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Danza Ballet

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Pas de Deux


9 julio, 2007
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Los secretos de las grandes parejas del ballet.
 
Por estos días Marcela Goicoechea y Luis Ortigoza se lucen en el “Gran noche Cranko” del Ballet de Santiago. No es para menos: sus maestros fueron Marcia Haydée y Richard Cragun, una de las parejas más famosas del mundo.

Por Marcela Aguilar (Chile)

“Teníamos historias muy distintas, pero las parejas no se arman por sus coincidencias, sino sólo por química”, dice Richard. “Es algo que uno siente cuando baila, no necesitas hablar para entenderte. Y lo siente también el público”.
 
En el tercer piso del Teatro Municipal los bailarines pasan vestidos con sus mallas de ensayo y la notas de un piano resuenan en los altos techos blancos. En este escenario, la directora de la compañía, Marcia Haydée, es el personaje principal. A los 70 no pierde su porte de bailarina, mientras a su lado Richard Cragun, de 62 años, alto, de pelo cano y ojos claros, la mira con permanente admiración. Richard ha ayudado a Marcia a preparar el homenaje a John Cranko, el montaje que se estrenó anteayer en honor a uno de los coreógrafos más importantes del siglo XX y quien los dirigió en Stuttgart por una década. Fue Cranko quien decidió unirlos en el escenario, con ojo infalible: Marcia y Richard bailaron juntos por 38 años y durante 16 de ellos fueron pareja en la vida.

“Teníamos historias muy distintas, pero las parejas no se arman por sus coincidencias, sino sólo por química”, dice Richard. “Es algo que uno siente cuando baila, no necesitas hablar para entenderte. Y lo siente también el público”. Marcia y Richard se acostumbraron a las largas ovaciones en sus giras por el mundo. Él recuerda una vez en Rusia cuando los aplausos duraron tanto que debieron salir al escenario y repetir su pas de deux final, sin orquesta, porque los músicos ya se habían ido. Ni siquiera su quiebre como pareja los separó. “Un día hablamos y dijimos: yo te ayudo con tu tristeza, tú me ayudas con la mía, porque de otra forma no podremos seguir bailando juntos y eso sería mucho peor”, dice Richard.

Sólo una vez pensaron en abandonarlo todo: cuando se enteraron de la muerte de Cranko. “Me convencieron de que debía hacerme cargo de la compañía. Y acepté para que el trabajo de John no se perdiera”, dice Marcia. Cragun siguió a su lado los años en que fue directora y a la vez primera bailarina de Stuttgart. Y cuando ella decidió retirarse, a los 60, él también lo hizo, a los 52: “No podía imaginarme bailar con nadie más”.

Hoy, Richard está a cargo de una escuela de ballet en las favelas de Río de Janeiro. Cada año viaja a Chile para acompañar a Marcia – ahora casada con un alemán- en la preparación de una obra de Cranko. Porque son quienes mejor pueden transmitir lo que quiso el coreógrafo: ellos lo inspiraron. Lo que hoy baila Marcela Goicoechea fue pensado para Marcia, y lo mismo ocurre con Luis Ortigoza y Richard. “Luis es más elegante de lo que era yo”, explica él, pero Marcia interrumpe: “No más elegante, sólo diferente”. Únicos. Irrepetibles. Así fueron Marcia Haydée y Richard Cragun, y también Margot Fonteyn y Rudolf Nureyev, Alicia Alonso e Igor Youskevitch, Gelsey Kirkland y Mijail Barishnikov, los grandes compañeros del ballet mundial.

Intensos: Fonteyn y Nureyev
No había bailarines más distintos que ellos. Rudolf Nureyev tenía 23 años y recién había desertado de la Unión Soviética. Fonteyn tenía 40, era la prima ballerina del Royal Ballet y estaba en un momento en que muchas ya piensan en el retiro. Nureyev creció en un hogar muy pobre y con un padre que le prohibía bailar. Margot provenía de una familia de clase media que se esforzó por financiar sus estudios de ballet. Cuando le sugirieron que hiciera pareja con Nureyev, Fonteyn temió hacer el ridículo por la diferencia de edad. Pero comprendió que si no aceptaba terminaría viendo al ruso bailar con otra, y la idea le pareció insoportable.

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Margot Fonteyn and Rudolf Nureyev Photograph by Mira

Su primera obra juntos fue “Giselle”: las entradas para todas las funciones se vendieron en un día y la ovación del estreno duró más que el espectáculo. Pero no era fácil trabajar juntos. Nureyev era famoso por su mal carácter. Se indignaba con Margot cuando los ensayos no salían como esperaba. Solía estar irritado por las peleas con su pareja, el bailarín Erik Bruhn. En todos esos momentos, Margot era su refugio y lo acompañaba: en 1967 fueron arrestados en una fiesta gay en San Francisco.

El coreógrafo del Royal Ballet, Frederick Ashton, creó en 1963 “Marguerite y Armand”, especialmente para ellos, e insistió en que el ballet no debía ser interpretado por ninguna otra pareja, nunca. En la primera presentación, el público aplaudió tanto que debieron levantar la cortina 21 veces. Por más de 12 años, Fonteyn y Nureyev reinaron en el ballet, interpretando más de veinte papeles juntos. “Son conscientes uno del otro. Cuando sus ojos se encuentran, parecen hablar”, explicaba Alexander Bland en su libro “Fonteyn and Nureyev: the story of a partnership”. Sus últimas apariciones en el Royal Ballet fueron en 1976. Pocas semanas antes de cumplir 60, Fonteyn bailó por última vez con él.

Meredith Daneman, biógrafa de la bailarina, asegura que ella y Nureyev vivían juntos cuando el marido de Margot estaba lejos. Y siguieron hablando semanalmente cuando ella se retiró a vivir a Panamá, aunque tenía que caminar cuadras en busca de un teléfono. Cuando ella enfermó de cáncer, Nureyev pagó sus doctores y la visitaba constantemente. Y cuando Margot se enteró de que Nureyev tenía sida, le insistió en que comenzara una carrera como director. Ella murió en 1991 y él, en 1993. Pero su historia juntos no terminó allí. Hace dos años, en “The Times” una ex bailarina del Royal Ballet aseguró que Fonteyn estuvo embarazada de Nureyev. Joan Thring, la asistente del ruso, explicó que no sabía del hecho pero sí de la pasión del bailarín por su compañera, y afirmó: “Nureyev se hubiera casado con ella”.

Entrañables: Alonso y Youskevitch
En 1958 John Martin, el crítico de danza de “The New York Times” durante 35 años, aseguró que la cubana Alicia Alonso y el ruso Igor Youskevitch habían dado forma a un “Lago de los cisnes” perfecto. Lo notable es que, para entonces, la bailarina había perdido visión periférica y su compañero debía anticipar sus movimientos para que Alicia jamás se equivocara.

Ella había nacido en La Habana en 1921. En 1943 se convirtió en prima ballerina del Ballet Theatre (luego American Ballet Theatre), en Nueva York. Ella descubrió que Youskevitch era su pareja ideal en 1947, cuando el bailarín se integró al ABT. Bailaron juntos 14 años, pero nunca hubo rumores de una relación.

El público ignoraba completamente la discapacidad de Alicia, y en eso su compañero hacía un trabajo impecable: se volvió experto en marcar sutilmente el espacio con sus brazos, para que ella no saliera del centro del escenario. La prensa los bautizó como los “Ginger Rogers y Fred Astaire del ballet”. En 1960 bailaron juntos por última vez. Él se retiró en 1962, mientras Alonso era vetada en EE.UU. por sus vínculos con Fidel Castro. Recién volvió en 1977. Se reencontró con Youskevitch: no en el pas de deux, pero sí a la hora de los aplausos. Él murió en 1994. Ella sigue viva, convertida en leyenda.

Divididos: Kirkland y Barishnikov
Gelsey Kirkland, hija de un padre alcohólico y sobreexigida en extremo, siempre luchó por destacar sobre su hermana mayor, también bailarina. Cuando tenía 15 años George Balanchine le pidió unirse al New York City Ballet, y dos años después fue promovida a solista. En 1972 la compañía fue de tour a Rusia, donde Mijaíl Barishnikov la vio bailar por primera vez. Dos años después, tras su deserción en Toronto, Barishnikov le pidió convertirse en su pareja de baile.

En septiembre de 1974 Kirkland abandonó el New York City Ballet para unirse al American Ballet Theatre como bailarina principal, junto a la estrella rusa. Fueron un éxito instantáneo: eran de la misma estatura y les encantaba enfrentar riesgos sobre el escenario. Kirkland tenía un cuerpo delicado y una técnica que funcionaba “con la precisión de una máquina de coser”, como decía la prensa. Barishnikov la adoraba, el público y la crítica también. Pero ella se quería poco.

Era anoréxica y cocainómana. El bailarín ruso intentó sacarla de ese agujero, pero fue imposible: en 1976 colapsó y debió parar de bailar. Regresó, pero pronto volvió a retirarse por sus problemas de droga y su depresión. Barishnikov no volvió a tener una compañera así, y fue de bailarina en bailarina mientras ella escribía sus memorias. Hoy es profesora de ballet, mientras Barishnikov sigue enseñando y a veces le guiña un ojo al cine y la televisión.*diario.elmercurio.com Selección Fotográfica Danza Ballet

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