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Montmartre y la bohemia del 900

30 abril, 2014
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Juan Carlos Tellechea

Periodista y crítico.
Nacionalidad: Uruguayo.
Lugar de residencia: Berlín.

El señor Tellechea se formó en la Universidad de la República Oriental del Uruguay y en la Escuela Latinoamericana de Periodismo. Reside en Alemania desde 1980 (primero en Bonn, y desde 1999 en Berlín) donde colabora con numerosos medios de comunicación de Europa, Estados Unidos e Iberoamérica.

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Eran tiempos en los que Montmartre no era más que un arrabal de París, con calles empedradas, caminos escasamente pavimentados o de tierra, pastizales, chabolas, casuchas de madera y molinos de viento, algo difícil de imaginar hoy. Aquí convivían y trabajaban a  finales del siglo XIX y comienzos del XX artistas como Edgar Degas, Pablo Picasso, Henri de  Toulouse Lautrec o Vincent van Gogh con costureras, lavanderas, bailarinas, prostitutas,  proxenetas, ladrones, estafadores, escritores, artistas de circo, trabajadores, mendigos,  vagabundos, alcoholizados crónicos, drogadictos, sifilíticos, tuberculosos, ruinas humanas  y marginados sociales.

colaboradores  Montmartre y la bohemia del 900

“Esprit Montmartre ­ La bohemia de París en torno al 1900” se titula una muy interesante muestra que tiene lugar en estos meses (del 7 de febrero al 1 de junio de 2014) en la Schirn­ Kunsthalle de Francfort (catálogo de editorial Hirmer Verlag / Múnich).

Bohemia

“El barrio se asemeja a un gigantesco taller artístico”, afirmaba no sin razón un crítico de la época. Montmartre había sido durante muchos años el microcosmos que abordaban primeramente obras literarias como “Scènes de la vie de Bohème” (1847­ – 1849) de Henri Murger (1822­ – 1861).

El sitio atrajo pronto a muchos artistas que, pese a provenir de familias de la alta burguesía, se habían inclinado por una vida pobre, de bohemia, al margen de la sociedad. Esta nueva cultura de marginado voluntario o involuntario se reflejaba de forma realista e impresionante en sus obras.

Muestra

Doscientas piezas, reúne esta exposición, entre óleos, trabajos sobre papel, fotos  históricas, grabados y carteles cedidos expresamente por instituciones como el Centro  Pompidou, el Musée d’Orsay, el Musée de Montmartre, el Musée Picasso de Antibes y el Museu  Picasso de Barcelona, el Museu Nacional d’Art de Catalunya, el Museum of Modern Art de  Nueva York, la Tate Gallery de Londres, el Musée du Petit Palais de Ginebra, la Kunsthaus  de Zúrich, el Stedelijk Museum y el Van Gogh Museum de Amsterdam, así como la National Galerie de Berlín, entre muchas otras.

La presentación abarca el lapso entre 1885 y el comienzo de la Gran Guerra en 1914, cuando la mayoría de los artistas se mudaron a Montmartre. Con las obras de 26 pintores como Pierre Bonnard, Ramón Casás, Edgar Degas, Kees van Dongen, Vincent van Gogh, Max Jacob,  Marie Laurencin, Pablo Picasso, Henri de Toulouse­ Lautrec, Suzanne Valadon y otros menos conocidos, pero no por ello menos fascinantes, se recrea aquí la histórica y singular  atmósfera de Montmartre en torno al 900.

Mito y realidad

“La aproximación que brinda la muestra, desde el punto de vista artístico­sociológico, considerando asimismo el contexto social e histórico, nos permite ver cuán grande era la diferencia entre el mito y la leyenda con respecto a la realidad del lugar”, afirma la  comisaria de la exposición Ingrid Pfeiffer.

El barrio anexionado a París a partir de 1860, ofrecía un mundo completamente opuesto y contrastante con la vida mundana de la capital francesa; una Ciudad Luz con calles sistemáticamente delineadas, amplios bulevares y grandes avenidas planificados por el urbanista Georges­ Eugène Haussmann.

Con sus canteras inactivas, sus viejos molinos, sus jardines, sus terrenos baldíos y su  barriada pobre, “le Maquis”, Montmartre conservaba un carácter más bien rural en aquel entonces. Era un campo abonado ideal para pintores, poetas, literatos y compositores como  Paul Verlaine, Jacques Offenbach o Erik Satie; todos ellos encontraban aquí viviendas de  bajo precio para arrendar, por supuesto, no siempre con conexión de agua corriente.

Artistas

Muchos, entre ellos Picasso (1909­ – 11, hasta 1912 tuvo aquí su taller), van Dongen (1906­ – 07), Otto Freundlich (1909­ – 11), Juan Gris (1906 – ­22), Max Jacob (1911), Amedeo Modigliani  (1908), André Salmon (1908­ – 09) vivían en el edificio más conocido del barrio, el “Bateau­ Lavoir”, en la Place Ravignan (hoy Émile Goudeau) junto con actrices, actores, lavanderas y  costureras.

El taller de Picasso era “(…) una casilla de madera para pintar”, relata su entonces  modelo y primera amante, Fernande Olivier. “(…) una mesa adquirida en un mercado de  pulgas, un viejo diván, el caballete. Separada de la pieza propiamente dicha, una pequeño  cuarto en el que había algo así como una cama. (…) El taller en verano era un horno.  Picasso y sus amigos recibían semidesnudos a los visitantes, vestidos sólo con un chal  anudado a la cintura (…) En invierno hacía tanto frío en el taller que los restos de te  que quedaban en las tazas de la noche anterior aparecían congelados a la mañana siguiente”.

Mirada

La pobreza mostrada en los cuadros era no sólo un espectáculo a exhibir, sino una autoesterilización de la bohemia, aparejada con una necesidad de libertad individual y artística. Los artistas descubrían en el barrio temas interesantes para sus lienzos y a través de su mirada personal promovían inusitadas formas de ver en su pintura.

Vincent van Gogh (1853 – ­1890), quien vivía en el barrio junto con su hermano Theo y odiaba el trajín de la gran ciudad, encontró en este ambiente pueblerino el motivo predilecto, el paisaje urbano “Montmartre, derrière le Moulin de la Galette” (1887).

El pintor francés de origen neerlandés, Kees van Dongen (1877 – ­1968), quien se afincó en París en 1899 y trabajaba con éxito como dibujante para numerosos periódicos, creó  encantadoras imágenes del barrio. En su obra abordó principalmente el tema de la rápida  urbanización, verbigracia en sus cuadros sobre la construcción de la basílica neobizantina  del Sacré­Coeur (“Montmartre, Le Sacré­Coeur”, 1904). Este apartado se complementa con  trabajos de los artistas catalanes Santiago Rusiñol (1861­ – 1931) y Ramón Casás (1866­ – 1932).

Azul y rosa

Del joven Pablo Picasso (1881 – ­1973) se muestran aquí obras de su período azul (1901 – 1904),  el primero netamente personal (lleno de dolor y tristeza por el suicidio, el 17 de febrero de 1901, de su amigo, el pintor Carles Casagemas, tras haber intentado asesinar a su  amante, una bailarina del Moulin Rouge), y de su período rosa (1904 – 1907).

Los inicios de su época rosa (verbigracia su cuadro “Femme à la chemise”, 1905) vienen determinados también por circunstancias personales, el conocimiento de Fernande Olivier, su primera pareja estable, y la toma de contacto con el crítico de arte, poeta y escritor  André Salmon, así como con el también poeta, novelista y ensayista Guillaume Apollinaire,  ambos
defensores del cubismo.

La denominación de “rosa”, más que referirse a una correspondencia cromática exacta como la azul, implica básicamente una suavización de las tonalidades y, sobre todo, un giro temático con la aparición de personajes relacionados con el mundo del circo. Pese a ello  Picasso mantendrá temáticas como las figuras solitarias y las maternidades, estableciendo  una linealidad discursiva de fondo con la época azul en torno a la condición humana  marginal o liminar.

Mercaderes

Muchos de los nuevos comerciantes de arte que se instalaron al pie de Montmartre, al  principio no eran más que puesteros de mercados pulgas y se aprovechaban a menudo de los  artistas que necesitaban urgentemente dinero para poder sobrevivir. Especialmente los más  pobres como Maurice Utrillo (hijo natural de la modelo y pintora Suzanne Valadon y de padre desconocido) y Amedeo Modigliani daban sus obras por pequeñas sumas de dinero, unas comidas  y alcohol. Pero con el ingreso de galeristas como Berthe Weill, Ambroise Vollard y Daniel­Henry Kahnweiler se profesionalizó todo y con ellos los artistas que representaban.

Dos mujeres

La exposición se dedica asimismo a dos destacadas artistas de Montmartre, Suzanne Valadon (1865­ – 1938) y Marie Laurencin (1883 – ­1956). Valadon fue modelo, musa y amante de numerosos artistas, entre ellos Auguste Renoir y Henri de Toulouse­Lautrec y una de las primeras  mujeres en romper con el papel tradicional de la mujer y emanciparse. Observaba a los  pintores, escuchaba sus conversaciones sobre arte y llenó con dibujos docenas de cuadernos  de bocetos.

Fue Edgar Degas quien descubrió su talento y la promovió como pintora. En la  exposición se exhiben algunos desnudos y autorretratos de Valadon, como “Autorretrato”  (1883), de la colección del Centre Pompidou de París.

A Laurencin, quien se formó primero como pintora de porcelana, podemos verla en el cuadro cubista “Apollinaire et ses amis” (1909), también del Centre Pompidou. La artista se  presenta junto con sus amigos Fernande Olivier, Picasso y su perro, así como su promotor  Guillaume Apollinaire. La influyente coleccionista Gertrude Stein adquirió este cuadro y  dio a conocer a Marie Laurencin entre los vanguardistas.

Toulouse-Lautrec

En el 900 había en Montmartre 40 café­concerts, cabarets y teatros de variedades en los que actuaban estrellas como Aristide Bruant, quien cantaba composiciones de crítica social en  el
argot de los arrabales de París; primero en Le Chat Noir, después en el Mirliton.

Entre las bailarinas más retratadas por Toulouse ­Lautrec figuraban “La Goulue” (La golosa), cuyo verdadero nombre era Louise Weber (1866­ – 1928), la reina del cancán y del chahut (más acrobático aún), quien durante cinco años deleitó al público del Moulin Rouge con sus ocurrentes números de danza. Primero fue lavandera y con 14 años comenzó a actuar en diversos cabarets y teatros de variedades de Montmartre, a menudo con su pareja de baile “Valentin le Désossée” (Valentín el desosado/deshuesado), cuyo verdadero nombre era Etienne Renaudin (1843 ­- 1907).

Otra favorita de Toulouse­ Lautrec fue la bailarina Jane Avril (Jeanne Richepin, 1868 ­- 1943), quien con 16 años comenzó su carrera en el Moulin Rouge como sucesora de La Goulue. Trabajó después en el Jardin de Paris, Le Chat Noir y el Folies Bergère y debido a su dinámico estilo de bailar fue apodada también “La Mélinite” (La melinita, la explosiva).

Calle

Gran parte de la vida de Montmartre se desarrollaba en la calle o en sus numerosos cafés y tabernas. La exhibición incluye cuadros de Théophile­ Alexandre Steinlen (1859­ – 1923) que retratan escenas callejeras del barrio, entre ellos “Le 14 juillet 1895” (1895), de la  colección del Petit Palais de Ginebra. Las obras muestran la vida cotidiana de los  habitantes de Montmartre, en el trabajo, su pobreza, la indiferencia emocional y su rebeldía, individual y colectiva.

Los teatros de variedades, cabarets y circos, así como sus burdeles y locales de bajos  fondos, ayudaban a huir a sus habitantes de las compulsiones sociales. Escenas de cafés, hombres y mujeres sentados con la mirada perdida, absortos, idos ante sus copas de ajenjo;  las prostitutas con enfermedades venéreas o tuberculosas encerradas y aisladas en la  carcel­hospital de Saint­ Lazare son algunos de los duros motivos de los artistas de  Montmartre.

En este arrabal parisino, con la más elevada creatividad artística de aquel entonces, se esbozaba un conmovedor retrato de sociedad. El célebre barrio dió renombradas y casi olvidadas personalidades en el arte que acuñaron indeleblemente, todas ellas, la historia  cultural europea e internacional moderna, en los prolegómenos y en la entrada del siglo XX.

Páginas de Internet:

www.schirn.de

www.schirn-magazin.de

www.hirmerverlag.de

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