Por Carolina de Pedro · Nataraja Yoga ॐ
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Hatha Yoga clásico Barcelona (2025)
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Se llama Śīrṣāsana, o postura sobre la cabeza, y ofrece múltiples beneficios: fortalece brazos, hombros, zona dorsal y abdominal, al tiempo que favorece la oxigenación del cerebro y aporta claridad mental.
Esta inversión fortalece brazos, hombros y zona dorsal, ya que la presión controlada contra el suelo libera y estira suavemente los músculos del cuello. Tonifica el abdomen —mantener la vertical requiere activar el core, aportando estabilidad y aliviando la tensión en la zona lumbar y sacra. Además, estira toda la parte posterior del cuerpo y favorece la oxigenación cerebral: al invertir el flujo de la sangre, el cerebro recibe un impulso de energía y vitalidad que rejuvenece las células.
Finalmente, ayuda a calmar el ritmo cardíaco después del esfuerzo físico, equilibrando cuerpo y mente.
Cómo practicar Śīrṣāsana en 5 pasos
1️⃣ Prepara la base.
De rodillas, mide la distancia de los codos (sujétalos con las manos) y apóyalos en el suelo a la anchura de los hombros. Entrelaza los dedos formando un cuenco firme.
2️⃣ Coloca la cabeza.
Apoya la coronilla en el suelo, entre las manos, y presiona suavemente los antebrazos hacia abajo, alejando los hombros de las orejas. El cuello debe permanecer largo y sin tensión.
3️⃣ Eleva las caderas.
Despega las rodillas del suelo y estira las piernas, entrando en una “V” invertida (como en Adho Mukha Śvānāsana). Camina con los pies hacia el rostro hasta que la espalda se acerque al eje vertical.
4️⃣ Sube con control.
Activa el abdomen y, manteniendo la presión en los antebrazos, flexiona las rodillas y llévalas hacia el pecho. Luego, lentamente, estira las piernas hacia el cielo. No hay prisa: busca la alineación más que la altura.
5️⃣ Deshaz la postura con suavidad.
Flexiona las rodillas y baja los pies con control hasta el suelo. Separa las rodillas y lleva la frente al suelo en Balāsana (postura del niño).
Deja que la respiración y la gravedad hagan el resto: el cuerpo se reequilibra solo.
Śīrṣāsana enseña fuerza, calma y claridad mental.
Más allá de la postura, es una práctica de presencia y confianza: invertir el cuerpo es también aprender a mirar el mundo —y a una misma— desde otro punto de vista.















