotismo, Marina Abramović mató al erotismo.
Lo vulgarizó hasta volverlo irreconocible.
Lo deformó hasta aniquilarlo.

Y usarlo como coartada estética y artística solo sirve para blanquear una experiencia que no seduce: golpea.

No es una misa negra.
No es un aquelarre completo.
Es la museificación de una misa negra posible.

Agotador.

Y no: lo que me genera rechazo no es el ritual en sí —que pudo haber existido o no, vaya uno a saber—, sino la manera en que se decide contarlo.
Ahí es donde te cortas, justo en el fino filo de la navaja.

Balkan Erotic Epic. El aquelarre sesgado de Marina Abramović en el Liceu: cuando el rito se convierte en espectáculo
Balkan Erotic Epic. El aquelarre sesgado de Marina Abramović en el Liceu: cuando el rito se convierte en espectáculo Photograph – © Marco Anelli

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