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Danza Ballet

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Nietzsche y la danza. II parte

20 febrero, 2008
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“Mi estilo es una danza, cómo danzar con las palabras.” Nietzsche

Nietzsche y la expresión vital de la danza. Otra forma de lenguaje.

Por Luis Enrique de Santiago Guervós
Facultad de Filosofía. Universidad de Málaga.

Última parte.

Nietzsche hubiese querido que sus frases cantasen como si fuesen música, y que sus palabras se moviesen como en una danza. Pero ¿pueden las frases bailar? ¿Puede el poeta decir tanto con sus rimas y su música? Sí, si ellas cantan la vida. Así pensaba Nietzsche cuando termina la Gaya ciencia con una canción de danza, danzando y cantando sobre los pensamientos escritos: “Estamos acostumbrados a pensar al aire libre, caminando, saltando, subiendo, bailando y mucho más en las solitarias montañas o cerca del mar donde incluso los caminos se hacen pensativos”. Más allá del bien y del mal termina también de la misma forma, expresando la finitud del lenguaje para captar la experiencia. En Ecce Homo hablando de la época en que escribía Zaratustra, mientras paseaba por los alrededores de Niza, escribe: “A menudo la gente podía verme bailar; sin noción siquiera de cansancio podía yo entonces caminar siete, ocho horas por los montes. Dormía bien, reía mucho — ”. Pero es sobre todo Zaratustra el que inaugura una nueva forma alegórica de pensar y de hablar, “¿pues no tiene que haber cosas sobre las cuales y más allá de las cuales se pueda bailar? ¿No tiene que haber, para que existan los ligeros, los más ligeros de todos?”.

Bailar es un juego con toda la gravedad e ilusiones de la seriedad, porque un pensamiento que danza es un pensamiento que desecha el sistema y las estructuras estables de los valores; es otra forma de pensar, otra racionalidad distinta, un nuevo camino mediante el cual se pone orden en el caos, pero no de una forma fija y estable, sino de una manera “alegre” y “ligera”, de tal manera que siempre queden abiertas nuevas posibilidades y otras formas de pensar. Por eso Nietzsche insistió casi desde el principio, que la única forma de superar el lenguaje conceptual que inauguró la metafísica como lenguaje científico, y no artístico, es que “aprendamos a pensar” y que hagamos que los conceptos bailen y provoquen así figuras artísticas y bellas como las metáforas, que constituyen los nuevos caminos del pensar. Estas son las recomendaciones de Nietzsche: “Aprended a pensar: […] –que el pensar ha de ser aprendido como ha de ser aprendido el bailar, como una especie de baile…¡Quién conoce ya por experiencia, entre alemanes, ese sutil estremecimiento que los pies ligeros en lo espiritual transfunden a todos los músculos! […] No se puede descontar, en efecto, de la educación aristocrática el bailar en todas sus formas, el saber bailar con los pies, con los conceptos, con las palabras; ¿he de decir todavía que también hay que saber bailar con la pluma, –  que hay que aprender a escribir?”. Esta es también la condición de una buena educación aristocrática: “bailar en todas sus formas: el saber bailar con los pies, con los conceptos, con las palabras”

Hablar del pensamiento como danza implica, por lo tanto, asumir la provisionalidad y el riesgo del pensamiento frente a la seguridad que ofrece una visión sistemática del mundo al estilo del racionalismo moderno. El danzador de cuerda, el funambulista, hace del peligro su profesión. La danza representa la “estabilidad en la inestabilidad”; es ese equilibrio mudable que se modela rítmicamente a sí mismo en su devenir y que crea constantemente con el cuerpo y sus gestos diferentes figuras, pero siempre vuelve a buscar el impulso en la tierra, donde encuentra realmente su sentido. Hay que tener la fuerza de ensayar continuamente, de buscar soluciones provisionales, con la constante amenaza de perder el equilibrio y equivocarse, de permanecer en la continua tensión que significa  la dialéctica de inmanencia y trascendencia, el salvar el sentido de la tierra y el anhelo por las alturas. Si Nietzsche se eleva hacia lo alto, hacia la montaña, es porque las cimas son el reino de la luz, y es en la luz donde nace el pensamiento. Pero también lo hace para cantar las palabras que celebran la vida: reír, danzar, alegría, ligereza, altura. Esta es la nueva terminología, el nuevo lenguaje de Zaratustra y de Nietzsche, la alternativa a una forma de pensar atenazada por la “seriedad” y el espíritu de pesadez. Nietzsche no es de los que llegan a los pensamientos “a golpe de libros”, sino “caminando, saltando, subiendo y bailando”. Frente a una obra de arte, frente a un libro sabio, frente a un hombre, el criterio valorativo y estético no es otro que este; “¿Sabe danzar?”. Y la respuesta no se encuentra  en la palabra, está en el cuerpo que danza, en la alegría del ser viviente. Ese es para Nietzsche y Zaratustra el verdadero lenguaje: “Una hermosa necedad es el hablar. Pero al hablar el hombre baila sobre todas las cosas”.

Y este lenguaje es para Nietzsche el lenguaje esencial, porque 1) trasciende el sentido esclerotizado y fosilizado que tienen las palabras acuñadas por toda una tradición metafísica; 2) porque al liberarse de los grilletes del lenguaje, se da alas a la capacidad creativa del pensamiento, que piensa artísticamente; 3) mirar a las cosas desde la altura es contemplarlas en su profundidad. Sólo el que tiene alas para volar cada vez más alto es capaz de ver lo profundo de la superficie, llegar hasta el fondo. Es por eso, por lo que el  hombre ha regalado a las cosas nombres y sonidos para reconfortarse en ellas. “Con sonidos baila nuestro amor sobre multicolores arcos iris”, dice Zaratustra; los animales le responden: “todas las cosas mismas bailan para quienes piensan como nosotros: vienen y se tienden la mano, y ríen, y huyen , y vuelven”. Y esto es así porque las palabras están hechas para los espíritus pesados. Las palabras mienten para aquellos que son ligeros, dice Zaratustra, porque realmente las palabras son siempre un freno para la pasión del poeta o la intuición del pensador. Nunca la palabra podrá transmitir el resplandor de un pensamiento, ni  la fuerza de un sentimiento o la pasión de una emoción. Sus límites y sus contornos están tan bien definidos que no hay espacio para la improvisación, para lo simultáneo ¿O acaso las palabras no congelan el sentido de  las cosas y eternizan las ideas, que tendrían que ser fugaces e inquietas? Zaratustra decía a sus allegados, que había que poner a danzar a las palabras y a las frases, para que las imágenes ocultas tras ellas desvelen así el sentido originario. “Sólo en el baile sé yo decir el símbolo de las cosas supremas”, puesto que muchos aspectos de la experiencia humana no son dados a conocer por el lenguaje. La razón de nuestro conocimiento está en la utilidad, pues cuando se subordinan los aspectos de la experiencia, que son únicos e individuales, y se pasan a categorías convencionales, generales, las palabras violentan la inmediatez de nuestra experiencia humana. La palabra sólo hace referencia a aquellos aspectos de la experiencia que han sido hechos conscientes: “todo devenir consciente envuelve una gran y completa corrupción, reducción”. Por eso dice Zaratustra que uno haría mejor en decir qué inexpresable y sin nombre es aquello que constituye el tormento y la dulzura de mi alma, y que es incluso el hambre de mis entrañas. Entonces es mejor ‘balbucear’, porque Dioniso es el dios que danza bajo las palabras, bajo la bella apariencia de la superficie. La vida se genera en la oscuridad y en las profundidades de la tierra, donde la semilla muere y se destruye para posteriormente eclosionar con una fuerza alegre sobre la tierra. Y es precisamente esa fuerza, o ese impulso lo que le da alas a su pensamiento: “Quiero – confesaba Nietzsche a Marie Baumgartner – que mi vida sea tan pesada como la de cualquier hombre, sólo bajo esta presión adquiero la buena conciencia de poseer algo que pocos hombres tienen y han tenido: alas para hablar en parábolas (Gleichnisse)”.

Nietzsche tampoco duda en identificar al espíritu libre con el espíritu bailarín, el cual  manifiesta su libertad en la manera en que maneja las cosas (o se relaciona con las cosas), cuando su mirada se especializa en una perspectividad plural, que entiende el mundo como material de una formación artística que nunca se limita a la fijación de un “en si” .“El baile es pues su ideal, también su arte, y finalmente su única piedad, su ‘culto divino’”. Lo que el filósofo necesita es sobre todo “flexibilidad” y fuerza para poder despegar y saltar por encima de las cosas. El mundo de las perspectivas es, por lo tanto, una consecuencia del “pensamiento bailarín”, puesto que hacer bailar los conceptos supone introducir en ellos la perspectiva,  introducir la creencia de que ninguno de ellos es algo cerrado, sino algo convencional que vale para hoy, pero quizás mañana sea otra cosa diferente. La alegría es la libertad bailarina del pensamiento, el cual en su mirada indagadora comprende el mundo en una escena móvil de posibilidades cambiantes, como multiplicidad de puntos de vista o de perspectivas. Pero para Nietzsche también el espíritu libre es un artista, un artista de la sabiduría bailarina. El artista y el espíritu libre apenas se distinguen: lo mismo que el artista pone el mundo según su fuerza y a voluntad, lo mismo el espíritu libre filosófico. “Para mi la apariencia es lo que actúa y lo que vive, que va tan lejos en su autodesprecio, de hacerme sentir que aquí no hay más que apariencia, fuego fatuo y baile de espíritu, – que bajo todos estos soñadores  también yo, el ‘que conoce’, bailo mi baile, que el que conoce es un medio, para prolongar el baile terreno”.

Con la introducción del espíritu libre como artista alcanzaba la teoría del arte de Nietzsche un nuevo matiz. El espíritu libre es “poeta de su vida”, el artista es “poeta del mundo”, pero el espíritu libre es también un “virtuoso bailarín”. Y sólo el pensamiento bailarín, en cuanto arte ligero, es ante todo un arte para artistas, sólo para artistas. ¿Por qué? Porque todas las cosas bailan “sobre los pies del azar”.  Las cosas bailan, se abren en su significado a perspectivas siempre nuevas desde su devenir azaroso; despliegan su significado de mil maneras en una movilidad continua. Para Nietzsche no tiene sentido decir que las cosas son lo que son, cuando su modo de ser es la movilidad. Por eso Zaratustra no escribe, será siempre un bailarín, porque la danza en su fugacidad podrá captar el efímero milagro del nacimiento de un pensamiento. A la tragedia griega la mataron las palabras, a la ópera la asfixiaron  también las palabras; y muere la tragedia cuando ya no hay más danzas, cuando Eurípides deja de pensar en la música. El único paradójico consuelo es que a Nietzsche sólo le quedan las palabras para gritar su vida. Pero Zaratustra sigue enseñando con el lenguaje de la danza para decir alegóricamente las cosas más altas: “Sólo en el baile sé yo decir el símbolo de las cosas supremas – dice Zaratustra : — ¡ y ahora mi símbolo supremo se me ha quedado inexpreso en mis miembros!”. Él puede representar las cosas más altas, las más extrañas a la representación verbal o conceptual, por ciertos movimientos de su cuerpo que forman una danza. Y esta manera de decir es una metáfora, una parábola, un símbolo. Así por ejemplo, es en la danza y su ritmo donde mejor se refleja la imagen misma del retorno, como la de un fluido dominio del movimiento que encadena el devenir sin destruirlo. La danza como armonía sensible, se convierte en Nietzsche en la prefiguración  de una existencia divinizada.

Así pues, el lenguaje de Zaratustra tiene el ritmo de la danza, y refleja sus modulaciones, variaciones, arquitectura y mímica. ¿Acaso habrá encontrado Nietzsche aquí una  alternativa al lenguaje conceptual de la metafísica? ¿Será otra manera de decir lo no dicho por el pensamiento? “El filósofo atrapado en las redes del lenguaje” busca una liberación imposible mediante el ritmo frenético del estilo que danza sobre las palabras. Para hablar de las cosas supremas e innombrables, para decir el pensamiento más profundo, Zaratustra cree que el medio expresivo más adecuado es la danza en cuanto actividad circular que afirma alegremente el retorno de las cosas. Es un lenguaje mudo, porque el verdadero lenguaje no debe tener la pretensión categorial de precintar el sentido de las cosas, sino que deja hablar a las cosas, al mismo tiempo que las deja que se manifiesten por sí mismas. El lenguaje mudo de la danza es el único lenguaje adecuado, y sus figuraciones, que se desenvuelven en innumerables ondas de significado, y armoniosamente reflejan las seducciones y los encantamientos de una vida divinamente ambigua. Zaratustra cree que lo más intimo, aquello que es más individual, es distorsionado cuando intenta trasmitirlo a través del medio social del lenguaje.

Pero no sólo el pensamiento y las palabras son una danza, para Nietzsche, también lo es el estilo: “Mi estilo es una danza; un juego de simetrías de toda especie, es un saltar más allá y un burlarse de estas simetrías. Esto  pasa hasta en la elección de las vocales”. Nietzsche sabe que son sus pies los que dictan las palabras. Es a ellos a los que hay que hacer danzar. Él traducirá en melodía la emoción delante del pensamiento. Bajo su pluma, cada sílaba se convierte en una nota musical:- se trata de encontrar la cadencia, el ritmo, el estilo sobre el que Zaratustra pueda danzar. Y el baile de los conceptos significa también el “estilo” del artista . Nietzsche afirmaba que “lo que verdaderamente importa es la vida: el estilo debe vivir”. Lo mismo que Zaratustra, Nietzsche quería convertirse en el apóstol de la vida, pero para ello debía ser un buen bailarín; incluso las palabras, si quieren tener cualquier suerte de conmoción, deben reflejar la vida como no importa qué gesto. El estilo juega con las simetrías como el bailarín juega con los ritmos. Hölderlin había escrito que todas las cosas son “ritmo”, el destino entero del universo es un ritmo celeste;  toda obra de arte es un ritmo único. Y es que el sentido de todo estilo se cifra en: “Comunicar un estado, una tensión intensa de pathos, por medio de signos, incluido el tempo [ritmo] de esos signos”, puesto que el  estilo no es solamente “pensado” sino, sobre todo, “sentido”, en cuanto que la riqueza mímica de la vida toma forma sobre un riguroso y fluido equilibrio de leyes rítmico-expresivas, igual que en la danza. “En la danza – dice Masini – se resuelve la ‘verdad’ del estilo como metáfora plástica y rítmica del pensamiento La relación íntima presente en la danza entre plasticidad y ritmo, entre línea y ritmo, entre figuración pantomímica y alegoría musical, se encuentra en la fluida arquitectura del lenguaje poético de Zaratustra, en el que el elemento lúdico-agonístico de la mímesis plástica traspasa continuamente la embriaguez rítmica”. No es por eso extraño que Nietzsche insista en que es preciso “saber bailar con la pluma”, lo mismo que con el texto, pero al ritmo de su fragmentación, golpeando el suelo con pie ligero, “como escritura gestual del cuerpo” Esa es la manera en que el propio Nietzsche confiesa que pueda  “librarse” de sus pensamientos como una necesidad de artista que desborda sus propios sentimientos vitales. El hombre no crea, no danza, no canta más que si se da en él ese “superplus de fuerza”, pues en el arte, la acción de embellecimiento “no es más que una consecuencia de la fuerza acrecentada”.

Nietzsche, por lo tanto, ha puesto todas sus esperanzas en aquel que sabrá decir sí a la vida danzando, en aquel que hará cantar a las palabras, en aquel que vivirá en medio del aire puro de las alturas, renaciendo cada día al sol, en aquél que en definitiva sabe reír y ser alegre. Pero Zaratustra también sabe que el “hombre superior”, si quiere aprender a danzar, antes debe aprender a reír. Es posible que ría, pero no ríe como hay que reír, pues la sabiduría de la risa es la que transfigura al hombre en otra cosa, porque disuelve el espíritu de pesadez en los movimientos ligeros de la embriaguez creadora. Este mensaje quedaba ya prefigurado en el libro quinto de la Gaya ciencia, un libro que incita a danzar y a reír, una obra que termina al son de las “cornomusas” con “melodías más agradables y más alegres” que abrirán el camino hacia el “verdadero reino de la danza”.

Por Luis Enrique de Santiago Guervós
lesantiago@uma.es
Facultad de Filosofía. Departamento de Filosofía Campus de Teatinos.
MÁLAGA, España.

“Nietzsche y la expresión vital de la danza. Otra forma de lenguaje” forma parte del libro Nietzsche y el arte (Luis Enrique de Santiago Guervós, “Arte y poder. Aproximación a la estética de Nietzsche”. Edt. Trotta, Madrid, 2004, 678 pp.).

Agradecemos especialmente al Sr. Luis Enrique de Santiago Guervós.

selecciones  Nietzsche y la danza. II parte
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