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La danza de Martha Graham



10 mayo, 2007
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Poseedora de un estilo lleno de  simbolismo, espiritualidad, psicología y fuerza expresiva, la bailarina y coreógrafa estadounidense Martha Graham, creadora de uno de los métodos más famosos de la danza contemporánea, nació el 11 de mayo de 1894 en Pittsburgh, Pensylvania.

Cuentan sus biógrafos que empezó sus estudios de danza en 1916 en Denishawn, escuela y compañía fundada por Ruth Saint Denis y Ted Shawn, de quienes aprendió la utilidad de valorar las danzas no occidentales.

A pesar de no contar con las aptitudes técnicas de sus compañeras, poseía una cualidad que la distinguía de las demás: su extraordinario fervor.

La tenacidad y entrega emocional de Martha eran excepcionales y compensaban cualquier tipo de carencia. Ello la llevó en 1923 a convirtirse en profesora de la Eastman School of Music de Richester, y desde entonces se dedicó plenamenta a la coreografía.

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Será tres años después, en 1926, cuando debutó como artista independiente en Nueva York. Por esas fechas abandonó las enseñanzas clásicas y románticas y comenzó a interesarse por la danza contemporánea.

“Haré este tipo de trabajo o cualquier otro que desee hasta que el público me indique que debo detenerme”, fue la respuesta que dio la bailarina a las críticas recibidas de sus maestros cuando decidió abrirse camino sola. Como maestra, Martha reclamaba la más absoluta entrega, en sus clases nadie reía, charlaba ni murmuraba.

No había ni “buenos días” ni “adiós”, sólo se escuchaba su voz dirigiendo indicaciones. Para ella, la disciplina era la fuente del éxito: “El bailarín es realista, su arte le enseña a serlo. No importa si el pie está en puntas o no, ningún sueño lo pondrá en puntas por nosotros. Para ello se necesita disciplina, no sueños”, sentenciaba.

En los años 30 la danza moderna sufrió un verdadero cambio de rumbo, pues al igual que en otras corrientes artísticas, sobre todo el teatro, el agitado clima político y social de la década influyó en el movimiento de manera decisiva. Los nuevos coreógrafos mostraban un gran compromiso social y un deseo de llevar la danza a una mayor cantidad de público. A su vez, también crecía entre ellos un fuerte desprecio hacia el ballet “de establishment” y la liviandad de sus argumentos, que sólo reproducían el romanticismo del siglo XIX y estaban dirigidos a una elite.

Graham no estuvo ajena a este movimiento e influida por la corriente filosófica existencialista, especialmente por su amigo Jean Paul Sartre, y el socialismo, sus trabajos “Heretic” y “Sketches for the people”, eran estudios sobre la rebelión de masas.

Pero si en algo su trabajo fue realmente revolucionario fue en su necesidad de expresar la realidad de su país y lograr un estilo que se diferenciara del ballet europeo. En sus obras “Frontier” y “Appalachian Spring”, la coreógrafa reflejaba la vida cotidiana del pueblo estadounidense. En la década de los años 50 ya era una de las bailarinas más renombradas del mundo y la auténtica líder de la danza moderna.

Su producción coreográfica era enorme y sus temáticas se habían ampliado hacia direcciones tan diversas como los rituales religiosos, la mitología griega, la condición de la mujer, las tragedias poéticas y la sátira.

Además, en la mencionada época tenían un halo de sensualidad y pasión gracias al gran amor que estaba viviendo con uno de sus bailarines.

El gran aporte técnico de Graham a la danza fue la creación de un nuevo método denominado por ella misma “contracción y relajación”.  A partir de movimientos curvos y ensimismados del torso expresaba una parte esencial e ineludible del ser humano, olvidada hasta entonces: el dolor.

Si en el ballet clásico uno de los propósitos básicos era ocultar el esfuerzo, ella lo hacía visible porque “es parte de la vida”. De esta forma, todo el abanico de sentimientos quedaba representado: odio, amargura o éxtasis eran transmitidos con un solo gesto. Graham se concentró en el torso como fuente de vida, como motor.

“Los brazos y las piernas pueden ser usados para manipulaciones o traslados, la cabeza para decisiones y juicios. Pero todo, cada emoción, se hace visible primero en el torso. El corazón late y el pulmón se llena, allí está el aire y con él la vida”, decía.

Este estilo coreográfico le dio a sus obras una visión dura y angular, con reminiscencias cubistas; como en su célebre obra “Lamentation”, en la que la bailarina expresaba la angustia de una mujer, envuelta en un largo tubo de tela elástica en el que sólo su cara quedaba expuesta.

Estas formas eran muy poco familiares para el asiduo público de ballet, que en un prinicipio la acusó de bailar de forma “antiestética”. A pesar de la fama y los honores, a la bailarina le costaba cada vez más sostener su compañía, ya que se negaba a que sus obras fueran representadas por otros grupos de danza o por alguien que no hubiera sido entrenado en su enseñanza y estilo. Por lo demás, sabía que al entregar sus coreografías a otros grupos perdería el control de las mismas y esto podría desvirtuarlas.

En 1968, a los 64 años, Martha Graham dio su última función como bailarina. Desde hacía tiempo la crítica y sus propios compañeros la presionaban para que dejase el escenario. El costo de esta decisión fue muy grande: la coreógrafa cayó en un colapso físico y moral durante varios años. Sin embargo, en 1973 renació de sus cenizas: volvió a crear coreografías, a ponerse al frente de su compañía y a acompañarla en las giras hasta su muerte, ocurrida el 1 de abril de 1991.

“Nunca pienso en las cosas que hice; sólo en las cosas que quiero hacer, en las que todavía no he hecho”, aseguró en la última entrevista que concedió, hecha poco tiempo antes de su fallecimiento.

A lo largo de su carrera, Graham creó más de 200 balletes y hoy en día su escuela, su compañía y su técnica continúan vigentes.  Fuente Notimex/AYV

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