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Sylvie Guillem – entrevistas de archivo


20 junio, 2007
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SYLVIE GUILLEM by Eiichiro Sakata

 

Sylvie Guillem: «Nureyev y yo siempre chocábamos»

Sylvie Guillem reaparece en el Covent Garden como gran estrella del Royal Ballet.

Con un movimiento de sus interminables y perfectas piernas, Sylvie Guillem transforma el escenario. La comparan con la Garbo o con Adjani, pero con ninguna otra bailarina viva porque a los 30 años es ya una leyenda que la describe como la mejor del mundo.

La francesa Sylvie Guillem es un fenómeno, para muchos, la sucesora de Margot Fonteyn. Rudolf Nureyev «la descubrió» y luego Maurice Béjart se convirtió en su mentor. Tiene el temperamento de una gran estrella.

Es sin duda la primera entre las «primas» bailarinas de la actualidad.

Tras bailar Sissi, emperatriz anarquista, el papel que Maurice Béjart ha creado para ella, reapareció ayer en el Royal Ballet -además, actúa hoy y el día 28-, donde es la principal estrella con un programa que va de piezas de Frederick Ashton a las más modernas de Forsythe. Es la más esperada del verano londinense; vestida atrevidamente por Versace, no oscila en salir a escena con el cuerpo cubierto por un simple tul negro transparente. El Teatro Real está en negociaciones con ella para que inaugure la temporada de Ballet. Será la primera vez que la veamos en España.

Todo comenzó por diversión. «De niña no paraba de moverme: natación, gimnasia, música… jugaba constantemente con mi cuerpo».

A los diez años era seleccionada para los Juegos Olímpicos como gimnasta, y a los 11, por azar, ingresó en la escuela de la Opera de París donde normalmente se entra a los seis años.

«Felizmente debuté tarde -explica- y tuve tiempo de vivir la infancia. Como gimnasta todo parecía un juego.

La diversión acabó al entrar en la Opera de París: todo era frustrante. Enfados, humillaciones, un “calla y baila”. Tras el primer año, estaba decidida a abandonar pero descubrí el placer de los placeres: el escenario, cuando todos los ojos se clavan sobre ti y mágicamente el terror se transforma en gozo».

Continuó y a los 15 años entró en el cuerpo del Ballet. «Era extrañísimo; estábamos superprotegidos; cultivaban el carácter infantil. Así que un día te convertías en un adulto inmaduro. La sola obsesión que tuve fue convertirme en primera bailarina». Y fue más allá gracias a Nureyev. «Tiene genio», decía el bailarín ruso de ella y en 1984, cuando era director de la Opera Garnier, la nombró estrella principal a los 19 años.

Cinco años más tarde, Guillem daría el portazo a la Opera. «Rudolf y yo éramos iguales y siempre chocábamos», recuerda. «Cuando dejé la ópera de París, Rudolf no era muy comunicativo y yo tampoco. Nuestros diálogos eran muy intensos. Comenzábamos a subir el tono de la voz… Pero no partí por culpa de nadie; lo hice por mí misma. No comprendían que no era un capricho ni una cuestión de dinero sino que deseaba ser libre. Si me hubiera quedado lo único que habría conseguido sería disputarme algunos papeles con otras estrellas para oír un “no” de respuesta como en el colegio».

Su carrera seguiría como principal estrella del Royal Ballet de Londres, compañía con la que firmó el contrato soñado, el que París le había negado. El resultado es veinticinco representaciones por año con un calendario fijado con gran antelación. Así, de un lado trabajaba el repertorio clásico de base y, de otro, vive en libertad. «El clásico es mi medicina y el Royal Ballet -añade riendo- el hospital».

Los bailarines mejores del mundo han sido pareja de Guillem. «Lo que pido a mi “partenaire” -explica- es que sea capaz de reaccionar ante un imprevisto, que esté atento, pero ante todo que sienta lo que baila». Las compañías de ballet más importantes del mundo la han invitado y su lugar preferido es Japón. «Me apasiona todo lo japonés, desde las viejas casas al kabuki y ante todo, su búsqueda de pureza. Cuando bailo, purifico al máximo; intento dar a cada movimiento lo necesario. Tiendo a la simplicidad, a la esencia. Incluso el maquillaje procuro reducirlo al máximo».

Su cuerpo es como una sublime escultura, fascinante, que supera todos los superlativos; a la vez, se mueve con un virtuosismo y elegancia que hace olvidar la técnica que le respalda.

Casualmente tiene la misma altura y el mismo peso que la mítica emperatriz Sissi (1.72 y 50 kilos) cuya vida ha sido su último baile.

Maurice Béjart coreografió un solo de 30 minutos que causó furor en Londres y París y quizás lo baile en Madrid. Resulta una larga escena de locura, hecha de rupturas y contrastes; «Sissi y yo tenemos la misma talla, los mismos ojos y color de pelo. Es un personaje fascinante, sorprendente. Detestaba todo cuanto la corte de Viena le imponía», cuenta con entusiasmo Guillem.

«Quería educar a sus hijos, hablar de política, execraba el protocolo. Pasaba horas a caballo hasta el agotamiento y amaba visitar los manicomios. En el solo de Maurice (Béjart) no se sabe si es la emperatriz de Austria o una loca que se hace pasar por ella. La similitud de los dos personajes es lo que ha interesado no sólo a Béjart sino a mí misma. Además, por primera vez he hablado en un ballet pues recito un verso del poema Mignon, de Goethe, en alemán».

Entre Béjart, su mentor, y ella existe una admiración mutua, una relación.

«Cuando la miramos nos volvemos inteligentes», decía de ella el coreógrafo. «Es él quien te hace ser inteligente», responde ella.

«La primera vez que trabajé con Béjart -recuerda- arrastraba el peso de la Opera de París sobre mi espalda. Estaba bloqueada; fue el quien me reveló mi propia personalidad. Me permitió expresarme, exteriorizar, me ayudó a buscar, a realizar proposiciones. Me dio a conocer cosas de mí misma que ni yo sabía; aprendí a hacer evolucionar un personaje en el escenario. Maurice Béjart da mucho porque no se impone. Construye dejándote vivir. Da indicaciones, no obligaciones. Muchas veces los coreógrafos se preocupan del movimiento pero no de la personalidad del bailarín. Es para el único con quién he bailado gratuitamente. Béjart vive en otro mundo. Muchos le encuentran pasado de moda pero la danza contemporánea le debe mucho; el fue quien inició al gran público», concluye.

Por CRISTINA CARRILLO. El Mundo – 26 de julio de 1996.

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