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Festival Castell de Peralada

Danza Ballet

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Nietzsche y Maurice Béjart


21 febrero, 2008
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MAURICE BÉJART Y SU ESPECTÁCULO: ZARATUSTRA. LE CHANT DE LA DANSE

Por Luis Enrique de Santiago Guervós
Facultad de Filosofía. Universidad de Málaga

El nombre de Maurice Béjart (1927), hijo de filósofo, Gaston Berger, constituye un hito en la historia de la danza de la segundad mitad del siglo XX y en la actualidad. Este prolífico coreógrafo, intelectual, humanista y culto, mantiene una visión de la danza ecléctica. Llegó a decir que la danza es el arte del siglo XX y uno de los instrumentos más bellos para plasmar las cuestiones fundamentales de la vida.

No es la primera vez que Béjar crea un ballet ‘argumental’. Antes hizo algunos como Che, Quijote y Bandoneón o Madre Teresa. Hace treinta años hizo uno sobre Baudelaire, luego otro sobre Malreaux. Son personajes que marcaron la historia poética y política de su país. Y es que Béjart trata de buscar a través de la danza, el movimiento y la visión, el alma de un personaje. Pero estos personajes suelen ser personas que hn dedicado su vida a una idea, a una idea que se alojó en el centro de su vida interior. Este es el caso de Nietzsche y su Zaratustra, que Béjart lleva a escena como la expresión más sutil del cuerpo humano.

El Zaratustra de Béjar, que estrenó en el teatro de Beaulieu (Laussane), del 21 al 31 de diciembre, y posteriormente, en París, en el Palais des Sports (3-6 mayo) y en Bruselas (11-14 de mayo), ha sido largamente incubada. Podemos decir que es como el broche de oro de medio siglo de pensar la danza, de lecturas, de literatura, de coreografía. Pues Zaratustra, el personaje de Nietzsche, ha estado siempre presente en el coreógrafo. A Nietzsche siempre lo tuvo en mente y fue su compañero de viaje. En 1964, en la Novena sinfonía, cita El nacimiento de tragedia. Béjar siempre pensó que él «sólo podría creer en un Dios que supiese danzar», como Nietzsche afirmaba en Zaratustra, a quien en el prólogo de su libro lo reconoce el anciano porque venía danzando como un bailarín. Y es que Béjart ve en Zaratustra al portavoz de toda la filosofía vitalista dionisiaca.

Un testimonio de ello es el ballet epónimo (1984).Otro ejemplo. Cuando prepara «Lo que el amor me dice», elige un movimiento de la tercera sinfonía de Mahler, cuyo texto cantado (Oh Mensh) se inspira también en Zaratustra. Se puede decir que Nietzsche es para Béjart como un guía y un maestro, y no puede evitar la ira cuando se le caricaturiza o cuando se deforma su pensamiento de una manera interesada al servicio de determinadas ideologías. Nietzsche, como Béjart, sigue pensando que también se filosofa danzando.

Para él la danza es un juego de emociones y sensaciones, con todo su embrujo, donde el impulso de sus bailarines pone de manifiesto la levedad y la ligereza de los bailarines creadores de su propio movimiento. En este sentido, los cuadros que pone en escena en su Zaratustra evocan a personajes como Wagner o a figuras simbólicas que están presentes en el Zaratustra de Nietzsche, tales como el águila y la serpiente en cuya compañía habita Zaratustra. Todo es un pretexto para la danza.

Hace unos meses se publicaba en El País (21-12-2005) la siguiente noticia firmada por Rodrigo Carrizo: «Le chant de la danse es un espectáculo en dos Estudios Nietzsche, 6 (2006), ISSN: 1578-6676, pp. partes de algo más de dos horas de duración. Béjart propone un viaje a través de los textos de Nietzsche que lleva al espectador desde los Alpes hasta Venecia pasando por Persia, guiado por la voz y la presenciad e Gil Roman. La música de Le chant de la danse va desde el Beethoven del Concierto Emperador hasta el Wagner del Tristán e Isolda, pasando por Mahler, Strauss, Händel, Vivaldi y el propio Nietzsche, además de músicas tradicionales griegas, iraníes y aborígenes de Australia. Según el coreógrafo, «en ese poema que es Zaratustra, la danza vuelve sin cesar, como una obsesión espiritual y física a la vez, que nos obliga a pensar». Luego se interroga: «¿Cómo pensar sin bailar? ¿Cómo comprender lo que sea de la existencia sin ese movimiento rítmico que nos conecta a lo más profundo del ser?». Así, con esta obra, Béjart intenta poner de relieve «la importancia de la danza en la obra del poeta, así como su pasión por la música».

El coreógrafo nos recuerda que «Nietzsche era un músico capaz de fascinar a un auditorio gracias a sus improvisaciones al piano». Una de esas piezas para piano forma parte del espectáculo «Zaratustra es un bailarín», afirma categórico el creador del mítico Bolero. «Diversas citas extraídas del poema me han dado el mejor argumento para un ballet en el que el tema central es la danza. Danza universal más allá de estilos, modas, épocas y tendencias. Danza unión, vida, amor y futuro: ¡danza música!». Le chant de la danse no es la primera incursión de Maurice Béjart en el universo de Nietzsche. Desde sus inicios como coreógrafo, el filósofo fue una de sus fuentes de inspiración. Béjart recuerda que su obra estuvo en el origen de algunas de sus más celebradas coreografías, entre las que cabe destacar el Orfeo de 1958, sobre músicas concretas de Pierre Henry; su Novena Sinfonía de Beethoven o la histórica Misa para el tiempo presente, de 1967.

A pesar de su admiración por la obra y el pensamiento del filósofo alemán, Béjart no deja de lamentar «la deformación de su pensamiento, que algunos herederos sin escrúpulos han utilizado para justificar algunas de las ideologías más cobardes y asesinas de la historia», en clara referencia a la apropiación de ciertos elementos de la filosofía nietzscheana por el III Reich.

Por Luis E. De Santiago Guervós
Universidad de MálagaEstudios Nietzsche, 6 (2006), ISSN: 1578-6676, pp.
lesantiago@uma.es

Agradecemos especialmente al Sr. Luis Enrique de Santiago Guervós el envío del material.

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