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Les contes d’Hoffmann. Introducción

28 enero, 2013
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Gracias a su correspondencia de juventud y a su diario íntimo, a los testimonios de sus amigos y a las notas de su editor, conocemos con bastante fidelidad la vida triste, nerviosa y atormentada, agitada e insatisfecha, de Ernst Theodor Wilhelm Hoffmann, que pasó a ser en 1812 Ernst Theodor Amadeus Hoffmann por amor a Mozart.

Por Agathe Mélinand

Una vida de huidas, viajes, un trabajo de funcionario de Administración, una vida de música, óperas, pintura, la vida de un genio, su vida… empapada en ese alcohol que te hace ver diablos subiendo tu escalera, una existencia corta y desesperada, agitada por crisis nerviosas en que los gnomos renqueantes y las fuerzas del mal jugaban con todas aquellas mujeres a las que habría podido amar. ¡Cuentos! ¡Veinte volúmenes en la traducción de Loeve-Veimars!

¿Cómo no pensar en Rusia, en Transilvania, esos países en que te devoran los vampiros? Una de las claves de la obra de Hoffmann se encuentra en la influencia de ida y vuelta que recibe y que ejerce en los países del Este. En 1804, el escritor se encuentra en Varsovia durante la ocupación prusiana. Hoffmann tiene la revelación de «la literatura nueva» y descubre a Gozzi y a Calderón, así como al poeta Arnim, El simbolismo de los sueños y Los aspectos nocturnos de las ciencias naturales de Von Schubert. En Varsovia, Hoffmann se apasiona por el teatro, la ópera, el dibujo, esboza diez proyectos de óperas, funda una «sociedad musical». A cambio, la influencia de Hoffmann en la literatura rusa es inmensa (Gógol, Dostoievski y Bulgákov). Los personajes gesticulantes y diabólicos de El maestro y Margarita están emparentados con los demonios de frac rojo imaginados por Hoffmann. ¿Y ese gato que habla, no es hermano enemigo del Perro Berganza o primo del Gato Murr?

¡Y la obsesión por el amor! Hoffmann, funcionario desgarrado, huía de los amores románticos, esas primicias mentirosas de una vida burguesa y limitada. Sabía que las sonrisas gentiles y la pasión desbordada son solo el anuncio de una prisión burguesa que encerrará al artista y le cortará las piernas o lo dejará ciego… Sin embargo… este enamorado aterrado que comparte los miedos de Stendhal (sin el orgullo) cederá, a diferencia del «paladín del Romanticismo», a un matrimonio sencillo.

En 1822, tras algunos amores desdichados, se casa con una joven polaca, Michaelina, que hasta el fin será una esposa discreta y paciente. ¡Muy alejada de las pequeñas burguesas estridentes y molestas o de las aventureras que rechazaban a Hoffmann llenando su obra!

Al artista… ello no le impide enamorarse locamente y sin esperanza, durante unas lecciones de música, de su alumna, la joven Julia Marc. Era en Bamberg; ella contaba 13 años, él tenía 34… ¿Hay algo más vulgar? Pero en medio del romanticismo imperante y en sus delirios, «Hoffmann está enamorado». ¡Estrepitosamente! ¡Y sin esperanza, lo cual es mejor! Turbada, la familia prometió a la joven con un comerciante. Durante unas crisis nerviosas, Hoffmann llegó a insultar en público a Julia y a su madre.Esta desdicha amorosa transformada por el artista nutre, como de costumbre, su obra literaria. Es sobre todo este problema recurrente de la elección entre la mujer y el arte, entre el amor que te devora y la creación que te alimenta (!), lo que pondrán de relieve Jules Barbier y Michel Carré en 1851 en su obra para el Théâtre de l’Odéon. ¿Por qué Hoffmann? Porque en esa época, gracias a la traducción, o más bien a la adaptación de Loeve-Veimars, es el autor alemán más leído en Francia. «Sus cuentos han sido leídos por todo el mundo; han complacido a la portera y a la gran dama, al artista y al tendero», escribe Théophile Gauthier en 1836. Lo que seguramente gusta en Hoffmann, aparte de lo fantástico, es el humor, es esa mirada cáustica que acaricia y destroza a los protagonistas. Hoffmann escribe de forma sencilla, abrupta, no nos «lo da a entender»… Barbier y Carré utilizarán su personalidad fascinante para crear una especie de antihéroe desgraciado, cegado, enamorado, hiperentusiasta… ¡hechizado!

Y es en 1873, tras la falta de representaciones en el año 1867 de una primera ópera escrita por Hector Salomon que no se representará en La Porte Saint-Martin por unos problemas de derechos que enfrentan a los autores, cuando Offenbach comienza su colaboración con Barbier…

El resto es conocido, es la larguísima y fantástica historia de una ópera inacabada y que brindó por fin una gloria «seria», aunque póstuma, al pequeño Mozart de los Campos Elíseos.

Esta es nuestra nueva versión…

Por Agathe Mélinand
(introducción al libreto de Les contes d’Hoffmann)

selecciones  Les contes d’Hoffmann. Introducción
Agathe Mélinand
Co-Director, Théâtre National de Toulouse Midi-Pyrénées

©2013 Danza Ballet

 

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