En materia de ballet, este “sueño” sólo tiene comparación con el de George Balanchine, otro ruso, el creador del ballet norteamericano.
Una crítica de danza estadounidense lo resumió así: “La historia del más grande bailarín del siglo XX resulta ser una vieja historia americana: pérdida, inmigración, asimilación. Nuestra ganancia”. En el mundo del ballet, absorto en sus entelequias, tales razones pasan con frecuencia por encima de las simbologías políticas.






