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Verdi, Wagner y el espíritu de 1848


28 febrero, 2012
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El corazón de la revolución

También en Alemania e Italia se produjeron revueltas populares con objetivos de corte liberal y social, aunque también con reivindicaciones de unidad nacional. En sus óperas, los compositores Richard Wagner y Giuseppe Verdi prestaron voz musical a los deseos de estos pueblos de vivir en libertad, unidos en una gran nación.

Por Jan Vandenhouwe

“Quiero destruir el orden de las cosas existente, que divide a la humanidad en pueblos rivales, en poderosos y débiles, en hombres con privilegios y hombres sin derechos, en ricos y pobres, porque nos convierte a todos en desgraciados. Quiero destruir el orden de las cosas que convierte a muchos en esclavos de unos pocos y a estos pocos en esclavos de su propio poder, de su propia riqueza.” Estas podrían ser las palabras de un activista en Wall Street o de un indignado en España. La cita, sin embargo, proviene del escrito La revolución de Wagner, sobre la oleada revolucionaria de 1848, cuando en toda Europa hubo revueltas populares tras los años de restauración política. Las revueltas de 1848 empezaron con la revolución de febrero en Francia, cuando los liberales exigieron una reforma del derecho a voto. En junio se unieron los trabajadores y los parados y su revuelta fue reprimida con mucha violencia. Víctor Hugo lo describe en Los Miserables.

También en Alemania e Italia se produjeron revueltas populares con objetivos de corte liberal y social, aunque también con reivindicaciones de unidad nacional. En sus óperas, los compositores Richard Wagner y Giuseppe Verdi prestaron voz musical a los deseos de estos pueblos de vivir en libertad, unidos en una gran nación. A muchos amantes de la ópera les puede parecer un salto enorme pasar de Verdi a Wagner, pero en C(H)OEURS los dos compositores comparten escenario sin mayor problema.

Durante la preparación de C(H)OEURS, se produjo la insurgencia egipcia. La concordancia entre las reivindicaciones del pueblo árabe y las aspiraciones políticas de Wagner y Verdi en su música coral es llamativa. En su ensayo El despertar de la historia, el filósofo francés Alain Badiou nos llama la atención sobre unos paralelismos asombrosos entre la Primavera Árabe de 2011 y la revolución de 1848: “parecen tener el mismo origen anecdótico, la misma revuelta generalizada, la misma expansión hacia un espacio histórico compartido (toda Europa en 1848), las mismas diferencias de un país a otro, las mismas declaraciones colectivas encendidas pero vagas, la misma oposición a la tiranía, las mismas incertidumbres, la misma tensión soterrada entre intelectuales y clase media por un lado y los trabajadores por otro…”.

Emancipación de la carne
Richard Wagner sentó las bases de su arte en los años anteriores a 1848. Escribió algunas de sus obras más populares y queridas, como Tannhäuser y Lohengrin, y concibió las grandes líneas de sus obras maestras posteriores como Los maestros cantores de Núremberg o El anillo del nibelungo. Wagner, que ya en 1830 había participado en las revueltas estudiantiles de Leipzig cuando sólo tenía 17 años, reaccionó con entusiasmo a la lucha del pueblo alemán contra todo lo reaccionario. Se había adherido al movimiento literario Joven Alemania (Junges Deutschland), que era más bien una amalgama de ideas inconexas, desde la resistencia a los políticos conservadores y contra la fragmentación de Alemania hasta la defensa de la llamada ‘emancipación de la carne’. Esta trataba del culto al amor libre, unos ideales de pureza mezclados sin disimulo con deseos de desahogo sexual sin ninguna relación con la emancipación de la mujer. Tannhäuser y Lohengrin no hubieran podido ver la luz sin la literatura de la Joven Alemania. Los años anteriores a 1848 fueron cruciales para el desarrollo intelectual y político de Wagner.

No sólo se dejó inspirar por el ateísmo de Feuerbach y el anticapitalismo de Proudhon, también se sintió atraído por la idea anarquista de la acción terrorista directa contra la explotación por parte de la clase en el poder. Por eso luchó en Dresde, en las barricadas de la insurrección de mayo de 1849, junto con el anarquista ruso Michael Bakunin.

La ‘emancipación de la carne’ propuesta por el movimiento Joven Alemania es uno de los temas centrales de Tannhäuser. El trovador Tannhäuser está siendo zarandeado entre el deseo sexual y la salvación del alma, entre el placer y la pureza, el cuerpo y la mente, lo intuitivo y lo racional, el mundo de la pagana Venus y el de la santa Isabel. El coro desempeña un papel clave. Por un lado representa el mundo de la convención, de la comunidad que excluye lo que percibe como una amenaza y sólo acepta lo que percibe como normal. Todo aquel que es diferente es excluido con violencia. Ese es el destino de algunos personajes en la ópera: Tannhäuser, Venus e incluso Isabel. Cada uno a su manera elige la completa rendición al amor ‘perfecto’. Pero el coro en Tannhäuser también representa a los peregrinos, que han sido enviados a Roma por el establishment como chivos expiatorios. Cuando vuelven purificados son de nuevo admitidos en el grupo, lo que ilustra el famoso coro de los peregrinos “Beglückt darf nun dich, o Heimat, ich schauen”.

Al final de la ópera el coro canta “Heil! Heil! Der Gnade Wunder Heil!” donde Wagner combina el himno cristiano del coro de los peregrinos con el pulso frenético de la música de Venus. Según Slavoj Žižek no se trata aquí de una síntesis o una mera reconciliación entre dos principios, sino de la tensión que quedará sin resolverse hasta la última nota de la obra.

En Lohengrin, la ópera que Wagner terminó en 1848, confluyen todas sus ideas utópicas y progresistas. También en esta obra escenificó la tensión entre el progreso y el conservadurismo, una tensión que se vivía a diario en la realidad política de entonces. Ya en el famoso Preludio, Wagner presenta al caballero del Grial, Lohengrin, como una utopía pura. En ningún momento dará una interpretación concreta a esa utopía y de hecho hasta su muerte Wagner no concretizará sus ideas políticas más allá de conceptos vagos e inconexos, pero la naturaleza sagrada de Lohengrin queda patente con el grandioso La mayor, el sonido etéreo de la orquesta y el incesante fluir de la melodía y la armonía con una tensión perfectamente construida. Su luz cegadora hará que todos los principios reaccionarios se hundan. Eso no impide, sin embargo, que el destino de Lohengrin en el resto de la trama sea el de una figura trágica y solitaria. Es una maravilla utópica que no puede existir en la realidad diaria. El Grial no dejará nunca de ser el objetivo inalcanzable de la perfección.

Mensaje revolucionario
Italia era en esa época un país todavía parcialmente ocupado por ejércitos extranjeros, compuesto por múltiples mini-estados. El 80% de la población era analfabeta y se hablaban diferentes dialectos neolatinos. La música se convertía en una lengua común para difundir ideas políticas en todas las capas de la población. Sin embargo Giuseppe Mazzini, junto con Cavour y Garibaldi uno de los padres de la reunificación italiana, condenaba el virtuosismo hueco, el individualismo y la falta de fuerza moral del bel canto italiano. En su Filosofía de la música de 1836 escribió que hacía falta una nueva forma de ópera que diera prioridad al realismo y a los temas sociales. De este modo, la música podía contribuir al renacimiento de la nación italiana. Según Mazzini ningún compositor de esa época era capaz de hacer realidad semejante programa. Por eso esperaba la llegada de un ‘joven desconocido que se sienta inspirado mientras escribo estas palabras y que porte el secreto de una nueva era’.

Verdi respondió a este llamamiento entre 1842 y 1850 con una serie de óperas patrióticas, empezando por Nabucco. Aunque ni el compositor ni el público fueron muy conscientes del mensaje ‘revolucionario’ de la obra, pronto se consideró “Va pensiero” (el famoso coro de esclavos hebreos que lloran la pérdida de su libertad y sueñan con su patria en las orillas del Éufrates) como una metáfora de la nación italiana fragmentada y ocupada. Verdi dio voz al movimiento político del Risorgimento y a su lucha por la libertad y la unidad nacional. Hasta la unificación italiana su música desempeñaría conscientemente ese papel político. Verdi apareció en escena cuando el público pedía algo nuevo: más verdad y más adhesión a lo colectivo. Aportó un nuevo sonido a la música italiana. La cruda sonoridad, la armonía brutal y el sonido impetuoso y hasta primitivo de la orquesta llamaron la atención. Su música también fue un reflejo de la infancia que Verdi pasó en el campo; de las canciones que cantaban los campesinos en la posada de su padre en Roncole, o de la charanga de Busseto. Esta energía juvenil y su negativa a plegarse a las reglas clásicas del buen gusto, hicieron que Verdi llegara a todos los estratos de la población italiana.

También en Alemania las ideas revolucionarias iban de la mano del anhelo de unidad nacional. Wagner combinó mitología y patriotismo en Lohengrin. En la escena tercera del acto tercero (“Heil König Heinrich!”) se escucha un claro llamamiento a la unidad nacional: “Für deutsches Land das deutsche Schwert! So sei des Reiches Kraft bewährt!” De manera inequívoca, empleando el término “des Ostens Horden” (las hordas del Este), Wagner advierte a sus contemporáneos de la amenaza del régimen zarista que había apoyado la restauración política y había reprimido con gran violencia las revueltas del pueblo húngaro contra los Habsburgo.

Pecados de juventud
Pronto se ahogó la ola de revoluciones de 1848. Wagner se exilió en Suiza y siguió fiel a sus ideas revolucionarias durante unos cuantos años. A partir de 1854 creció bajo la influencia de la filosofía de Arthur Schopenhauer y se convirtió poco a poco en un pesimista cultural, un esteta anti-político y anti-humanista. Su mujer, Cósima, hizo todo lo posible por borrar las huellas de los pensamientos revolucionarios de Wagner de cartas y escritos, calificándolos como “pecados de juventud”.

Sin embargo un estudio más profundo de sus escritos demuestra que muchas ideas revolucionarias permanecieron presentes en su obra hasta después de 1854. Aunque Wagner terminó Die Meistersinger von Nürnberg veinte años después de la revolución de 1848, esta obra también refleja el movimiento de la unificación alemana. En la obra Wagner se mantuvo fiel al concepto básico de 1845, mismo año en el que creó Lohengrin. El concepto de esta ópera era revolucionario: no hay en ningún lugar referencias a líderes políticos, o formas de gobierno o consejo municipal, en claro contraste con las fuentes históricas que Wagner consultó. El pueblo que se une a los artistas (“Wach auf!”), decide todo y actúa como juez. El arte se convierte en la verdadera patria de los alemanes, y dado que según Wagner la esencia de Alemania no podía ser plasmada en la política, el coro canta en el fi nal “Zerging das heil’ge römische Reich in Dunst, uns blieb doch die heil’ge deutsche Kunst”.

La humanidad y la justicia
Verdi estuvo toda su vida involucrado en la política italiana e incluso llegó a ocupar un escaño en el primer parlamento italiano. A medida que avanzó la unificación italiana los temas explícitamente nacionalistas fueron sustituidos por temas más humanistas. En las óperas que Verdi escribió después de 1850 hizo cada vez menos hincapié en sentimientos colectivos o conflictos entre naciones enemigas, para dar más importancia a los sentimientos y las vivencias trágicas del individuo. Verdi supo como nadie dar voz al marginado, que se retrata en conflicto con una sociedad dura e hipócrita.

Esa evolución encontró su culminación en La traviata. En los preludios del primer y último acto, con una transparencia de música de cámara, se percibe el latido del corazón de la cortesana Violetta. Verdi la representa como una ‘pobre pecadora’, una víctima con un alma pura, que terminó en la prostitución porque no pudo escapar de la corrupción de la gran ciudad. Al final se convierte en una figura mítica de la exclusión. Como contraste con la dura realidad está el retrato idealizado de los amantes Alfredo-Violetta. Aunque es obvio que Violetta se está muriendo, cantan en el dúo “Parigi, o cara” sobre el paraíso del amor perfecto.

Incluso tras la reunificación de Italia, los ideales del Risorgimento siguieron desempeñando un papel importante en la vida artística de Verdi. A finales de los años 1860, Verdi quedó muy decepcionado por los líderes militares y políticos de Italia que describió en una carta como ‘unos cotillas vanidosos’. Tras algunas derrotas militares y problemas financieros persistentes, los países europeos vecinos trataban a Italia como un país de segunda clase. Cuando murió Alessandro Manzoni, el poeta romántico más importante de Italia y, al igual que Verdi, un gran defensor de la unificación italiana, Verdi decidió dedicarle un réquiem. Rindió así culto al escritor que había defendido los ideales de la humanidad y la justicia, y la obra que había sido escrita para él, pronto fue considerada como el Requiem del Risorgimento. En esta composición son llamativas las diferentes repeticiones de la música del “Dies irae”, en la que Verdi desencadena una tormenta infernal con unos golpes secos en el tambor turco y los trémolos nerviosos de los vientos. El Verdi humanista recuerda así a su público la posibilidad del fin del mundo, la imagen apocalíptica del “Día de la ira” y da una dimensión política y escénica más profunda a las súplicas de tranquilidad, paz y liberación del “Libera me”, con el que el compositor ofrece su última oda al Risorgimento y los ideales de 1848.

Las alternativas del siglo XX
El viernes de oración, clave para la revolución egipcia de 2011, también fue bautizado como el ‘Día de la ira’. Las agencias de noticias calculan que decenas de miles de egipcios protestaron en El Cairo y otras grandes ciudades contra el régimen autoritario del presidente Mubarak, contra la pobreza, la corrupción, la opresión y la limitada libertad de expresión. Ni la revolución de 1848 ni la Primavera Árabe pudieron cambiar el orden social o político existente de un día para otro. Pero en 1848 Karl Marx y Friedrich Engels publicaron El manifiesto comunista, al igual que Wagner publicó sus informes de barricada. Sin las ideas de 1848 el manifiesto de Marx y Engels no hubiera visto la luz ni hubiera podido tener tanta influencia sobre la política de los siglos venideros. También las revueltas en el mundo árabe parecen según Alain Badiou anunciar una vuelta global a las ideas y acciones de emancipación política. Al igual que en el Requiem de Verdi, a los truenos teatrales del “Dies iraele sigue un trabajo profundo de polifonía en la fuga “Libera me”, así habrá que construir un camino que tras los días de ira revolucionarios pueda al fin llevar al tan deseado cambio de la constelación política. Hace poco Slavoj Žižek recomendó a los indignados de Wall Street no perderse en el romanticismo de la revolución y convertirla en el comienzo de una nueva manera de pensar: “Enamórate de ti mismo, de lo bien que lo estamos pasando aquí. Hay suficientes carnavales, pero su valor reside en cuánto perdura del carnaval el día después, y en qué medida habrá cambiado nuestra vida normal. Enamórate del trabajo duro y constante –estamos al inicio, no al final del camino. Nuestro mensaje básico es: se ha roto el tabú, no vivimos en el mejor mundo posible, podemos y debemos pensar en alternativas. Nos queda un largo camino por recorrer, y pronto tendremos que hacernos preguntas difíciles –preguntas no sobre lo que no queremos, sino sobre lo que SÍ queremos. ¿Qué sistema social podría sustituir al capitalismo existente que necesitamos?… Porque las alternativas del siglo XX han fracasado claramente.”

Jan Vandenhouwe es musicólogo
Traducción de Katrin Vanhecke
Teatro Real de Madrid

selecciones  Verdi, Wagner y el espíritu de 1848
 
Giuseppe Verdi (1813 – 1901) – Richard Wagner (1813 – 1883)

© 2012 Danza Ballet

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