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Fernando Alonso Rayneri, leyenda de la danza cubana

2 noviembre, 2007
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Aunque lo niega con su modestia de artista, el bailarín -de 94 años- uno de los bailarines cubanos más importantes del mundo y toda una leyenda de la danza clásica.

Él lo niega, pero a su edad aún vive y respira ballet. “Para mí la danza es como una bacteria muy contagiosa y, lo peor, es que no existe antibiótico. Te atrapa y no puedes escapar de ella”, dice.

Está en Bogotá por la presentación del Ballet Cubano de Camagüey y por los talleres de danza que se dictarán en la Escuela de Ballet Clásico Carlota Grisi. “Siempre voy a viajar al lugar donde me necesiten y pueda ayudar a que se desarrolle más el ballet”, dice. Rayneri recuerda la noche en que su compañía se presentó en Mongolia y nadie aplaudió. En una ciudad a 58 grados bajo cero, él y los demás artistas esperaban nerviosos a que la gente, una vez terminada la presentación, los ovacionara. De repente, se empezó a multiplicar en el auditorio un ruido que los asistentes hacían con la boca.

“Un rato después, cuando pensamos que la obra había sido un fracaso, alguien nos dijo que en ese lugar no se aplaudía con las manos”, cuenta Alonso, que aprendió que el sonido era la ovación de los asistentes a la gala. Luego de 70 años sobre el escenario, los capítulos como ese y de los millones de aplausos que sí ha recibido desde México hasta Bulgaria, no lo han dejado retirarse de su expresión artística. En esas travesías, confiesa que ha visto ballet bueno y ballet malo, pero siempre ha estado abierto a nuevas propuestas en el escenario y, sobre todo, a promover esa expresión artística en medio de la competencia de la tecnología, el cine y la televisión.

El ballet me lo ha dado todo’

“Hay que ir enseñando, mostrando y bailando mucho, para que la gente la comprenda y la asuma como una expresión artística, que en este momento se enriquece más y es más técnica y variada. Tenemos que cultivar un público, porque sin él no hay ballet”.

Pero mientras sigue en esa campaña, Alonso reconoce que hay momentos en los que no vive ni respira por la danza. “Cosa difícil, pero me encanta la espeleología, meterme bajo tierra y descubrir cavernas, estalactitas, ríos… También me gusta leer, sobre el cuerpo humano, los músculos y todos los mecanismos que están relacionados con la vida del bailarín”. Aunque es considerado por muchos como una leyenda viviviente en su disciplina artística, él trata de escapar a los elogios diciendo que no le importa tanto la fama.

“Eso no me desvela. Pero si volviera a nacer lo haría de nuevo, porque el ballet clásico me lo ha dado todo en la vida, el aplauso de un público emocionado y ver cómo crece un bailarín todos los días es algo que no se puede superar”, concluye el maestro. www.eltiempo.com

Fernando Alonso: la inteligencia en los pies
por Dafné Reloba y Claudia Delacroix


Nació el 27 de diciembre de 1914 en La Habana. El padre, Matías Alonso, era contador; la madre, Laura Rayneri, una importante concertista que dormía a sus hijos tocándoles el piano. Ambos imaginaron una carrera diferente para Fernando Alonso, que llegó a recibir clases de violín, pero “la inteligencia se me fue para los pies. Y eso fue lo mejor que me pasó”

Ha sido profesor en numerosas compañías y fundador, con su hermano Alberto y la excepcional Alicia Alonso, de la escuela cubana de ballet. Pero antes fue gimnasta, secretario y radiólogo. Otra de sus vocaciones, la de explorador: es fundador de la Sociedad Espeleológica de Cuba. Todos los bailarines a quienes enseñó subrayan en él esa sabia cualidad del maestro que va más allá de la técnica: formar el espíritu de sus discípulos.

¿Cómo llegó al balle?
Regresaba de estudiar en el exterior cuando vi a mi hermano Alberto en la Sociedad Pro Arte Musical, donde tomaba clases. Bailaba Coppelia con Alicia Alonso, por entonces Alicia Martínez del Hoyo. Era tan elegante y varonil que pensé: “Me encantaría bailar eso”. Alberto había sido contratado por el Ballet Ruso de Montecarlo y salió para París, y de allí a Cannes, a sumarse a la compañía. La idea de bailar y además viajar, conocer el mundo, me pareció formidable. También me gustaba mucho el ejercicio y me di cuenta de que el ballet combinaba lo musical con la fuerza física. El entrenamiento que tenía me facilitó aprender a bailar.

Cuéntenos de su experiencia en Estados Unidos
Cuando empecé a bailar, como aquí no había compañía, decidí ir a Estados Unidos. Allí trabajaba en una firma de productos para rayos X por el día y en las noches iba a la escuela de Michael Mordking. Pasé hasta un curso de radiólogo y participé en una investigación sobre la tuberculosis en Harlem, Nueva York, y me las ingenié para que me tocara tomar las medidas a las muchachas. Así aprendí sobre la figura femenina. Un día, los maestros de la escuela de ballet me vieron condiciones y me contrataron como miembro de la Compañía de Mordking.

¿Y Alicia Alonso?
Había notado su forma de bailar muy peculiar. Tenía por naturaleza el turn out (virado hacia afuera) que es muy raro y propicia una línea muy linda en las piernas. Sus pasos lucían extraordinarios. Yo veía a otras bailarinas, norteamericanas, europeas, y no eran como ella. Había en Alicia una sensualidad, un endulzar la música, y me di cuenta de que esa debía ser la cualidad de las bailarinas cubanas. En las clases de ballet nos pasábamos mucho tiempo conversando sobre lo que íbamos a hacer. Cuando empecé mi carrera como bailarín en Nueva York, como nos habíamos prometido casarnos, le arreglé el viaje. Pero estaba embarazada y llegó a la ciudad con su barriguita y sus piernas viradas hacia afuera, y así andaba por todas partes hasta que nació la niña.

Lo demás es historia

¿Cuándo y cómo surgió la idea de fundar una academia cubana de ballet?
Estudiar ballet en mi época era una verdadera odisea. Era un arte que no se conocía en Cuba y había muchos prejuicios. Siempre quise que el pueblo entendiera la danza, y para ello debíamos trabajar en formar bailarines y crear un público al que le gustara la danza, pero lo fundamental era que las chicas y los chicos no tuvieran que pasar por lo que nosotros pasamos para aprender a bailar, en contra de la opinión de la generalidad de la sociedad, a principios de los años 30 del siglo XX.

Primero hicimos la compañía, con muchos bailarines extranjeros que se iban al concluir los contratos. Decidimos fundar una escuela donde los cubanos pudieran aprender el estilo, esencialmente el de Alicia, a quien llamaban el milagro. Debíamos tener muchos milagros, bailarinas de la escuela cubana, pero con sus propias características, algo que logramos con Aurora Bosch, Mirta Plá, Josefina Méndez y Loipa Araújo.

Después usted dejó el Ballet Nacional y se fue al de Camagüey. ¿Por qué?
Cuando Alicia y yo nos separamos, entendimos que en la compañía chocaríamos mucho, pues yo era el director general y ella la directora artística, pero yo impartía clases, incluso a ella. En ese momento, el gobierno me pidió que dirigiera las escuelas de ballet, una actividad que de hecho ya hacía, y después, que ayudara al Ballet de Camagüey, que se encontraba en un momento crítico, a reencontrar su camino. Lo hicimos, y es un trabajo que no se debe perder.

¿Qué ocurrió entonces en el plano sentimental?
Estaba enamorado de otra bailarina muy talentosa de la compañía y luego me enamoré y me casé con una camagüeyana, y en esa provincia tengo mi otra familia, una extensión de mí. Estoy dividido entre La Habana y Camagüey.

¿Cuál ha sido el momento más triste de su vida?
Estaba en Bucarest, en el teatro Principal de esa ciudad, ensayando para una función del Ballet Nacional de Cuba. La orquesta en el foso, los periodistas en el lunetario, bailarines, tramoyistas, luces, todos listos. Y me llamaron por teléfono desde Cuba. Mi madre había muerto. Estuve cinco minutos concentrándome, llorando por dentro, y luego hice el ensayo general. El espectáculo debe continuar, como dicen. Todavía a veces, cuando escucho el Concierto No. 1 de Chopin, me siento muy cerca de mi madre.

¿Y el más feliz?
Uno de ellos, cuando recibí la llamada del Manhattan Women Hospital y me dijeron: “Su mujer ha tenido una hija”. Y fui inmediatamente a ver a mi hijita, y la trajo una enfermera. Era una niña preciosa.

¿Cómo se ve la vida a los 90 años?
Cada persona debe pasar sus propias experiencias, la visión del mundo depende de la psicología individual, pero a estas alturas me gustaría explicarle a alguna gente que con la guerra no se resuelven los problemas, que debemos trabajar para amar. Admiro mucho al sexo femenino porque es la representación del amor. Nada es fácil en la vida, pero mientras más difícil, cuando se logra un objetivo, más valor tiene. Pub.: 7/1/2005
www.solysonmagazine.cu


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