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Madama Butterfly: Un escenario para la soledad

15 marzo, 2013
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Madama Butterfly es posiblemente una de las óperas que mejor retrata, desde el punto de vista teatral, el drama íntimo de su protagonista. Un auténtico monodrama. Esa calidad dramática guía la puesta en escena de Moshe Leiser y Patrice Caurier. El monodrama de Cio-Cio-San se potencia con una elegante síntesis de la tradición escénica japonesa y europea. Una relación que dejó de ser anecdótica a partir de los postulados teatrales de la dramaturgia contemporánea. Un montaje de una gran austeridad formal inspirado en los espacios escénicos centenarios del teatro japonés (como el Noh y el Kabuki). Un despojamiento escenográfico para colocar en el centro de la puesta en escena la tragedia de Butterfly. Un drama subrayado sutilmente por el simbolismo de la cultura japonesa.

La estética y su poder de comunicación es un elemento central para comprender, en parte, la génesis de una ópera como Madama Butterfly. El interés de Puccini por la pequeña tragedia de una insignificante geisha –nada que ver con las sofisticadas profesionales de Kyoto–, una casi adolescente vendida por un puñado de yenes a un marino norteamericano, sólo se explica por el atractivo imperecedero del melodrama y la fascinación visual que despertó en Occidente la última gran cultura abierta a la voraz e insaciable curiosidad del mundo.

Más de tres siglos de voluntario aislamiento, entre la expulsión de los portugueses y españoles en 1639 y el tratado comercial con Estados Unidos en 1854. Un acuerdo forzado por la aparición de la Armada estadounidense frente a la costa de la ciudad de Shimoda. Los «barcos negros» del comodoro Perry. Japón entra en la modernidad empujada por el imparable expansionismo occidental de la segunda mitad del siglo XIX, aunque con la ayuda y convivencia de un conflicto político interno que culmina en 1867 con la restauración Meiji y el fin del sistema feudal de los shogun.

Serán las imparables leyes del mercado las que despertarán y propagarán el interés por una cultura sofisticada que prosperó alejada del canon de Occidente. En realidad, el japonismo entra en Europa como otro exotismo ornamental que se adaptará –como ocurrió con las chinoiseries– a los gustos de la burguesía. Pero Japón también atraerá la curiosidad de la cultura y –como signo de los tiempos– de la bohemia intelectual. Un interés que evolucionó sorprendentemente de la simple importación de bibelots decorativos, a la asimilación de conceptos más abstractos y duraderos, como la influencia de la casa tradicional japonesa y su relación con el espacio en los nuevos movimientos de arquitectura nacidos a principios del siglo XX. Sin la internacionalización de la casa japonesa no se podría entender la obra de Wright, Loos o Neutra, incluso la de Gropius y la Bauhaus.

Madama Butterfly podría considerarse una obra inmersa en este potente contexto esteticista que irrumpe en Occidente a finales del siglo XIX, incluso representativa de una cierta evolución a partir del primario expolio ornamental. Es un tímido intento – quizá por la influencia evangelista de la obra de John Luther Long– de distanciarse del exotismo decadente, de antecedentes como Pîerre Loti y su Madame Chrysanthème, camuflado relato de un estupro. A través del lenguaje de la ópera verista se inicia un proceso serio de asimilación de una cultura ajena, aunque, en honor a la verdad, ese cambio no entraba conscientemente en los supuestos de Puccini. Él sólo asume la lección redencionista de la Madame Butterfly de Long.

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Madama Butterfly. Covent Garden © BILL COOPER

 

Mundo flotante

La dramaturgia contemporánea encontró en la cultura japonesa nuevas reglas de juego que ampliaban su campo de acción y aportaban nuevos lenguajes y soluciones escénicas. No es difícil reconocer la influencia del ritual y el simbolismo del teatro Noh en Peter Wilson. La puesta en escena de Moshe Leiser y Patrice Caurier para Madama Butterfly no llega tan lejos en su destilado nipón, pero también se aleja sutilmente del estereotipo pictoricista, del paisajismo exótico de otras producciones de la ópera de Pucci Uno de los referentes más comunes en los montajes de Madama Butterfly es el Ukiyo-e («imágenes del mundo flotante»), el universo pictórico del período Edo entre los siglos XVII y XVIII, con sus paisajes y retratos estilizados, el delicado erotismo de sus figuras femeninas, las perspectivas planas tan extrañas y atrayentes a la mirada occidental. Otra fuente de inspiración son los códigos del espacio y sus nuevos usos.

La arquitectura japonesa es efímera, dinámica y pensada –entre otras cosas– como marco de contemplación de la naturaleza. El escenario único de Madama Butterfly, su exclusivo ámbito doméstico, ha sido aliciente suficiente para transformar la puesta en escena de esta ópera en un catálogo de estampas en las que plasmar tanto el arte como la arquitectura japonesa, con una fidelidad filtrada siempre por las necesidades dramáticas de la obra, como la propia ópera de Puccini.

El montaje de Leiser y Caurier se adentra en esta línea con el continuo movimiento de los paneles que abren o cierran el espacio dramático. Un juego escénico que utiliza los dos tipos de paneles que delimitan la casa japonesa, el fusume (opaco) y el shoji (traslúcido) para marcar sutilmente los cambios dramáticos de la ópera. Ventanas que se abren casi siempre a los paisajes emocionales de Butterfly, como la aparición tras los paneles de un estilizado cerezo en flor en el momento de la tragedia final de la protagonista. Metáfora de la fragilidad. Un anuncio de la muerte de Butterfly. Las delicadas flores de cerezo caen sin marchitar, en un gesto que se podría casi entender como un autosacrificio, como una muerte voluntaria.

El inevitable homenaje al «mundo flotante» también está presente, en los paisajes que se vislumbran tras los paneles móviles de la estilizada casa sobre la colina de Cio-Cio-San. Un fondo de escenario que se transforma en un gran biombo ilustrado que descubre tanto paisajes inspirados en los grabados de Utagawa Hiroshige (1797-1858) como en los motivos abstractos de los quimonos. El exterior siempre aparece como un paisaje artificial, recogiendo y potenciando la idea tradicional de la casa japonesa como espacio de contemplación de la naturaleza, concebida como una obra de arte enmarcada por una arquitectura puesta a su servicio.

El único momento con una premeditada vocación realista es la primera escena antes de aparecer Cio-Cio-San. En el escenario domina la mirada occidental, representada por Sharpless y Pinkerton. El paisaje que se ve desde la colina sobre la bahía es casi fotográfico. Todavía no ha irrumpido el mundo íntimo de Butterfly. Con los primeros compases que anuncian la llegada de su comitiva de boda, ese mismo paisaje se transforma ya en una naturaleza idealizada, pasada por el tamiz estético del «mundo flotante».

Síntesis escénica

A partir de aquí las referencias empleadas en esta puesta en escena se tornan más sutiles y complejas. Los directores tienen sobre todo presente que Madama Butterfly es un texto dramático de una gran teatralidad. A partir de esta idea, el montaje sitúa en el centro de la dramaturgia una síntesis de la tradición escénica japonesa. El gran tatami-isla en la que se concentra la acción es un espacio que evoca los escenarios del teatro japonés, sobre todo del sofisticado Noh. El escenario es un templete de madera, cubierto por tatamis y elevado sobre la sala, prácticamente despojado de ornamentos y unido al resto del espacio mediante una pasarela lateral, también cubierta. En la escenografía de Christian Fenouillat, la estructura superior del templete desaparece. Sólo queda la isla, subrayando la soledad del personaje protagonista: una mujer que ha roto los lazos con su comunidad y abandonada por aquel por quien se ha sacrificado.

Madama Butterfly no es un homenaje al teatro Noh. El concepto que guía este espectáculo es mucho más abierto a las distintas formas del teatro japonés, como, entre otros, el Kabuki –una expresión mucho más popular–, presente en el efecto escénico que acompaña a la aparición del tío bonzo, un espectacular movimiento del telón de fondo.

En esta visión sintética del teatro japonés que respira la puesta en escena de Leiser y Caurier quizá encaja el análisis que en las primeras décadas del siglo XX hizo Sergei Eisenstein sobre el teatro Kabuki. Según dejo escrito Eisenstein en Lo inesperado, el Kabuki integra en una única acción escénica movimiento, espacio, sonido y voz. Una integración que no se entiende como un acompañamiento en paralelo. Todos los elementos poseen el mismo protagonismo escénico hasta lograr un efecto que el cineasta describe como un «deslumbramiento completo»: «Apelando a los distintos órganos sensoriales, construye la acción teatral hasta alcanzar una provocación total en el cerebro humano, sin tener en cuenta cuál de los diversos caminos ha seguido».

Un concepto teatral que entra dentro de las aspiraciones de la dramaturgia contemporánea y que es fácilmente asumible por parte de la ópera, un género que desde Wagner es consciente de su capacidad para presentarse como un arte total.

La luz del monodrama

La voluntad de síntesis por parte de los directores de escena tiene, además, una segunda lectura. Moshe y Caurier incluyen un segundo parámetro histórico relacionado con Madama Butterfly: la idea del monodrama, la elaboración dramática centrada exclusivamente en un único personaje. Si el contexto escenográfico es una reflexión estética sobre las diferentes tradiciones teatrales japonesas, enlazada –como un puente entre Occidente y Oriente– con el vacío escénico impulsado y defendido por la dramaturgia contemporánea europea, el contexto dramático utiliza la austeridad formal del teatro japonés más depurado –y de nuevo volvemos al Noh– para potenciar el drama de Cio-Cio-San.

Si para lo primero el medio utilizado es el decorado y sus calculadas transformaciones, para lo segundo, el instrumento que expresa la idea es la iluminación. Cada final de escena se ha diseñado para potenciar la exclusividad del drama personal de Butterfly.

La resolución de las escenas sigue un mismo patrón: rodeada de oscuridad, un potente foco ilumina e encierra la figura de Cio-Cio-San, sola o con el personaje que en esos momentos comparte un momento de su relato dramático. Una luz indiscreta y cruel que lo deja todo en sombras excepto la tragedia íntima de la protagonista. Teatre Liceu

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Madama Butterfly. Covent Garden © BILL COOPER

 

 

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