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El ‘foulard’ de Isadora Duncan

13 agosto, 2015
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«Prefiero Siberia a ser el esposo de Duncan», dirá de ella el poeta Yesenin que destrozado por el alcohol se suicidará en una habitación del Angleterre de San Petersburgo colgado con la correa de su maleta en otra versión macabra de lo que está a punto de ocurrirle a Isadora Duncan.

Hay cosas que son mucho más que ‘cosas’. Objetos cuasi animados por su repercusión histórica que merecían la tinta de una página veraniega.

Glosamos algunos de ellos.

Es septiembre y corre una brisa fresca en el Paseo de los Ingleses de Niza pero con el chal rojo será suficiente. Isadora Duncan elige un foulard que le recuerda uno de los velos de sus míticas coreografías, esa danza inspirada por Terpsícore o intuida en damas pintadas por Ghirlandaio. Se anuda el foulard mientras espera que llegue su última conquista, un joven italiano llamado Flachetto que trabaja en un garaje y que es representante de la marca de automóviles Bugatti. Ella le hace creer que está interesada en el coche y lo convence para dar un paseo por la ciudad. Su arte de seducción hará el resto, aunque la gran artista de la danza moderna tenga ya cerca de cincuenta años y las ropas amplias no puedan disimular su sobrepeso.

Lo cierto es que en casi nada recuerda a la joven que llenó los teatros del mundo desvelando una sorprendente forma de bailar. Su danza hundía sus raíces en la época clásica, se inspiraba en las colecciones griegas del Louvre o en el paroxismo helenístico del Altar de Pérgamo que ella admiró en Berlín. Sin embargo, era también rabiosamente moderna porque no contaba con coreografía sino que surgía con la inspiración de la intérprete como si fuera una partitura de jazz.

Y ahora está a punto de improvisar su última coreografía, la coreografía de su propia muerte. Aunque ella no lo sabe. Esta noche del 14 de septiembre de 1927 es absolutamente feliz y casi ha olvidado todas sus tragedias: su ruina, la inevitable y progresiva retirada de los escenarios, la pérdida de la juventud, la muerte de sus hijos, sus desastrosas historias de amor.

Esta noche en la que corre una brisa fresca, quizás demasiado fresca para un fino foulard, no quiere que nada del pasado la perturbe. Solo piensa en ese joven italiano que vendrá a darle un paseo con el bugatti por el Paseo de los Ingleses de Niza. Nada más.

Atrás quedan sus amores truncados con el actor, director y escenógrafo Gordon Craig, padre de su hija Deirdre. Qué lejanos parecen ahora sus ataques de ira y la competencia de ambos sobre los escenarios del mundo. También la historia de fastuosas fiestas, excesos y celos con Paris Singer, hijo del magnate de las máquinas de coser y padre de su hijo Patrick.

También espanta el dolor que le llega desde el vientre al recordar la escena. La terrible escena de la danza acuática en la que mueren sus hijos cuando el automóvil en el que viajaban junto a su institutriz se hunde en el Sena. Una imagen que parece un verso macabro de los poetas futuristas que aseguran que un automóvil es más hermoso que la Victoria de Samotracia. Y ella ve a la bella diosa Niké sobre la proa de un navío hundiéndose en el río con una lentitud imposible.

Sobre la carretera danza con la brisa el chal rojo que fue soga de ahorcado.

Isadora tampoco quiere evocar la figura de su amado Serguéi Yesenin, el poeta que en Rusia consideraban el nuevo Pushkin, el bello adolescente de la Revolución de Octubre, el hijo de campesinos y metáfora del mundo de los soviets. Ese mundo por el que la bailarina sentirá admiración como su compatriota el norteamericano John Reed, el autor de Diez días que estremecieron al mundo. Isadora hará suya esa revolución apareciendo en Moscú vestida de bolchevique con un traje diseñado en una tienda de modas de París. Y, por supuesto, se enamorará del poeta campesino, aunque esa historia terminará mal, corrompida por el alcohol, los celos y la violencia.

Isadora la bolchevique, la misma que se aloja en los grandes hoteles, que pasa los veranos en El Cairo, las primaveras en París, los otoños en Venecia o los inviernos en Buenos Aires también quiere hacer la revolución y convence al camarada Lunacharski, responsable del arte revolucionario, para ocupar un palacio en Moscú en el que albergará una escuela de danza. Un palacio que antes fue del fabricante de vodka Smirnov y después de otro millonario cuya esposa era la célebre Alexandra Balashova, bailarina del ballet Imperial. El palacio expropiado para la danza se llena de túnicas compradas en Grecia y telas venecianas.

Y en el Teatro Bolshoi, mientras Lenin observa desde un palco, bailará La Internacional con las niñas de su escuela de danza que la rodean con batas rojas. El rojo de la muerte. El rojo de la revolución. El bolchevismo ha encontrado a su coreógrafa.

«Prefiero Siberia a ser el esposo de Duncan», dirá de ella el poeta Yesenin que destrozado por el alcohol se suicidará en una habitación del Angleterre de San Petersburgo colgado con la correa de su maleta en otra versión macabra de lo que está a punto de ocurrirle a Isadora Duncan.

Justo esta noche de septiembre de 1927, cuando Yesenin ya es un poeta maldito en Moscú y se prohíbe la lectura del ángel suicida porque muchos jóvenes se pegan un tiro ante su tumba. Isadora llora su muerte pero ahora casi lo ha olvidado. Está feliz sentada en el asiento del bugatti que arranca y el sonido de su motor tiene la belleza de una Victoria de Samotracia. En ese momento, el foulard rojo que rodea su cuello se enreda en la llanta de la rueda. Isadora Duncan muere al instante asfixiada. Sobre la carretera, danza con la brisa el foulard rojo que fue soga de ahorcado. Un foulard de coleccionista que un cultivador de piñas de Honolulu comprará por 50.000 francos para su hija. Qué gran aplauso para su última actuación. Por EVA DÍAZ PÉREZ para El Mundo.

selecciones  El foulard de Isadora Duncan
Isadora Duncan, bailando con uno de sus clásicos velos. GETTY
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