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Danza Ballet

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Despedida de Angel Corella del American Ballet Theatre (ABT)

29 junio, 2012
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UN ADIÓS PREMATURO.

Para la penúltima semana de su temporada de primavera-verano, el afamado American Ballet Theatre (ABT), bajo la dirección de Kevin McKenzie, trajo  a la escena el no menos famoso “El Lago de los Cisnes”, versión de McKenzie – que data del añó 2000 –, sobre la coreografía original de Petipa e Ivanov, y la subyugadora música de Chaikowsky.

Aprovechando la coyuntura, Ángel Corella, bailarín principal de la compañía, muy querido del público neoyorquino, decidió con el rol de Sigfrido, terminar su carrera con la compañía, contando 36 años de edad, después de pertenecer a ella por 17 años.

Los problemas surgidos en su compañía (antes llamada de Castilla y León, y ahora con el título de Barcelona Ballet) admitidos en declaraciones hechas a la prensa local de Cataluña por el propio Corella, parecen ser la causa mayor para ello. Una pena enorme de tal decisión, no hay duda, especialmente después haber obtenido a través de los años, múltiples ovaciones del público neoyorquino, amén de buenas críticas que recibiría durante todas sus actuaciones con el ABT, y especialmente en esta última, su despedida.

Abandonar la capital del mundo de la danza, además de que el ABT es una de las compañías más importantes de América, me atrevería a decir que es un grave error. Por otra parte, tener una compañía de ballet en la actualidad, merece el mismo calificativo, pero es su decisión y sobran más comentarios.

“El Lago de los Cisnes”, ha comprobado repetidamente ser el ballet preferido del público. En esta ocasión, Odette, reina de los cisnes, y Odile, su doble personalidad, recayó en Paloma Herrera, primera figura de la compañía también desde hace varios años. Herrera es una bailarina que nunca desilusiona al público. Su técnica es segura y clara, además de poseer una musicalidad superior, unida a exquisita fluidez.

Esa noche se creció, si cabe, y como la trágica Odette, subió varios escalones en su perfección, no solo técnicamente (ah… esos sutiles aleteos de los brazos), sino en su interpretación dramática, que llevó consigo esta vez la correcta dosis de tragedia, sin caer en melodramas.

colaboradores  Despedida de Angel Corella del American Ballet Theatre (ABT)
Paloma Herrera and Angel Corella in Swan Lake ©Gene Schiavone

El rol de Sigfrido no da grandes oportunidades de lucimiento al bailarín, a excepción del famoso Pas de Deux de El Cisne Negro. En los demás bailes se reduce a ser un buen compañero, nada más, aunque en esta versión de la obra, hay algunos solos de menor envergadura que él sabe aprovechar. Una amiga periodista española, a quien tuve la suerte de encontrar en el teatro, me hizo un comentario-pregunta , que comparto plenamente: ¿Por qué no fue el Ali del “Corsario”, o el Basilio de “Don Quijote” el rol escogido para decir adiós a Nueva York? La respuesta queda en el aire.

Corella, quizás emocionado por las circunstancias, no pareció prestarle mucha atención al rol. Como siempre, fue un magnífico partenaire, y sus variaciones estuvieron bien logradas, sin embargo, restaban la brillantez que siempre él ha ofrecido. No obstante, sus variaciones obtuvieron una estruendosa ovación del público, no importa que el momento no fuera el oportuno. El numerosísimo público había ido a despedirlo, y lo hacía de manera que no quedara duda sobre la preferencia que siempre le han demostrado.

Respecto al resto del reparto, en el Pas de Trois del primer acto, Hee Seo se destacó junto a Melanie Hamrick y Gennadi Saveliev, que completaban el grupo. Seo tiene piernas alargadas y muy bien entrenadas, igual que seguridad en sus giros. Saveliev regaló varios saltos de assemblés dobles, con terminaciones cerradas y correctas.

En el tercer acto, la variación de Jared Matthews, convertido en el elegante mago von Rothbart, merece una corona de laurel por la elgancia a la vez que mala intención que llevaba. La creación de McKenzie en esta versión de “Lago”, al convertir al maligno von Roth en dos personajes, un monstruoso animal con alas — a cargo de Vitali Krauchenska –, desdoblado en el elegante caballero que lleva a Odile al baile de palacio, es una de las mejores variaciones añadidas a la obra.

El coro de cisnes, como siempre, tuvieron una cohesión magnífica en sus movimientos, además de sus bailes, que son siempre muy bien logrados, incluyendo el famoso Pas de Quatre, donde los pasos siguen el ritmo de la música como si fueran uno.

La orquesta, bajo la dirección de Charles Barker, sonó mejor que nunca, especialmente esas notas del arpa y el oboe, que son el maravilloso tema de la obra, obra de Chaikowsky, genio como no ha habido otro, para la música de ballet.

El final, como todas las despedidas, fue casi apoteósico. El primer ramo de flores depositado a los piés de Corella fue el bouquet que momentos antes le había sido entregado a Herrera. Después, se centuplicaron las flores, traídas por los compañeros y amigos, que invadieron la escena para abrazar a Corella y depositar sus ramos a sus pies.

Muchas flores más fueron arrojadas a la escena desde las primeras filas de las lunetas, por sus admiradores.

En resumen, una noche de triste significado, pero gran amor entre las amplias paredes del gran recinto Metropolitano.

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© Rosalie O’Connor/American Ballet Theatre

©2012 Danza Ballet

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